Efemérides
Yalta, 1945: negociar la paz mientras el mundo aún ardía

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Acuerdos frágiles, desconfianza mutua y el origen de la Guerra Fría.
El 4 de febrero de 1945, cuando la guerra todavía no había terminado, Berlín aún no había caído y Adolf Hitler seguía con vida, tres hombres que desconfiaban profundamente entre sí aceptaron decidir el destino del mundo juntos. No porque compartieran valores, ni proyectos, ni visiones de futuro, sino porque el desastre era tan grande que no quedaba otra opción.
En Yalta, sobre la costa helada del mar Negro, se sentaron a la misma mesa Yosif Stalin, Franklin D. Roosevelt y Winston Churchill. Un dictador comunista, un presidente liberal-demócrata y un primer ministro conservador. Tres biografías, tres ideologías, tres maneras opuestas de entender el poder unidas para someter a la Alemania nazi.
Yalta constituye una de esas fechas claves que modificaron la historia. No marca solo el final de una guerra, sino el último momento en que los vencedores intentaron gobernar el mundo desde la negociación antes de que las diferencias lo partieran en dos.
La mesa imposible
Stalin llegaba con el Ejército Rojo a setenta kilómetros de Berlín y con media Europa Oriental ocupada. Churchill lo sabía y lo temía: intuía que la alianza con Moscú era transitoria y que una nueva confrontación —esta vez ideológica— era inevitable. Roosevelt, debilitado físicamente, apostaba a algo distinto: integrar a la Unión Soviética en un sistema internacional que evitara otra catástrofe global.
No había amistad. Había necesidad. Y eso convierte a Yalta en uno de los episodios más fascinantes de la Segunda Guerra Mundial.
Dos días antes, Roosevelt y Churchill se habían reunido en Malta para intentar coordinar posiciones frente a Stalin. Fracasaron. Anthony Eden lo dejó escrito con crudeza en su diario: iban a una conferencia decisiva sin siquiera haber acordado qué discutir ni cómo enfrentar al “oso” soviético. De hecho, al terminar la guerra, el líder británico llegaría a preguntarse si “no habrían carneado al cerdo equivocado”. Stalin, en cambio, sabía exactamente qué quería.
Decidir Europa mientras aún ardía
La conferencia comenzó el 4 de febrero de 1945 y desde el inicio quedó claro que no se trataba solo de cerrar la guerra, sino de ordenar el mundo que iba a nacer después.
Se aprobó la Declaración sobre la Europa liberada, una promesa solemne: fin del estado de guerra, reconstrucción y elecciones democráticas en los territorios liberados. El texto hablaba de gobiernos representativos y de la voluntad de los pueblos. Leído hoy, ese documento es tan conmovedor como trágico: contenía las palabras que Europa necesitaba, pero no las garantías para cumplirlas.
También se acordó convocar en abril la Conferencia de San Francisco, donde nacerían las Naciones Unidas, con un Consejo de Seguridad pensado, desde el inicio, para reflejar el poder real de las grandes potencias. La URSS logró que Ucrania y Bielorrusia tuvieran escaños propios: una señal temprana de cómo Moscú concebía el nuevo orden internacional.
Alemania: castigo, miedo y ambigüedad
Alemania fue el gran eje de Yalta. Los tres coincidieron en algo fundamental: desarme, desmilitarización y división como condición para la paz futura. A diferencia de 1919, el país germano no conservaría un gobierno propio: sería dividida en cuatro zonas de ocupación, bajo control soviético, estadounidense, británico y francés.
Se discutieron indemnizaciones —hasta 20.000 millones de dólares—, la transferencia de maquinaria, bienes y mano de obra, y el traslado forzoso de millones de alemanes desde Europa Central y Oriental hacia Alemania Occidental. Todo estaba atravesado por un recuerdo compartido: el fracaso del Tratado de Versalles y el miedo a que una Alemania humillada volviera a incendiar el continente.
Pero Yalta fue deliberadamente ambigua. Se fijaron principios, no soluciones definitivas. Esa ambigüedad permitió el acuerdo inmediato, pero también abrió la puerta a interpretaciones opuestas, que pronto se volverían irreconciliables.
Polonia: la herida abierta
Si hay un tema que resume el drama de Yalta, es Polonia. Se acordó la creación de un Gobierno Provisional de Unidad Nacional y la realización de elecciones libres. En la práctica, esas elecciones serían manipuladas. Polonia perdió sus territorios orientales en favor de la Unión Soviética y fue compensada con tierras históricamente alemanas: Silesia, Prusia Oriental, Pomerania, Dánzig.
Stalin hablaba de una Polonia “fuerte, libre e independiente”. Churchill veía una traición moral. Roosevelt buscaba un compromiso que mantuviera a la URSS dentro del sistema internacional. Nadie logró lo que quería, y todos sabían que el conflicto no estaba resuelto.
Yalta, vista desde hoy
Los historiadores siempre volvemos a Yalta con cierta fascinación. No fue una traición, ni una conspiración perfecta, ni un acto de ingenuidad absoluta. Fue un intento humano, imperfecto y desesperado de evitar que el siglo XX volviera a suicidarse.
Que Stalin, Roosevelt y Churchill —tan distintos, tan incompatibles— hayan logrado sentarse, negociar y firmar acuerdos en febrero de 1945 es, en sí mismo, un hecho extraordinario.
En Yalta, el mundo estuvo al borde de organizar la paz antes de caer en la Guerra Fría.
