Clima de época
Un diputado liberal usó "mogólico" para descalificar y reavivó la polémica

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Agustín Romo es jefe de la bancada liberal bonaerense. ASDRA alerta el aumento del uso en redes, streamers y políticos.
La violencia es el miedo a los ideales de los demás, dijo Mahatma Gandhi medio siglo atrás para liberar la India sin revueltas ni sangre. Isaac Asimov con precisión quirúrgica dijo que “la violencia es el último recurso del incompetente”. Más allá de las citas, la Argentina hoy atraviesa de forma transversal, multiplataforma y sin importar roles ni alturas, un clima de hostilidad y agravio que es el inexorable preludio de la violencia física en las calles.
Agustín Romo es un dirigente territorial de San Miguel, comprometido con Javier Milei, donde llegó tras militar a Miguel Pichetto y armados locales en su ciudad natal. Hábil y rápido de reflejos, adoptó el lenguaje de las redes como pocos, se subió al colectivo del agravio y el hostigamiento constante a críticos de las ideas de Javier Milei y no cambió su capacidad de insultar una vez siendo funcionario público. ASDRA (Asociación de Síndrome de Down de la República Argentina) quiere disculpas públicas a figuras de relieve que usen la palabra “mogólico” como descalificativo.
Los momentos que vive Argentina hoy permiten que el debate público deja de ser una discusión de ideas para convertirse en un territorio de agravios. En la Argentina contemporánea, uno de esos síntomas más visibles es la reaparición del término que debería haber quedado definitivamente en el pasado: la palabra “mogólico” utilizada como insulto. En otro momento del país, Romo sería excluido del espacio político, hoy es moneda corriente.
Lo verdaderamente grave no es solo que esa expresión circule en redes sociales o en discusiones privadas. Lo alarmante es que sean dirigentes políticos —personas con poder institucional y capacidad de formar sentido común— quienes la pronuncian con liviandad, naturalizando una forma de violencia simbólica contra personas con síndrome de Down y sus familias.
El problema, entonces, no es lingüístico sino moral y cultural. Cuando la política degrada el lenguaje, degrada también la convivencia democrática.
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Una palabra con historia, prejuicio y dolor
El término “mogólico” no nació como insulto, pero su origen está cargado de una mirada profundamente discriminatoria.
Se trata de una tergiversación de “mongólico”, palabra derivada del concepto de “mongolismo” que el médico británico John Langdon Down utilizó en 1866 para describir el síndrome de Down, basándose en una supuesta similitud de rasgos físicos con los pueblos mongoles.
Ese encuadre pseudocientífico —propio de una época atravesada por teorías raciales— quedó superado hace décadas. Sin embargo, la palabra sobrevivió en el uso social, desprendida de cualquier rigor médico y convertida en un insulto asociado a la falta de inteligencia, la anormalidad o la burla.
Desde ASDRA -Asociación Síndrome de Down de la República Argentina- explican que cuando alguien utiliza ese término para agredir, aun sin saber su origen, está ubicando a las personas con síndrome de Down fuera de los parámetros de lo humano aceptado, como si la discapacidad intelectual fuera algo incorrecto o vergonzante.
Pero el síndrome de Down no es una enfermedad ni un padecimiento, sino una característica que forma parte de la identidad de la persona, del mismo modo que su personalidad, sus gustos o su estatura.
Insultar con esa palabra implica, en el fondo, asumir que hay algo malo en ser quien se es. Y eso constituye una forma directa de discriminación.
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La herida invisible de un insulto público
Newstad se comunicó con Ramiro Barberena, arqueólogo y padre de un niño con síndrome de Down. Ramiro describe con crudeza el impacto de estas expresiones. Para él, usar esa condición genética como insulto significa deshumanizar a una persona y quitarle entidad.
Su reflexión es tan íntima como política: una comunidad que transforma una discapacidad en agravio está construyendo, de manera silenciosa, una sociedad excluyente.
Porque la integración real —laboral, social, familiar— resulta imposible si antes se instala la idea de que esas personas representan algo malo.
Barberena advierte además que este fenómeno no pertenece a un solo espacio ideológico. Se trata, más bien, de un síntoma de empobrecimiento cultural y de decadencia del debate público, donde los insultos comienzan a ocupar el lugar que antes tenían las ideas. Donde la ignorancia prima y eso es lo más triste.
La gravedad excede así a un episodio puntual: habla de una forma de discutir que erosiona los límites básicos del respeto.
Lo que dice ASDRA
Consultamos a Marcela Fortuna —miembro de la Comisión Directiva de ASDRA y madre de un joven con síndrome de Down— y señaló al respecto:
“Es oportuno y necesario seguir conversando sobre el uso de la palabra ‘mogólico’ y el impacto real que tiene en las personas con síndrome de Down, sus familias y su entorno.
El uso de ese término coloca a las personas con síndrome de Down en un lugar de ‘otros’, de diferentes, fuera de la sociedad, y no como parte de ella. Esa exclusión genera tristeza, angustia y dolor, porque a nadie le gusta ser dejado afuera.
Como madre, puedo decir que no se trata solo de una palabra. Constituye una forma de violencia simbólica. Refuerza estigmas, legitima la burla y niega la dignidad de miles de personas y familias”.
También especificó que “sin dudas. Las palabras influyen, y mucho más cuando se naturalizan. En el último tiempo hemos visto cómo dirigentes, figuras públicas, artistas, streamers y comunicadores volvieron a utilizar el término ‘mogólico’ como insulto, sin reflexionar sobre su significado ni sobre el impacto que genera”.
Discursos que producen realidad
ASDRA advierte que en los últimos tiempos se registró un aumento de expresiones discriminatorias en redes sociales, medios y espacios cotidianos, muchas veces legitimadas por discursos políticos.
El riesgo es profundo: presentar a las personas con síndrome de Down como incapaces, eternamente infantiles o ajenas a la autonomía niega sus derechos más básicos.
Sin embargo, la realidad demuestra lo contrario. Son estudiantes, trabajadores, artistas, deportistas, ciudadanos con proyectos y deseos.
Reducirlos a un estereotipo no solo es injusto: es negar su humanidad.
La legislación argentina es clara. La Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad —con jerarquía constitucional— obliga a combatir prejuicios y estereotipos.
La Ley Antidiscriminatoria garantiza el derecho a un trato digno.
Cuando un funcionario utiliza la discapacidad como insulto, no solo hiere: también desconoce el marco ético y jurídico que debería representar.
La responsabilidad de quienes tienen voz pública
Frente a estos hechos, ASDRA propone un camino que no pasa por la cancelación sino por la responsabilidad: disculpas públicas, capacitación y, sobre todo, contacto real con las personas con síndrome de Down.
Conocer transforma. Humaniza lo que el prejuicio desfigura. La advertencia es contundente: quienes hoy reproducen discursos discriminatorios pueden mañana convivir con una persona con discapacidad en su trabajo, en una escuela o en su propia familia.
Las palabras, tarde o temprano, vuelven convertidas en realidad.
Recuperar la humanidad del lenguaje
La pregunta de fondo no es qué dijo un dirigente, sino qué tipo de sociedad estamos dispuestos a tolerar.
Una sociedad donde la discapacidad sea insulto es, inevitablemente, una sociedad más cruel.
Pero también más pobre, más ignorante y más injusta.
Tal vez el desafío sea más simple —y más difícil— de lo que parece: volver a nombrar al otro con respeto.
Porque en el modo en que una comunidad habla de los más vulnerables se revela, en última instancia, qué tan humana es. Y en ese espejo, hoy, la política argentina tiene mucho que revisar.
