Aniversario de la Guerra
Malvinas

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El fin de la niñez y un recuerdo entre chocolates, amor no correspondido y un gusto amargo de carácter nacional.
Recuerdo con una mezcla de estupor y nostalgia la mañana en que nos juntamos con mis compañeros de primaria a juntar chocolates. Recuerdo también la inocencia con la que tratábamos de enviar en cada envoltorio la misma cantidad de gramos, como para ser justos con cada soldado. Con el tiempo, me di cuenta de que ese acto de justicia fue tal vez el único o el último que la sociedad había tenido con esos chicos que nos defendían del invasor.
La Escuela Gendarmería Nacional de la calle Juan Agustín García, en la que se cobijaba mi infancia, se había hecho eco, como tantos otros colegios, de la idea de dedicar algunas jornadas a enviar chocolates y cartas a los soldados. Necesitaban armas, abrigo, órdenes coherentes y nosotros les enviamos chocolates y dibujitos.
Con la inocencia de los doce años, llenos de esperanza, en la certeza de que estábamos ganando y envueltos en la ignorancia de creer que el imperio británico no iba a venir desde tan lejos a reclamar lo que habían robado, algunas decenas de chicos de primaria resolvieron hacer patria de la manera en que podían. En mi caso, además, era la oportunidad de estar cerca de Ana María, aquel amor esquivo del que ya hablé en esta columna. Lo cierto es que esa mezquina idea de armar paquetitos de dulces al lado de la compañera que me gustaba, más la posibilidad de dejar de sufrir con las matemáticas, puso un poco de manifiesto esa idea de que la guerra nos parecía a todos algo distante. Como un juego que, amparados en la seguridad de Buenos Aires, nunca íbamos a padecer. Porque estábamos lejos.
Tan lejos como el principito de Buckingham o la casa de Alexander Haig. Para nosotros, la guerra era una aventura lejana, una película de las de antes, pero con nuestros colores. Y esos chocolates en bolsitas de nylon, y esas cartas, iban a ser recibidas por soldados que eran para nosotros gigantes invencibles protagonistas de una película que iba a tener final feliz.
A medida que la mañana pasaba con Ana María siempre distante y mientras las Titas y las Rhodesia se iban en tándem con los alfajores Milkybar, había algo en el aire de ese otoño que no terminábamos de entender, pero que nos llenaba el pecho de orgullo. Mis compañeros y yo teníamos la edad en la que dejábamos de jugar a los soldaditos para empezar a mirar el mapa con una seriedad impostada, creyendo que el destino del mundo pasaba por el patio de la escuela. Después, cuando meses más tarde la derrota nos puso delante de la verdad revelada, todo fue desengaño.
Recuerdo el frío de esa mañana que, más que para bufanda y guantes de lana, era como un frío conceptual que salía de la radio, de las voces graves que hablaban de una gesta mientras nosotros, en el recreo, jugábamos a ser Kempes en el Mundial 82. Recuerdo también, aunque vagamente, ver al director de la escuela, un tal Tomasi, ayudando con alegría en la logística de los chocolates. Y, en un instante, emerge de mi memoria su imagen en la Dirección. Leía el diario en silencio, encorvado sobre la tinta, con el ceño fruncido impuesto por lo que sucedía en Puerto Argentino, mientras el humo de su pipa dibujaba formas que a mí me parecían barcos hundiéndose en el techo del colegio.
En Villa Luro, las ventanas comenzaron a vestirse con las banderas que estaban guardadas desde el Mundial 78. Pero igual había una vibración sorda que no llegábamos a comprender. Creíamos en la victoria con la fe ciega de los que todavía no conocen la trampa de las palabras. De a poco, la sensación fue cambiando. El chocolate que mandábamos sabía más amargo. Las noticias empezaron a llegar con cuentagotas y el tono de la tele se volvió bastante más denso, más oscuro, parecido al cielo antes de la tormenta. Como ya no jugábamos a los soldaditos, empezamos a mirar a los pibes de veinte que caminaban por la calle con otros ojos, porque sabíamos que ellos podían ser los de las fotos. La inocencia se nos estaba escurriendo por las costuras de los bolsillos.
Desde nuestros doce años, lo que más nos costaba digerir no era la estrategia militar o el alineamiento de Estados Unidos con el enemigo, sino la prepotencia de lo ajeno. Para nosotros, el mapa de la Argentina en el manual de Geografía no era una opinión política, era una suerte de dibujo sagrado, como el patio de casa o el frente de la escuela. Y de repente, ese imperio que sólo conocíamos por los Beatles o por las invasiones de 1806 y 1807 que luego leeríamos en el libro de Ibañez, se volvía real, tangible y gélido. Era la sensación de que alguien, con la fuerza y la soberbia de quien se sabe superior, ponía un dedo sobre nuestro mapa y decidía que ese pedazo de turba y frío le pertenecía por un derecho de fuerza que nuestra lógica infantil no lograba procesar.
Lo que dolía, además de la muerte, por esa sensibilidad a flor de piel de la preadolescencia, era la indiferencia de esa maldita bandera cruzada. Para ellos éramos (hoy también lo somos) un punto perdido en el Atlántico Sur. Un trámite administrativo. Para nosotros, Malvinas fue el despojo de un pedazo de identidad. El colonialismo es, en el fondo, una forma de decirnos que nuestros sentimientos no valen nada frente a los intereses de la corona y el acero. El imperio británico no solo nos ganó una guerra; nos robó la idea de que el mundo era un lugar donde las cosas pertenecían a sus dueños. Nos enseñó, y de la peor manera, que la geografía se escribe con la tinta de los que mandan, aunque no tengan razón. Por eso arriesgo y digo que quien admire a ese imperio merece mi desprecio.
Volvamos a la escuela. Promediando junio y séptimo grado, el invierno se nos instaló adentro para siempre. Recuerdo la cara de Tomasi, quien debía enfrentarnos mientras izábamos la bandera sin saber qué decir. Recuerdo a Ana María llorando porque el alma de su primo se había quedado para siempre en las Islas. Recuerdo un silencio largo, espeso, que cubrió el patio del colegio y las calles del barrio con una neblina que no se iba con el sol. En esos días comprendí que se podía llorar por gente que no conocías. Aprendí que los mapas también duelen. Y que la derrota era mucho más que perder unas islas que nunca habíamos pisado. Perder también fue descubrir que nos habían mentido con la misma facilidad con la que nos cuentan un cuento antes de dormir.
A los doce años, la derrota de Malvinas tuvo para nosotros un agrio sabor a hierro y sal marina. En el momento exacto en el que supimos que los chocolates y las cartas jamás llegaron, nos dimos cuenta de que el mundo ya no era un lugar seguro, que los gigantes también caen y que, a veces, los barcos no vuelven. Nos quedamos ahí, sentados en el patio del mástil, con las banderas guardadas y el alma un poco más vieja, mirando hacia el sur, mientras el frío de Malvinas se nos quedaba a vivir en los huesos. Aquel otoño, sin darnos cuenta, y aunque el almanaque decía lo contrario, dejamos de ser chicos.
El tiempo, siempre hostil y autoritario, pasó. Para algunos, mientras tanto, las heridas de la guerra fueron sanando. Pero no para todos; porque los muertos viven en la memoria indeleble de sus familias y en el lejano cementerio de las islas.
Por vergüenza, por desinterés, por miedo, por ignorancia, por política o por lo que sea, nos fuimos olvidando de la guerra y, lamentablemente, también de los veteranos y de aquellos que murieron en ella. Recordamos su valentía y su dignidad eternas sólo en días como hoy, cuando tomamos la bandera en un puño y juramos defenderla en el café de la esquina.
En fin. Así somos. Pido perdón por la parte que me toca.
