Cambios culturales y nuevas masculinidades en debate
Los muchachos de antes de antes no usaban corpiño

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Entre ironía y observación social, una mirada sobre cómo cambió el modelo de hombre: del silencio y la dureza a la exposición y la sensibilidad.
Todo comenzó una mañana de estas, cuando hablamos con un amigo, mitad en broma y mitad en serio, de algunos hombres que han volcado sus costumbres. O que han volcado, directamente. Me contó, y tal vez no sea novedad para muchos de ustedes, que la moda masculina impone de a poco el uso de una suerte de corpiño para evitar que los pectorales, y su gravedad hija de los años, se marquen demasiado. Así es: algunos hombres de mi generación, y de la tuya, querido lector, usan corpiño para que la camisa se vea mejor.
Claramente, hay algo en el hombre de hoy que desconcierta a primera vista. Uno entra a cualquier oficina, bar o reunión y descubre un fenómeno curioso: tipos prolijos, perfumados, con la camisa impecable y debajo (en algunos casos, seamos justos) se adivina una prenda que hasta hace no tanto pertenecía a otro universo. No es una metáfora, es cierto. Hombres que usan una suerte de remera ajustada (llamémoslo sin pudor por lo que realmente es: un corpiño masculino) para que no se marque nada, para que la tela caiga perfecta, para que el cuerpo no interfiera en la estética. Y para que el mundo, definitivamente, sea otro.
Enseguida aparece la tentación: la risa, el comentario rápido, el chiste fácil, el “mirá adónde hemos llegado” y hasta las antiguas comparaciones fuera de moda que contemplan la elección de género. Inclusive te aventurás a pensar en el desengaño de la mujer conquistada, que verá con sorpresa a su amante con una suerte de vendaje salvador antes del amor. En fin. Todo eso. Como si el pequeño detalle de un corpiño en un hombre fuera la prueba irrefutable de la gran decadencia universal. Como si un elástico debajo de la camisa, a modo de liposucción artificial, explicara todo un cambio de época.
Como suele pasar, al rato descubrís que el síntoma es más interesante que la burla. Porque ese hombre que hoy cuida su imagen al extremo, que se mira, que se ajusta, que se revisa, no es simplemente más blando o más coqueto. Es, en muchos casos, producto de un tiempo que exige cosas distintas. Un tiempo donde la exposición es constante, donde la cámara es un Dios que todo lo ve, donde la belleza del cuerpo dejó de ser secundaria y pasó a ser lo único. Un tiempo donde no alcanza con estar, sino que también hay que mostrarse.
Este rincón en el que cada quince días intentamos rescatar algunas cosas del pasado, se nubla definitivamente y se sorprende ante la noticia de un masculino Natalia Natalia que va por la vida con corpiño. Podríamos dar por terminada la nota acá. Podríamos decir que el mundo puede explotar tranquilo, que es hora de partir y que las tinieblas por fin han tocado a nuestra puerta.
Pero no. Ahí empieza la comparación inevitable. ¿La Generación de Cristal o la de Hierro?
Los invito a analizar algunas cosas que, quién sabe, desemboquen en una nueva forma de entendernos. No hagamos foco en el corpiño. Intentemos centrarnos en una suerte de humilde análisis sociológico del hombre de hace 50 años y el hombre de hoy. Vos y tu viejo, por ejemplo. Sincerémonos un poco y veamos qué resulta. Desajústese el ñocorpi y venga, hombre. Póngase cómodo. Tengo unas pocas certezas pensadas y un puñado de postulados imperfectos para empezar.
Los hombres de antes venían sin manual. Y no es una metáfora romántica. Venían sin manual emocional, sin GPS afectivo, sin botón para la configuración de sentimientos. En todo caso, venían con una brújula medio rota que siempre apuntaba al mismo lugar: No te quejes y seguí, era el norte.
En los 70 y 80, el hombre promedio era un sobreviviente de lo cotidiano. Laburaba (elijo no decir se deslomaba para no generar rispideces), llegaba a su casa, comía y se sentaba frente al televisor como quien llega de una guerra que nadie le había declarado. No hablaba mucho. Tampoco hacía falta porque el silencio era el idioma de la época. Si algo le dolía, se lo guardaba. Si algo lo emocionaba, también. Había una épica del aguante. Una épica áspera, de ojos entrecerrados y puños apretados. Pero épica al fin.
Hoy es protagonista la Generación de Cristal. Ahí es donde muchos levantamos la ceja, fruncimos el ceño y sentenciamos: “Estos pibes no se bancan nada”. Pero ojo. Porque tal vez no es que no se bancan nada, sino que no están dispuestos a bancarse todo. El hombre de antes se rompía y seguía. El de ahora, cuando se rompe, pregunta por qué. Y en esa pregunta se esconde algo incómodo para el viejo mundo: la conciencia. La duda de esa pregunta es ya la certeza de que algo no está bien y debe ser revisado.
Cuando éramos chicos, llorar era un accidente. Los grandes no lloran, era la frase. Hoy llorar puede ser hasta una decisión estratégica. Antes, cuando un grande pedía ayuda, era casi una confesión de derrota. Ahora, una lágrima se parece más a un acto de transparencia que es muy bien visto por todo el mundo.
Claro que hay exageraciones. Siempre las hay. Hay sensibilidades que rozan lo frágil, susceptibilidades que se inflaman por cualquier cosa. Pero también hay algo que el viejo modelo no tenía, el registro de uno mismo y de sus sentimientos. Porque el problema de los hombres mayores en nuestra adolescencia no era la dureza, ni la educación, ni el sufrimiento que implicaba ser hijos de una Europa sangrante y pobre. El problema era el costo. El precio silencioso y eterno de no hablar, de no procesar, de no parar, de no sentir. Familias enteras sostenidas por tipos que nunca dijeron “me pasa algo”. Y eso, tarde o temprano, pasa factura.
La Generación de Cristal, con todas sus contradicciones y con sus adelantados de nuestra edad que usan corpiño o se depilan el pecho, vino a romper ese pacto tácito que implica el silencio y seguir. Y sí, a veces se pasa de rosca. Pero en ese exceso también hay una búsqueda. En ese exceso aparece la idea de vivir un poco más conscientes, un poco menos anestesiados.
Entonces, ¿quiénes son mejores? Mala pregunta. No se trata de mejores o peores. Se trata de contextos. Los hombres mayores que habitaban en el Villa Luro de mi infancia eran duros porque el mundo lo exigía. Los de ahora son sensibles porque el mundo lo permite. Tal vez el desafío no sea elegir entre dos modelos, sino lograr algo más difícil: hombres que puedan resistir sin romperse y sentir sin avergonzarse. Ni de hierro. Ni de cristal. De carne y hueso.
El problema es cuando el péndulo se va demasiado para un lado o para el otro. Como en la política argentina, que votamos para que el pasado no se repita, vienen en nombre del futuro y resulta que son el espejo de lo que vinieron a combatir. La grieta es el problema. Acá también. El equilibrio, como siempre, es lo más difícil.
El error quizás sea plantear esta discusión como una guerra entre generaciones. Como si hubiera que elegir un bando. Como si los hombres de antes fueran héroes incomprendidos y los de ahora víctimas exageradas. La realidad es bastante más compleja. Excede el corpiño masculino. Y es también bastante más interesante. Porque los hombres de antes hicieron lo que pudieron con las herramientas que tenían. No había espacios para hablar de emociones, no había modelos alternativos, no había discursos que habilitaran otra forma de ser hombre. Había que ser fuerte. Admirablemente fuertes. Pero también, muchas veces, eran profundamente solitarios. Los hombres de ahora, en cambio, tienen más herramientas. Más información. Más discursos. Más opciones. Pero también tienen más ruido. Más exigencias. Más presión por definirse, por posicionarse. Y eso también agota.
Si antes el problema era no sentir, hoy el problema es sentir demasiado. ¿Quién está mejor preparado entonces? ¿El que aguanta todo o el que cuestiona todo? La respuesta es incómoda: ninguno. El mundo real, y tal vez la vida, termina exigiendo una combinación de ambas cosas. Capacidad de resistir y capacidad de registrar. Fortaleza y sensibilidad. Acción y reflexión. El desafío es construir algo nuevo. Un modelo que tome lo mejor de ambos mundos. Un hombre que pueda sostenerse en momentos difíciles sin desmoronarse, pero que también pueda sentirse superado sin creer que pierde valor ante el desconsuelo.
Tal vez la clave esté en un hombre algo más humano, más imperfecto, más real. Con cicatrices y con el registro indeleble de esas cicatrices. Con la capacidad de avanzar, pero también de detenerse cuando haga falta. Con la oportunidad de revisar lo que heredó. De elegir qué vale la pena conservar y qué conviene soltar. Porque no todo lo de antes era mejor. Pero tampoco todo lo de ahora es necesariamente superador. Como es lógico, hay valores que no deberían perderse. La responsabilidad, el compromiso, la lealtad, la capacidad para sostenerse, de cumplir y de hacerse cargo.
Si algo muestra este cruce de épocas es que el modelo de hombre está en transición. Y como toda transición, es incómoda, movilizante, insegura. Genera ruido, resistencia, exageraciones. Y, por fin, genera evolución.
En esta búsqueda todavía imperfecta, todavía en construcción, hay algo que, incluso con sus contradicciones, merece ser valorado: la intención de ser un poco más honestos con lo que nos pasa. Aunque a veces incomode. Aunque a veces duela. Aunque nos deje sin manual ni botones de arrepentimiento. Un poco menos de lo que debemos ser y algo más de lo que queremos ser.
Los dejo. La seguimos en un par de semanas. Y usted, Domínguez, sáquese el maquillaje que su mujer lo está mirando, hombre!
