Pérdidas y ganancias

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Los vínculos y apuestas. El corazón y la reflexión a mitad de la vida.
Pérdidas y ganancias
Tener cincuenta y pico nos regala la posibilidad de pausar la marcha y silenciar el apuro. A esta altura del partido, uno empieza a mirar el recorrido no con la urgencia de quien quiere conquistarlo todo, sino con la pausada serenidad de quien se sienta a constatar lo aprendido. Hay una sensibilidad nueva, más fina y menos tolerante al artificio, que nos atraviesa sin pedir permiso. Escribo estas líneas desde la frontera donde el pasado deja de ser una acumulación de anécdotas para convertirse en una lección silenciosa, y donde la vida nos exige balances que, saludablemente, elegimos no postergar.
No se trata de ponernos solemnes ni de dar cátedra sobre cómo vivir, sino de ponerle palabras a eso que nos embarga cuando miramos hacia atrás. Quienes vivimos los 80 y los 90 a toda velocidad, hemos descubierto que la reflexión no es un ejercicio intelectual, sino una necesidad del alma para acomodar los recuerdos en su estante definitivo. Es el momento en que entendemos que todo lo que perdimos, lo que mantuvimos y lo que dejamos ir no fue producto del azar, sino la materia prima con la que fuimos construyendo esto que somos.
Hay un momento en la vida, casi siempre amparado por la soberbia de los veinte años, en el que estamos convencidos de que el tiempo es un pozo sin fondo. En esa época, los días se estiran con una elasticidad tramposa y las noches parecen refundarse a cada rato en la mesa de cualquier bar. Acumulamos gente con la voracidad de un coleccionista impulsivo. Guardamos números de teléfono en libretas que jamás volveremos a abrir, sumamos nombres a las mesas de café, nos abrazamos con desconocidos en la cancha o en los piringundines baratos de ciertas madrugadas, y llamamos a todo eso amistad. Creemos, con una fe ciega y casi infantil, que la vida es una tribuna que se va llenando para siempre y que la dimensión de un hombre se mide por el nivel de ruido que lo rodea.
Éramos ricos en cantidad, pero profundamente analfabetos en la ciencia del tiempo. Vivíamos con las puertas abiertas de par en par, dejando entrar a cualquiera que tuviera una anécdota a mano o una carcajada disponible.casa estaba siempre llena, la agenda desbordada y la sensación de pertenencia se alimentaba del murmullo constante. En esa juventud ruidosa, la soledad era percibida como un fracaso, un defecto de fábrica, una señal de aridez emocional. Nadie quería quedarse a solas con sus propios pensamientos, por lo que tapamos el silencio con cualquier tipo de compañía. Compañías masculinas para arrugar manteles y femeninas para arrugar las sábanas.
Pero la vida, que es una gran maestra en el arte de la paciencia, empieza a ajustar sus tuercas sin pedirnos permiso. Al principio no te das cuenta. Las primeras pérdidas ocurren de manera imperceptible, casi elegante. Es el amigo del secundario con el que dejás de coincidir porque sus horarios ya no encajan con los tuyos. O aquel compañero de batallas universitarias con el que, de pronto, en el café de la avenida, te descubrís mirando el reloj porque las frases hechas ya no alcanzan para tapar el abismo de dos mundos que se alejaron. No hay pelea, no hay un portazo dramático ni insultos de por medio; hay simplemente un distanciamiento tibio, una marea suave que lleva a uno para un lado y a otro para el otro.
Después vienen los romances. Aquellas promesas solemnes susurradas en la penumbra de un auto viejo o en el balcón del departamento de soltero, donde nos jurábamos amor eterno sobre cimientos de papel. Amores que parecían el centro de gravedad del universo y que, con los meses o los años, terminaron desgastándose en la rutina, en las expectativas cruzadas o en la simple constatación de que éramos dos extraños viajando en la misma dirección por puro accidente. Se van los amores, y con cada despedida se apaga una luz en ese lugar amable que habíamos diseñado para iluminar el futuro.
A decir verdad, debemos reconocer que de los viejos romances siempre quedan algunas huellas y, tal vez, el recuerdo más o menos esclarecido de una o dos mujeres que nos dura toda la vida. Puede ser. Pero el tiempo nos ayuda a comprobar que eso que creíamos amor eterno resulta ser simplemente una herida que nació en un pasado obnubilado y murió en el desencanto. En el desengaño que surge cuando comprendés que, muchas veces, dos vidas que se cruzaban por amor son en realidad trazos que se bifurcan por dos senderos que se alejan hasta el infinito.
Y luego llega el golpe verdadero, el que desacomoda la arquitectura del alma: la pérdida de los familiares. Es el momento en que la muerte deja de ser una abstracción filosófica o una noticia en la contratapa del diario para golpear a la puerta de nuestra propia casa. Se van los abuelos, se van los tíos que eran como padres y madres sustitutos, y un día, en la estocada más feroz que nos asesta la existencia, se nos van los padres. Se van las voces que sostenían nuestra infancia, las manos que nos ataban los cordones, el aroma a tuco de los domingos y esa mirada única que nos leía sin necesidad de palabras. Con su partida, nos quedamos en la primera línea de fuego. Nos descubrimos repentinamente adultos, mirando hacia atrás y viendo que el paisaje de la infancia y la juventud se transformó en un terreno poblado de ausencias.
En ese trance, la reacción primaria es el espanto. Sentimos que nos estamos desmoronando, que la vida es un proceso cruento de despojo sistemático. Miramos alrededor y vemos la mesa cada vez más chica, las sillas vacías acumulando polvo, la libreta de contactos convertida en un pequeño cementerio de nombres que ya no van a responder. Nos domina una sensación de intemperie. ¿Qué nos pasó?, nos preguntamos en la soledad de la noche. ¿Cómo fue que nos quedamos con tan poco?
Sin embargo, si uno tiene la fortuna y la templanza de dejar pasar los años sin cerrarse al dolor, empieza a germinar una sensibilidad distinta, más honda y serena. Con el tiempo, la mirada se limpia de la urgencia juvenil. Y es ahí cuando comprendemos que hay una lógica profunda en este camino, una especie de selección natural afectiva que el alma ejecuta de manera casi inconsciente para salvaguardar lo esencial.
No se trata de un proceso de endurecimiento ni de cinismo. Todo lo contrario: es el resultado de un refinamiento espiritual. En la biología de las especies, la selección natural elimina lo superfluo para garantizar la supervivencia del organismo. En la biología del alma ocurre exactamente lo mismo. A medida que nos acercamos a la madurez, descubrimos que el tiempo no es ese pozo infinito que creíamos a los veinte años, sino un recurso escaso e infinitamente valioso. Y cuando entendés con qué moneda estás pagando cada hora de tu vida, te volvés un administrador ferozmente lúcido de tus propios afectos.
Esa selección natural que hacemos sin darnos cuenta no es más que un filtro de calidad. La vida nos va quitando lo que era de utilería para obligarnos a mirar lo que es de madera noble. Las amistades que se cayeron no eran malas; simplemente eran de una estación determinada. Cumplieron su ciclo, nos enseñaron lo que tenían que enseñarnos, nos dejaron un recuerdo y siguieron su curso. Los romances que no prosperaron fueron el borrador eficaz y necesario para entender qué buscábamos realmente cuando le abrimos el corazón a esa persona que amanece con nosotros. Y las pérdidas familiares, aunque duelan con un filo tenaz e insoportable, nos heredan una sensibilidad madura, un sentido agradecimiento hacia la memoria y una comprensión absoluta del valor que tienen aquellos que todavía están.
Llegar a esta altura del partido con la agenda limpia de compromisos vacíos no es una derrota. Es una victoria deslumbrante. Es la conquista de la autenticidad. Nos damos cuenta de que ya no tenemos ganas ni energía para sostener charlas superficiales, para sonreír por cortesía en reuniones que nos aburren o para tolerar neuronas ajenas que solo traen ruidos molestos. Aprendemos a decir no sin culpa y a gritar sí con la entrega absoluta de quien sabe que está regalando su bien más preciado.
Hoy la mesa es más chica, claro que sí. ¡Pero qué mesa! Quienes se sientan a ella no necesitan presentaciones ni artificios. Son personas con las que se puede compartir un café en silencio sin que ese silencio resulte incómodo o haya durado años. Son los amigos que conocen nuestras miserias y nuestros fracasos, y que sin embargo eligen quedarse. Son los amores que sobrevivieron a las tormentas y se convirtieron en un puerto sereno, un lugar donde sacarse la armadura y respirar. Son los pocos parientes o afectos entrañables con los que un abrazo de tres segundos basta para ponernos de pie otra vez.
Cambiamos la pirotecnia de las fiestas por la luz tibia de un quincho con siete u ocho imprescindibles. Cambiamos los cien mensajes de cumpleaños por tres llamadas de voz que nos quiebran la garganta de la emoción. Ganamos en densidad lo que perdimos en volumen. Y esa permuta es, quizás, el negocio más extraordinario que hacemos en la vida.
Mirar hacia atrás y contar las ausencias sigue provocando una mueca de nostalgia, es innegable. Las cicatrices están ahí y nos recuerdan el precio de haber vivido. Pero hoy sabemos que no somos lo que perdimos, sino lo que supimos conservar después de que el viento hizo su trabajo. La madurez nos regala la sabiduría silenciosa de comprender que la vida no consiste en acumular personas como si fueran trofeos en una repisa, sino en destilar los afectos hasta quedarnos con la esencia más pura.
Al final de la jornada, cuando la tarde empieza a caer y las sombras se alargan sobre el patio, descubrimos que no importa cuántos había en la tribuna durante los momentos de fiesta. Lo único que realmente importa es quiénes siguen sentados a nuestro lado, en silencio, cuando el ruido ha terminado y solo queda lo que queda.
Ahí es cuando la vida te dice quién sos. Cuando mirás a los costados y no son tantos. Pero igual vas a la guerra. Sosteniendo con inquebrantable convicción las banderas del amor verdadero y de la amistad de fierro. Esas banderas, como todos sabemos, se izan y flamean después de los cincuenta. Y son las que te llevan a disfrutar de la victoria más grande de todas.
