San Martín

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Del nacionalismo austero a la fiesta populista. El Peronismo ultrajado y liberales del patriotismo digital del "like".
El invierno en los años ochenta no era este simulacro tibio que nos toca gambetear ahora. En los ochenta, el frío era una materia densa, casi sólida, que se metía por las costuras del guardapolvo blanco y te congelaba los tobillos sobre las medias de lana azul. Tenía, sin embargo, una dignidad silenciosa. Se olía en el vaho de la mañana y en ese vapor dulzón que salía de la cocina del colegio cuando una o dos veces al año, como un pequeño milagro, las porteras revolvían las ollas gigantes de aluminio cargadas de chocolate espeso.
Había en aquellos actos escolares una mística artesanal que hoy parece extinguida. No había pantallas gigantes, ni presentaciones en Canva, ni parlantes con bluetooth, ni pistas editadas en alta fidelidad. Todo se sostenía sobre la tracción a sangre y el amor abnegado de un puñado de maestras que multiplicaban el pan y los peces con cartulinas, Plasticola de colores y rollos de papel crepé. A decir verdad, y si nos ponemos rígidos, eran actos bastante pobres, a veces aburridos y siempre largos. Sobre todo, cuando el Director leía su discurso y vos sólo pensabas en el partido de la tarde, en la Plaza Don Bosco de Lope de Vega y Elpidio González, atrás del Hospitalito. Aunque el recuerdo, siempre amable, le dan a aquellas fechas patrias del colegio primario un tinte de añoranza perdida que los hace inolvidables.
Cada 17 de agosto, aunque en rigor de verdad nunca me tocó, pensaba que ser seleccionado para interpretar al General José de San Martín en el acto era un detalle que sería recordado para siempre. O, al menos, durante unos años. Lo cierto es que Jorge Gómez o Alejandro Molina, y siempre ellos dos, eran los compañeros elegidos, uno u otro, para interpretar al Padre de la Patria. Siempre creí que eran los favoritos de la maestra. El tiempo ahora hace justicia y reconozco que nadie dividía por dos cifras como Jorge y que las composiciones de Alejando eran verdaderos guiones cinematográficos.
Por mi lado, el fracaso que suponía no ponerse la investidura sagrada de San Martín, la soportaba con la ventaja de no verme obligado a aguantar heroicamente una barba de lana negra cosida a mano que pinchaba como mil agujas, o llevar un sable de madera envuelto en papel de aluminio que se deshojaba al primer movimiento de esgrima contra el aire, o encajar la cabeza en un sombrero bicornio de cartón negro que a la primera ráfaga de viento del patio se volaba ante las risas contenidas de los compañeros.
Ahí estábamos, parados en filas rigurosas sobre las baldosas calcáreas del patio, tiritando de emoción y de frío, mientras el pasacasetes Philips escupía con fritura los acordes de la Marcha de San Lorenzo. El sonido salía distorsionado por el uso, interrumpido por el chirrido de la cinta vieja, pero a nadie le importaba. Había algo profundamente honesto en la escena. Una fe colectiva, casi candorosa, en que esos símbolos patrios nos cobijaban a todos por igual.
Quién sabe, tal vez en esas mañanas de frío aprendí a mirar la figura del Libertador con un respeto sagrado. En aquella época, San Martín no era un concepto abstracto ni una bajada de línea ideológica de turno; era la encarnación del esfuerzo desinteresado y de la entrega absoluta a una causa superior. Nos hablaban del cruce de los Andes, de la austeridad de un hombre que dormía en un catre de campaña, de un soldado enfermo que rechazaba sueldos, que declinaba honores y que prefirió el destierro voluntario en Boulogne Sur Mer antes que manchar su espada con la sangre de sus propios compatriotas en las guerras civiles que ya empezaban a desangrar al país.
Hay una melancolía luminosa en recordar aquellas mañanas de agosto. Éramos chicos con las manos rojas por el frío, con las puntas de los zapatos mocasín gastadas por efímeros partidos de fútbol en el recreo, pero teníamos la certeza involuntaria de estar aprendiendo a ser parte de algo más grande. Nos íbamos a casa con el gusto amargo y reconfortante del chocolate escolar en el paladar y una escarapela de tela prendida al pecho con un alfiler de gancho que nuestras madres nos ponían con un cuidado casi quirúrgico.
El tiempo pasó, como pasa siempre en este país: atropellando. Y al mirar desde esta terraza del presente hacia aquel patio de los años ochenta, el contraste no solo produce nostalgia, sino un estupor doloroso. Resulta muy difícil hoy, al encender la televisión o repasar las noticias en las apps, no sentir algo de vergüenza ajena al comparar la estatura moral de San Martín con la insoportable pequeñez de las dirigencias políticas que gobiernan desde hace décadas y nos oscurecen el destino.
¿En qué momento cambiamos el catre de campaña por las jubilaciones de privilegio? ¿Cuándo fue que la patria dejó de ser un ideal de libertad para transformarse en un botín a repartir entre indeseables?
Los políticos de hoy, o el 95% de ellos, para usar un porcentaje conocido, padecen de un vértigo inverso al de San Martín. Mientras el General renunció al poder supremo cuando lo tenía servido en bandeja, la fauna política contemporánea es capaz de vender el alma, la bandera y el futuro de las próximas tres generaciones por mantener un fuero, una caja de financiamiento o una cuota miserable de protagonismo mediático. El Libertador rechazó los homenajes en vida y se fue a morir en silencio, cuidando que su nombre no fuera utilizado para profundizar la discordia. Hoy, cualquier papanatas con pretensiones de estadista gasta fortunas del erario público en campañas de imagen, pautas oficiales y ejércitos de trolls para erigirse monumentos en vida mientras gran parte del país se hunde en la pobreza.
San Martín no tenía asesores de comunicación, ni expertos en neurociencia aplicada al marketing político, ni focus groups para saber si le convenía o no cruzar la cordillera de los Andes. Tenía convicción, ética y una devoción inquebrantable por el deber ser. Sabía que la grandeza no se mide por la cantidad de likes de militantes contratados, sino por la trascendencia del legado.
En aquellos actos de los ochenta, cuando la maestra de séptimo leía con voz temblorosa el testamento del General o recitaba sus máximas para su hija Merceditas, en realidad nos estaba entregando un código moral implícito. Nos decían que la palabra valía más que un contrato firmado ante escribano; que el respeto a la autoridad no se imponía con soberbia sino con el ejemplo; y que el verdadero patriotismo no consiste en envolverse en una bandera para tapar la corrupción propia, sino en servir a la comunidad sin pedir nada a cambio.
Hoy asistimos a un espectáculo dantesco donde la política se redujo a una disputa de varieté, un teatro de operaciones donde se gritan consignas vacías, se inventan grietas artificiales y se apela al odio como única herramienta de construcción electoral. Se utiliza el nombre de los próceres con la impunidad de los profanadores de tumbas: citan a San Martín para justificar un decretazo, una transa parlamentaria o una contorsión ideológica de último momento. Si el General viera a este elenco estable de cortesanos, lobbistas y oportunistas disputarse las migajas de un país empobrecido, probablemente volvería a subirse al mausoleo de la Catedral para esconderse de vergüenza.
Sin embargo, a pesar del desencanto que nos aplasta la nuca, prefiero quedarme con la luz de aquella infancia. Prefiero agradecer a aquellas maestras que nos enseñaron a ponernos de pie cuando entraba la Bandera de Ceremonias, a la portera que preparaba el chocolate con más buena voluntad que leche entera, y a los compañeros que tiritaban a nuestro lado sin importar si en sus casas se pensaba de una u otra forma.
En ese patio de escuela primaria de los ochenta residía, tal vez sin que lo supiéramos, lo mejor de la Argentina. Una Argentina humilde, golpeada por la historia, pero intacta en su dignidad y en su deseo de ser una nación respetable.
Me asombro cotidianamente viendo a los libertarios de hoy, que confunden la posibilidad de ser libres con el sálvese quien pueda y la codicia del mercado. O a los que se robaron el peronismo, que convirtieron a la justicia social en un negocio de caja y obsecuencia. San Martín les queda infinitamente grande a unos y a otros. Mientras la política actual vende la patria al mejor postor por unos dólares o por una cuota miserable de poder, el General nos enseñó que la verdadera libertad no cotiza en bolsa ni se reparte en ventanillas estatales.
Ojalá algún día, entre tanta charlatanería de cafetín y tanto cinismo profesional, volvamos a mirar hacia ese escenario improvisado del patio del colegio. Y tal vez podamos entender que un país no se construye con encuestas, con algoritmos ni cinismo, sino con el rigor, la austeridad y la renuncia desinteresada por el bien común. Mientras tanto, nos queda el recuerdo y la certeza de que, al menos por un rato, enfundados en un guardapolvo blanco, fuimos guiados por hombres que no le temían al sacrificio ni vendían su honor al mejor postor.
El problema, claro, es que San Martín hubo uno solo. Y está muerto y enterrado.
