El despertador de la finitud

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Vivir el presente, disfrutar la vida. El estado de eterna despedida y el sentido de Victor Frankl.
Hay un momento, que por lo general transcurre cuando el calendario cruza esa inesperada raya de los cincuenta, en el que la vida deja de ser un territorio a conquistar para convertirse en una cuenta regresiva. Uno lo comprende de golpe, sin anestesia. Vas transitando por la vida como si la conocieras desde siempre y ella, tan campante, se empecina en un instante en demostrarte que las cosas cambian. Que lo que creías de una forma, muta para siempre. Y que lo que parecía una vida apacible, amable, cambia para poner a prueba la resistencia de tu corazón.
En estos últimos tiempos tomé conciencia de algunas cosas a partir de algunos dolores ajenos que se fueron haciendo propios. Sospecho que a vos te puede pasar lo mismo. El dolor de los amigos, a fuerza de compartir la vida, también lo sentimos nosotros. Es así como confirmamos algo tan maravilloso, único, como el amor por los amigos y, al mismo tiempo, la angustia que nos generan sus pesares.
Tengo un amigo de esos que vale como un hermano al que le hicieron un trasplante de corazón. Y tengo otro hermano de la vida que cada día enfrenta el inmenso dolor de transformarse en olvido. Ser testigo de esos sufrimientos ayuda a tomar conciencia del amor por los amigos y a entender que hemos vivido bastante más de lo que nos queda por vivir.
¡Pero ojo! No tomemos esto como un pensamiento trágico, sino como una alarma imperativa que nos obliga a despertar. Debería ser ley la obligación de ponernos de pie cada mañana y vivir con la certeza de que la finitud es la única garantía para no desperdiciar ni un solo minuto de lo que nos queda.
Cuando la angustia te abraza renegamos hasta de nuestras creencias. Le preguntamos a nuestro Dios (le preguntamos, no le rezamos) qué carajo tiene en la cabeza para poner en la vida de alguien un trago tan amargo, capaz de modificar su existencia para siempre. Cuál es la razón para que sufra tanto. Cómo se le ocurre agregar un peso tan grande sobre las espaldas de gente tan buena. O qué hacía mientras elegía con el dedo del destino a personas que no merecen sufrir.
Lo cierto es que hay un instante, casi imperceptible, donde uno intuye la arquitectura secreta del tiempo. Descubre, sin dramatismos, que todo se está moviendo hacia un final. Pero lejos de ser una advertencia lúgubre, esa certeza aparece como un relámpago de lucidez: un despertador que nos sacude del letargo.
Durante años, la cultura moderna nos ha adiestrado en una suerte de sonambulismo confortable. Construimos ciudades de hormigón, contratamos planes a treinta años, buscamos autos y heladeras con fama de duraderos y acumulamos objetos con la ingenua fe en que la eternidad es la norma y la finitud una excepción. Vivimos como si tuviéramos un crédito infinito en la cuenta bancaria de los días. Postergamos las palabras que importan, aplazamos cientos de abrazos para una ocasión especial y dejamos que la rutina devore las horas en la sala de espera de un futuro hipotético. Nos comportamos como propietarios eternos de un tiempo que en realidad lo tenemos en alquiler.
Sin embargo, la finitud no es una condena que ensombrece la existencia, sino el resorte sagrado que la pone en marcha.
La ciencias exactas, lejos de ofrecernos una visión desoladora, nos brinda una lección de asombro. Un ingeniero francés (de quien no recuerdo el nombre y tampoco me importa porque me cansé de googlear para no saber nada) asegura en lo que llamó Segunda Ley de la Termodinámica que el universo avanza inexorablemente hacia la transformación y la disipación. Nada permanece estático. En sus meditaciones sobre la naturaleza del tiempo, propone algo conmovedor: las cosas no existen, sino que suceden. No somos estatuas de piedra que atraviesan el calendario; somos eventos, procesos, espasmos de energía. Somos como una ola que cobra forma en el océano, alcanza su cresta, refleja un destello de luz del Sol y vuelve a disolverse en el agua. Exigirle a una ola que dure para siempre es malinterpretar su naturaleza. La belleza arrolladora de la ola reside justamente en que es única, movediza y fugaz. Si fuera eterna, perdería la fuerza de su impacto.
Viktor Frankl, desde los abismos de la experiencia humana, comprendió que la existencia adquiere un sentido insustituible precisamente porque sus días están contados. Si fuéramos inmortales, cada decisión podría aplazarse indefinidamente. No habría urgencia en el perdón, ni valor en el coraje, ni fortaleza en la palabra empeñada. La eternidad se encarga de vaciar de gravedad a cada uno de nuestros gestos, porque siempre hay un mañana para reparar lo postergado.
Sigmund Freud relata en uno de sus ensayos una caminata veraniega por el campo junto al poeta Rainer Maria Rilke. El escritor, en un exceso de romanticismo tremendista, se afligía al contemplar las flores y los paisajes hermosos, abrumado por la idea de que toda esa belleza desaparecería con el invierno. Freud, con lucidez clínica y profunda empatía, le respondió que la finitud del goce aumenta su valor. La flor que dura una sola noche no es menos hermosa por el hecho de que va a morir al amanecer. Su brevedad es, de hecho, el motor que enciende nuestra fascinación, nuestro goce y hasta nuestra vida.
En la tradición cristiana, la brevedad de la vida no aparece como una condena, sino como una llamada urgente a despertar la conciencia y habitar la fe desde la gratitud. Hay un salmo que contrasta la eternidad y grandeza de Dios con la fragilidad y brevedad de la vida humana. Describe la vida de los hombres como un destello breve, comparándola con la hierba que crece por la mañana y se marchita por la tarde, recordando que nuestros días pasan rápido. Y condensa esa sabiduría en una plegaria luminosa: «Enséñanos a contar de tal modo nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría». No se trata de contarlos con la angustia del que ve agotarse un reloj de arena, sino con el asombro del que reconoce cada amanecer como un don inmerecido, una gracia viva. Dios prometió el perdón, pero no prometió el día de mañana. No sufrimos porque el tiempo pasa, sino porque vivimos postergando el amor, olvidando que el presente es el único territorio donde la vida se encarna y se celebra.
Los romanos transformaron la memoria del fin en una potente herramienta de activación vital. Marco Aurelio se repetía cada amanecer: «Puedes dejar la vida en este preciso instante; deja que eso determine lo que haces, dices y piensas». No era una consigna macabra, sino un filtro de claridad absoluta. Esta idea no busca sepultar el goce bajo la lápida del temor, sino limpiar la mirada de lo accesorio: el rencor menor, la vanidad efímera, la prisa absurda y las discusiones estériles. Es un llamado a despertar y habitar el día con el entusiasmo de quien sabe que la gran oportunidad es hoy.
¿Qué ocurre, entonces, si decidimos escuchar esa alarma? ¿Qué pasa si elegimos, de manera consciente, vivir (como me iluminó alguna vez un entrañable amigo) en “modo despedida"?
Lejos de lo que podría sugerir, vivir en “modo despedida” no es andar por la calle con el rostro apesadumbrado, ni escribir el testamento cada noche, ni desvincularse de los afectos. Todo lo contrario: es una postura de celebración pura. Es habitar el presente con la devoción de quien sabe que cada encuentro tiene el valor de lo irrepetible. Es tomar el café de la mañana sintiendo el aroma como si fuera la primera o la última vez. Es mirar a los ojos a las personas que amamos y comprender que el hecho de coincidir en este rincón del universo, en este preciso fragmento de tiempo, es un milagro descomunal.
Cuando uno asume que la muerte no es una enemiga que acecha en las sombras, sino la compañera silenciosa que le otorga relieve a la vida, la realidad sufre una transmutación maravillosa. Se disuelven las tensiones innecesarias. El orgullo desmedido revela su ridícula inutilidad. La postergación cobarde se transforma en acción decidida. Y mirar a los demás sabiendo que todos compartimos la misma condición fugaz despierta una empatía inmediata con la vida.
En la cultura japonesa existe una idea poética que describe la sensibilidad de lo efímero. Plantea que la vida es comparable con la emoción dulce que se siente al contemplar los cerezos en flor, aún sabiendo que la brisa se llevará sus pétalos en unas pocas semanas. No hay amargura en esa contemplación; hay una gratitud profunda por haber estado allí para presenciar el espectáculo. Nos conmueve lo que no se puede retener. Un juguete de la infancia guardado en un cajón, la caligrafía pausada de tu viejo, la mano suave de una caricia de mamá o el sonido de las hojas secas debajo de las zapatillas en las calles de tu barrio. Todo eso no vale por su resistencia al paso de los años, sino por la cantidad de vida que lograron condensar en su finita fragilidad.
Hay una paradoja luminosa que debemos rescatar del olvido: la conciencia de la muerte no apaga la vida; la enciende. Funciona como una lente que nos devuelve la nitidez. Nos recuerda que no hemos venido a este mundo a aprender a usar el Excel, ni tampoco a acumular rencores, o a esperar el momento perfecto para empezar a ser felices. El momento es este, con sus imperfecciones, sus grietas y su luz.
Vivir en “modo despedida” es, en su sentido más profundo, el acto supremo de la gratitud. Es levantarse cada mañana, mirar alrededor y gritarle a nuestra existencia que sabemos muy bien que esto no dura para siempre. Pero precisamente por eso, porque va a terminar, no me lo voy a perder. Es atreverse a decir lo que sentimos sin calcular tanto, a perdonar sin exigir garantías, a emprender ese proyecto postergado, a disfrutar del abrazo de nuestras hijas, del beso amable de tu mujer, del camino con tus hermanos o de una charla con amigos sin mirar el reloj.
La vida es un regalo de una generosidad desmedida. Pero es un regalo con fecha de vencimiento. Ignorar esa fecha no nos hace inmortales; solo nos hace insensibles. Aceptar el límite, en cambio, nos devuelve la capacidad de asombro.
Al final, nuestra existencia no se mide por la cantidad de páginas del libro, sino por la intensidad y el amor con que hemos leído cada línea. Saber que la obra tiene un acto final no arruina la función; le otorga a cada escena, a cada diálogo, a cada silencio, el peso brillante de lo sagrado.
Se apagarán las luces algún día, sí. Y el teatro quedará en calma. Pero mientras la música siga sonando y el telón esté arriba, no hay forma más bella, inteligente y apasionada de habitar el escenario que hacerlo con la elegancia serena, agradecida y atenta de quien sabe que cada instante es una fiesta.
Brindo por eso. Y en modo despedida, los saludo hasta la próxima.
