Crónicas urbanas
¡Esto es un asalto!

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Una postal íntima del amor adolescente en los años 80, cuando bailar mal, mirar de lejos y esperar un lento podían cambiarlo todo.
El amor, sobre todo cuando vivís inmerso en el tsunami de emociones e inseguridades de la adolescencia, se nutre de actitudes y aptitudes que con el tiempo pierden sentido. Así, en los años 80, podíamos deslumbrarnos y enamorarnos solo con apreciar en el otro algunas habilidades de las que carecíamos y que constituían un imposible. Tocar la guitarra, destacarnos en Educación Física, ser el último en ser atrapado en el Poliladron, entender matemáticas, estar en el coro, caminar solo por la avenida Lope de Vega o simplemente tener el cabello sedoso o una sonrisa blanca y cómplice solían ser motivo suficiente para que los corazones juveniles galopen al ritmo del amor.
Está claro que las virtudes más importantes, aquellas que la vida se encarga de darles importancia y transformarlas en imprescindibles, a los 14 años, no interesan demasiado. Ni un trabajo estable, ni la bondad por sobre la belleza, ni el amor por los niños, por nombrar solo tres, eran muy tenidas en cuenta cuando lo que importaba era experimentar y descubrir quiénes éramos en el espejo del otro.
Para entender el amor adolescente de los ochenta, hay que entender primero el silencio. No el silencio de la timidez, sino el del vacío tecnológico. En esa época, querer a alguien era una actividad analógica marcada por un ritmo mucho más lento, donde el amor se cocía a fuego lento y la inocencia era el lenguaje común. Sin la inmediatez de las redes sociales, el romance dependía de gestos tangibles y esperas prolongadas que convalidan el paso del tiempo. El amor no buscaba la validación pública, sino la conexión privada. Era una mezcla de misterio, paciencia y la fe ciega en que esa mirada furtiva en el pasillo del colegio podía significar absolutamente todo. Ese breve instante en que las miradas se cruzaban era el combustible para soñar durante semanas. Sin la posibilidad de revisar perfiles o fotos digitales, nuestro romanticismo se alimentaba del misterio efímero del recreo o de la plaza como única forma de conectarnos.
El amor en los 80 tenía su templo máximo, su campo de batalla definitivo: el asalto. Y si era en una terraza, mejor. Era una suerte de fiesta clandestina, pero con permiso de los padres y organizada desde la mediatarde, donde la luz del sol dejaba caer las sombras de costado. El aire olía a Blem y los sándwiches de miga que se empezaban a doblar en las puntas convivían con una botella de Coca, Teem o Pomelo Neuss para nosotros y la malograda Tab para ellas. Los bizcochuelos de la tía solían ser la mesa dulce.
Nunca fui un gran bailarín. Siempre desprecié las habilidades de la danza. Hasta que descubrí que la posibilidad del amor estaba más cerca de quienes sabían moverse al ritmo de la música que de quienes, como yo, disfrutábamos escuchando con los huesos quietos.
En los ochenta, el hecho de no tener las mínimas habilidades para el baile era casi motivo de destierro. Sin embargo, con un entusiasmo hijo de los primeros deseos, trataba de moverme como para no ser el peor.
Pero era el peor.
Tal vez allí, tempranamente, desarrollé el sentido del humor que me acompañó en cada propuesta indecente como única arma de conquista. El humor, más una incipiente capacidad de hablar más o menos de corrido, era el artilugio para llegar al corazón de las mujeres que solo parecían ver a los pequeños aprendices de Travolta bailando sobre las baldosas rojas y brillosas de las terrazas. De más está decir que mi primer beso tardó unos años en llegar. Pero eso será tema de otro fin de semana.
Bailar mal en la adolescencia es como aprender croata en una semana. Es el cuerpo creciendo a destiempo, es tener una camisa que queda grande en los hombros y corta en las mangas. Es no tener idea de qué hacer con las manos y con los pies. Es soportar la vergüenza que sube por el cuello como una fiebre mansa. Y aun así, salir a la pista. Aunque sea al arrabal de la terraza, lejos del otro, para dejar que la música por fin te empuje, como empuja el viento a una cortina.
Es moverse con torpeza y, sin embargo, sentir que algo adentro se acomoda. Que el mundo, por un rato, no te exige explicaciones. Nadie te pide una postura exacta. Solo tenés que estar ahí, respirando fuerte, con el corazón siguiendo su propio compás.
En la adolescencia, bailar era para mí un acto de fe. Que no te importe el ridículo ni la mirada ajena. Creer que el deseo de gustar, de pertenecer, de ser visto, puede más que el miedo. Y a veces, entre pasos desparejos y vueltas mal calculadas, sucede lo único importante: por un instante, dejás de pensar y empezás a vivir el momento y a entender que un paso de baile es un sacrificio necesario para lograr una mirada femenina. Aunque esa mirada tenga un pequeño porcentaje de lástima.
La logística del asalto suponía conseguir que alguien ponga la casa. Por lo general, se intentaba que lo organizara aquel que tenía los padres más jóvenes, más liberales o más distraídos. Los varones llevábamos la gaseosa y las chicas, la comida. La banda sonora era simplemente un grabador de doble casetera en el que alguien había grabado un enganchado casero que, irremediablemente, debía terminar con una oportuna serie de lentos. Era allí, con los lentos y no en otro momento, donde podrían nacer o confirmarse los romances.
Relacionar el amor con la terraza es hablar de la libertad ganada a diez metros del suelo. Subir a la terraza era alejarse del radar de los adultos. Ahí, entre los tanques de agua, los cuartuchos de herramientas y las sogas de la ropa, el mundo se volvía nuestro y el amor se disfrazaba de algo que podía durar para toda la vida.
Cuando bajaba el sol, después del rock, empezaban los lentos y el aire cambiaba. Era el momento de la verdad. El roce de las manos, el perfume Paco o Mujercitas mezclado con el olor al cemento caliente de la tarde suponían la posibilidad más concreta del amor. En la terraza, bajo el cielo de Villa Luro, el amor adolescente no necesitaba filtros de Instagram; le alcanzaba con la penumbra y la esperanza desesperada de que esa canción no se terminara nunca.
Aquel amor era una mezcla de torpeza y épica urbana. Eran besos robados en el lavadero, con el miedo latente y constante a que alguien subiera a buscar un repasador y rompiera el hechizo. El asalto en las terrazas de Villa Luro era nuestra versión del paraíso: un espacio ganado al cemento donde aprendimos, casi sin darnos cuenta, lo que significaba el amor.
Aunque el tiempo, ingrato e infalible, nos mostró después que un beso en la terraza pasa tan rápidamente al olvido que se hace tan efímero como la vida misma.
