Inversión histórica
US$ 18.000 millones: el megaproyecto que sacude la minería argentina
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Desembolso millonario apunta a exportaciones, empleo e infraestructura estratégica.
El anuncio de un desembolso estimado en US$ 18.000 millones para desarrollos metalíferos en el norte argentino volvió a colocar a la actividad extractiva en el centro de la escena económica. La magnitud de la cifra, inusual incluso para estándares internacionales, perfila una de las apuestas privadas más ambiciosas de los últimos años y abre interrogantes sobre su impacto real en producción, empleo y exportaciones.
La iniciativa corresponde a Vicuña Corp., una compañía surgida de la asociación entre la australiana BHP, considerada la mayor empresa minera del mundo, y la canadiense Lundin Mining, con participaciones iguales. El plan abarca los yacimientos Josemaría y Filo del Sol, localizados en territorio sanjuanino, este último con extensión hacia Chile, lo que introduce una dimensión geopolítica y logística adicional.
Según lo previsto, el primer tramo de financiamiento rondará los US$ 7.000 millones entre 2027 y 2030, período en el que se proyecta iniciar la producción. Durante los años previos se desarrollarán tareas de ingeniería, adquisición de equipos, movimiento de suelos y ampliación de infraestructura, incluyendo caminos de acceso, líneas eléctricas y expansión del campamento operativo. Estas obras iniciales suelen marcar el verdadero comienzo material de un emprendimiento de gran escala.
La propuesta fue presentada bajo el Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones (RIGI), en la categoría destinada a exportaciones estratégicas de largo plazo. El monto comprometido supera ampliamente los requisitos mínimos del esquema, lo que refuerza la señal política y económica que el proyecto intenta transmitir: estabilidad regulatoria, previsibilidad fiscal y horizonte productivo extendido.
Ubicado a casi 5.300 metros sobre el nivel del mar, el complejo podría situarse entre las cinco mayores operaciones mundiales de cobre, oro y plata. Las proyecciones iniciales hablan de una producción promedio anual cercana a 395.000 toneladas de cobre, junto con cientos de miles de onzas de metales preciosos durante los primeros veinticinco años. En la primera década, los volúmenes acumulados anticipan cifras que, de concretarse, modificarían el perfil exportador argentino.
El diseño técnico contempla tres etapas diferenciadas. La primera se concentrará en Josemaría, con explotación a cielo abierto y una planta concentradora destinada a generar flujo de caja temprano. La segunda avanzará sobre los recursos oxidados de Filo del Sol mediante una planta de recuperación metalúrgica que ampliará la capacidad productiva. Finalmente, la tercera fase prevé expandir la infraestructura para procesar sulfuros, incorporar sistemas de transporte de concentrado y construir instalaciones de tratamiento y desalinización de agua, elementos clave en operaciones de alta montaña.
Desde la conducción empresaria se describe la iniciativa como una oportunidad transformacional capaz de impulsar crecimiento económico sostenido. La narrativa corporativa subraya el compromiso con estándares ambientales, articulación con gobiernos y generación de valor para comunidades cercanas, aspectos cada vez más observados en la evaluación social de la minería contemporánea.
En términos concretos, el movimiento económico ya comienza a percibirse en la red de proveedores y empleo asociado. La operación involucra centenares de trabajadores directos y más de un millar de puestos indirectos, además de servicios especializados. A medida que avance la construcción, estas cifras podrían multiplicarse, aunque la experiencia internacional muestra que el mayor impacto laboral suele concentrarse en la fase inicial de obras.
También aparece la dimensión macroeconómica. La llegada de capitales externos, sumada al potencial exportador, se presenta como una fuente de divisas frescas con capacidad de fortalecer reservas y balanza comercial. No obstante, la historia argentina muestra que estos efectos dependen de variables más amplias: estabilidad cambiaria, infraestructura logística y continuidad normativa.
El contexto regional añade otro elemento de lectura. Países vecinos con tradición minera consolidada han captado durante décadas inversiones de gran escala gracias a marcos regulatorios previsibles. En ese escenario competitivo, los incentivos recientes buscan acortar distancias y acelerar decisiones empresariales que, de otro modo, podrían postergarse.
Más allá del entusiasmo inicial, la verdadera dimensión del proyecto se medirá en el tiempo. Los cronogramas, los precios internacionales de los metales y la estabilidad política serán factores determinantes para convertir una promesa en realidad productiva. La minería, por su naturaleza intensiva en capital y de plazos prolongados, exige una mirada de largo aliento poco frecuente en economías atravesadas por ciclos breves.
Si las previsiones se cumplen, el emprendimiento podría redefinir el mapa económico del oeste argentino y consolidar al cobre como uno de los pilares exportadores del siglo XXI. Pero, como tantas veces en la historia nacional, el desafío no reside solo en atraer inversiones, sino en transformarlas en desarrollo sostenido, capaz de trascender anuncios y convertirse en prosperidad tangible.

