Cuerpos en riesgo
El boom silencioso de los anabólicos en los gimnasios

Estudiante de Periodismo
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El uso de los anabólicos crece en los gimnasios. La presión estética y el rendimiento impulsan su uso.
En la nota anterior analizamos cómo influencers sin formación médica recomiendan fármacos, naturalizando la automedicación y reforzando la cultura de la delgadez como mandato estético. Pero si las redes sociales son el escenario donde se instala el ideal, ¿Qué ocurre cuando ese ideal baja a tierra? ¿Qué pasa en los gimnasios, donde el cuerpo deja de ser un filtro y se convierte en proyecto?
En Argentina, últimamente se está viviendo un boom en el sector fitness: se estiman 8.700 gimnasios que atienden a unos 3,6 millones de usuarios activos, lo que representa el 7,8 % de la población del país. En estos espacios, el cuerpo deja de ser sólo imagen y pasa a ser un proyecto tangible: se pesa, se mide, se compara. La presión por ver resultados visibles rápidamente hace que muchos jóvenes y adultos busquen atajos cuando la rutina y la constancia no alcanzan para cumplir con el ideal estético instalado en redes sociales. Allí es donde los esteroides anabólicos comienzan a aparecer.
Aunque estos fármacos están diseñados para tratamientos médicos específicos, su consumo se extendió al entrenamiento amateur. Según investigaciones sociológicas realizadas en gimnasios argentinos, muchos usuarios recurren a ellos sin prescripción médica, motivados por acelerar el aumento de masa muscular y reducir los tiempos de espera, y suelen informarse a través de Internet o por recomendaciones dentro del mismo gimnasio.
El número de jóvenes que consumen esteroides en Argentina es alarmante. Un estudio reciente indica que 339.864 personas de entre 12 y 17 años han consumido alguna vez en su vida, un número que representa un aumento significativo en comparación con años anteriores. Estos datos muestran que la presión estética, la búsqueda de resultados rápidos y la facilidad de acceso a sustancias prohibidas no son un problema aislado, sino un fenómeno creciente que involucra a adolescentes en pleno desarrollo.
La regulación, aunque existe, es débil. La venta de esteroides anabólicos sin receta está prohibida por la ANMAT, pero los controles son limitados y la fiscalización no alcanza a los puntos de venta informales ni a los canales digitales. Esto crea un vacío que el mercado clandestino explota, y en el que los jóvenes muchas veces entran sin conocer los peligros reales que enfrentan.
El gimnasio, entonces, se convierte en un escenario donde la cultura del esfuerzo convive con la cultura del atajo. La presión estética y el ideal de resultados inmediatos, reforzados por las redes, empujan a muchos a poner en riesgo su salud por la ilusión de un cuerpo perfecto en tiempo récord. Sin educación sanitaria, sin políticas efectivas de control y sin debate público sobre estos hábitos, el consumo de anabólicos sigue creciendo en silencio, mientras millones entrenan en busca de un ideal que cada vez parece más inalcanzable y más peligroso.
Los anabólicos o esteroides son sustancias sintéticas derivadas de la testosterona, la hormona sexual masculina. Están indicados originalmente para tratamientos médicos específicos, como algunas formas de anemia, retraso del crecimiento o enfermedades que provocan pérdida de masa muscular. Sin embargo, fuera de esos contextos médicos, su uso se popularizó en el ámbito deportivo y del fitness para aumentar la masa muscular y la fuerza de manera acelerada.
Su peligro radica en que son drogas que afectan múltiples sistemas del cuerpo, y su consumo sin supervisión médica puede generar desequilibrios hormonales severos. A diferencia de los suplementos o vitaminas, los anabólicos interfieren directamente con la producción natural de hormonas y la función de órganos vitales, lo que los convierte en un riesgo sanitario real, incluso en personas jóvenes y saludables.
Los efectos que pueden provocar son variados y muchas veces graves. Entre los más frecuentes se encuentran alteraciones hormonales, infertilidad, daño hepático y cardiovascular, hipertensión, cambios de humor extremos y trastornos psicológicos. En adolescentes y jóvenes en desarrollo, además, pueden afectar de manera irreversible el crecimiento y la maduración hormonal, dejando secuelas que se extienden más allá del corto plazo.
Por todo esto, expertos y organizaciones de salud advierten que debería existir una regulación más estricta y controles más efectivos sobre la venta y distribución de estos fármacos. No alcanza con que estén prohibidos sin receta: es necesario fiscalizar la circulación en gimnasios, comercios digitales e importaciones informales, y promover campañas de educación sanitaria que expliquen los riesgos de forma clara. Solo así se podría proteger a los jóvenes y adultos que buscan mejorar su cuerpo, evitando que la presión estética y la ilusión de resultados rápidos terminen contándoles mucho más que tiempo y esfuerzo.
El problema no se limita a decisiones individuales: refleja una sociedad que exige resultados inmediatos y visibiliza cuerpos perfectos como si fueran metas alcanzables sin riesgo. Mientras la educación sanitaria no llegue al gimnasio, las redes sigan promoviendo ideales irreales y la regulación sobre los esteroides siga siendo débil, millones de argentinos continuarán entrenando bajo la ilusión de un cuerpo perfecto, expuestos a riesgos que podrían haberse evitado.
Cuidar la salud y hacer ejercicio es fundamental y altamente recomendable, pero siempre de manera consciente, gradual y segura, sin caer en extremos ni atajos químicos que comprometan el bienestar. La presión estética, cuando se combina con la falta de información y la desregulación de sustancias peligrosas, convierte un hábito saludable en una amenaza silenciosa. Por eso, la educación, la regulación y la conciencia social son tan necesarias como entrenar: solo así el fitness puede ser realmente saludable y sostenible, y no un riesgo para quienes buscan mejorar su cuerpo.
