Turismo de recuerdos: chapa vieja, alta tensión y un gusano en Luján

:format(webp):quality(60)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/08/entrada.webp)
Raúl Vázquez y una pincelada por ese momento único del deseo de jugar. El cambio en la Ciudad y la magia intacta.
Mi hermano se casó cuando los años 80 recién iniciaban. Y ahora recuerdo que, con mis recientes diez o doce años, lo que me sorprendió, más que el casamiento, fue el lugar que eligieron para vivir con mi cuñada. Claramente, yo desconocía de plano el concepto de alquiler y no distinguía en absoluto si el bolsillo de los jóvenes que se casaban en aquella época daba o no para ser propietario. Eso era cosa de grandes. Lo cierto es que para mí la novedad tampoco era que dejaba la casa de mis padres en Villa Luro, algo que ya había hecho mi otro hermano, el mayor, unos años antes. La verdadera sorpresa era que se iba a vivir a un departamento en Junín y Juncal. Para quienes el centro era una suerte de Rubicón inexpugnable, tener un hermano viviendo en pleno Recoleta era un detalle central, sobre todo para aquellos que crecimos en un barrio de arrabal y empedrado con musgo.
Sin embargo, después de la iglesia y de la fiesta, bastante antes de la llegada de mis sobrinos y en medio de una preadolescencia donde lo único importante era jugar, yo tenía un hermano a menos de diez cuadras del Italpark. Eso, y el recuerdo de ir casi todos los fines de semana, constituyen una de esas vivencias que te permiten crecer con una sonrisa dibujada para siempre.
Hay una generación entera de argentinos a la que Orlando le quedaba más lejos que la Luna. Para nosotros, Disney no era una ciudad de hoteles lujosos, ratones gigantes y pasajes en dólares, sino un concepto abstracto que veíamos cada tanto en la televisión los domingos a la mañana, mientras tomábamos la leche y antes de escuchar a Independiente por la radio.
:format(webp):quality(60)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/08/pulpo.webp)
Teníamos algo mejor. Mucho más real y posible. Teníamos un pedazo lejano de la ciudad que olía a pochoclo rancio, a aceite quemado y a cable a punto de sobrecalentarse: el Italpark. El templo porteño de la nostalgia mecánica, donde la infancia de toda una generación aprendió a volar entre el vértigo y las luces. Para un pibe de barrio con zapatillas de lona y el boleto capicúa guardado en el bolsillo, traspasar los famosos arcos de Avenida del Libertador y Callao era, sencillamente, entrar al lugar más mágico de este planeta.
No había algoritmos que midieran nuestra felicidad ni pantallas de alta resolución. En mi caso, la adrenalina se medía en la cantidad de fichas de metal que lograba apretar en la palma de la mano sudada, después de juntar las monedas que me regalaba mi inolvidable tía Elvira.
El Italpark, un verdadero imperio de hierro sobre el césped de Recoleta, abrió sus puertas en 1960, traído por los hermanos Zanon, dos italianos que entendieron antes que nadie que el porteño necesitaba desahogar sus neurosis al aire libre. En esos tres mil metros cuadrados donde hoy descansan los transeúntes del Parque Thays, se levantó durante tres décadas una catedral de chapa, tubos de neón y esforzadas poleas.
Ir al Italpark, gracias a la elección inmobiliaria de mi hermano y mi cuñada, se transformó con los meses en una suerte de liturgia familiar. Me ponía la ropa de salir, esa que no debías manchar, pero que inevitablemente terminaba teñida por la extrañísima nube color rosa del algodón de azúcar. Almorzábamos en el dos ambientes que daba al contrafrente de Junín y, luego, arrancaba una caminata veloz hacia el bajo.
Antes de cruzar Libertador, después de la sorpresa que suponía el paisaje de un cementerio visitado por turistas o del Café de la Paix compitiendo con la aristocracia de La Biela, el sonido que te pegaba de lleno en el pecho era ese inolvidable y singular chirrido metálico de los rieles, mezclado con los gritos histéricos que bajaban de la montaña rusa, la música estridente emanada de parlantes gastados y el rugido inconfundible de la pista de los autitos chocadores.
Ni bien entrabas, reinaba el Súper Volador, una estructura circular que subía hasta donde los ojos de un nene de doce años ya no distinguían los edificios. Y, por supuesto, el Samba, donde un operador con vocación de verdugo y DJ frustrado disfrutaba sacudiendo a los adolescentes al ritmo de algún éxito de la época. Recuerdo a los más audaces intentando mantenerse de pie en el centro de la pista, desafiando las leyes de la física y el sentido común solo para impresionar a la chica que los acompañaba.
Aún parece resonar en la penumbra el eco sordo de aquellos gritos de asombro, cuando la inmensa pantalla curva del Cinema 180 nos robaba el aliento y nos hacía caer al vacío sin despegar los pies del suelo. Para quienes fuimos testigos de esa magia, ese domo abovedado no albergaba simples imágenes, sino una ilusión perfecta donde el vértigo de volar y la velocidad cobraban vida bajo el destello de una luz casi hipnótica. Me imagino en este instante a los lectores de mi generación con la certeza amarga de que, aunque las luces del parque se hayan apagado para siempre, en algún rincón de la memoria todavía se escucha el murmullo de la gente esperando que comience la función.
Y, por supuesto, estaba el Tren Fantasma, un recorrido a oscuras donde los monstruos eran tipos disfrazados con máscaras de goma bastante tristes que te tocaban el hombro o te tiraban un soplo de temor en la nuca. La idea era salir a la luz sintiéndote un héroe homérico, pero no era mi caso. Odiaba el Tren Fantasma y, ahora que lo pienso, tal vez ahí nació mi irrefrenable temor a la oscuridad. Ya lo veré con psicólogo, si voy alguna vez.
Lo cierto es que había una poesía brutal en esa mecánica. En el Italpark todo era analógico, ruidoso y tangible. Si tocabas la estructura metálica de algunos juegos, sentías la vibración del motor diésel latiendo en tus huesos. Ahora descubro que la belleza de esos juegos, sin dudas, radicaba en su franca imperfección.
Si el Italpark era la elegancia pop injertada en pleno corazón de Recoleta, la década del 80 trajo su contraparte megalómana: Interama, rebautizado después como Parque de la Ciudad. Inaugurado en 1982 en el sur profundo de la capital, en Villa Soldati, era una mole de hormigón armado y ambición futurista. Prometía ser el parque más grande de Latinoamérica. Tenía montañas rusas colosales con nombres como Aconcagua o Wildcat, y en el centro, como un mirador futurista, se elevaba la Torre Espacial, una aguja metálica que aún hoy se recorta contra el horizonte porteño como el esqueleto de un sueño que no pudo ser.
Interama tenía todo a una escala tan descomunal que abrumaba. Caminar por sus infinitos playones de cemento bajo el sol de enero tenía algo de distopía espacial. A los ojos de los chicos, la elección era muy sencilla. El Italpark era apretado, cálido y caótico, y le ganaba por varios cuerpos a Interama, que era monumental, sí. Pero también frío y lejano.
Para los chicos de los 80, la experiencia del vértigo no se agotaba en los grandes predios de la capital. Estaba la versión itinerante, la que llegaba a los baldíos del conurbano o a las plazas de las ciudades del interior: la kermese de paso, el parque de diversiones nómada.
Y ahí, en el vértice superior de esa mitología popular, figuraba el Gusano de Luján, una sencilla montaña rusa infantil construida con más fe que ingeniería civil. Las vías crujían con un chasquido seco a cada paso del vagón con cara de oruga sonriente. Sus frenos consistían en una palanca de hierro operada manualmente por un muchacho con la camiseta de Boca que fumaba al lado de la vía. Y la barra de seguridad era un caño de gas pintado de amarillo que te bailaba sobre las piernas.
Había en ese gusano infame una mezcla irrepetible de inocencia pura y peligro inminente. Sabías que la probabilidad de que algo saliera mal existía, pero esa pequeña dosis de riesgo real era precisamente lo que volvía a la aventura inolvidable. Si volvías a tu casa con un chichón en la frente por haberte golpeado contra el respaldo de formica en un frenazo seco, no volvías dolorido: volvías graduado.
Hoy observo a los chicos sumergidos en sus mundos digitales. Tienen en la palma de la mano gráficos en 4K que simulan universos enteros con una fidelidad que supera a la imaginación más frondosa. En sus consolas y computadoras pueden pilotar aviones de caza, construir ciudades futuristas, ganar la Champions o sobrevivir a epidemias de zombis sin despeinarse, sin pasar frío y, sobre todo, sin salir de la climatizada comodidad de su habitación adolescente.
Es un entretenimiento perfecto, aséptico, diseñado por psicólogos y matemáticos para administrar dosis exactas de dopamina a cada segundo. No hay imprevistos. Si te equivocás, apretás Reset. Si te caés, ponés Play Again. La muerte no existe. O, lo que es peor, la vida no vale nada.
Pero a esta nueva generación que abre su camino cabalgando sobre la perfección digital le falta algo. Hay un par de cosas que esa ecuación tan impecable no tiene. Le falta el olor a combustible, la textura áspera de la pintura gastada y el raspón en la rodilla. Y, sobre todo, le falta el deseo. Las ganas de que el tiempo pase para que llegue el fin de semana y la hora de la aventura. No hay caso: los que superamos los cincuenta no podremos explicar jamás que la vida en los ochenta era una cadena infinita de deseos por cumplir. Y que no importaba tanto que se cumplieran o no. Porque disfrutábamos el camino, más que la meta.
En la época donde reinaba el Italpark, nosotros aprendimos la gravedad cayéndonos de la Super Silla; aprendimos la tolerancia al mareo en las Tazas Giratorias; aprendimos a manejar arriesgando en los autitos chocadores; aprendimos lo que era el cortejo adolescente en la cola interminable para subir a la Montaña Rusa. Y doblegamos al miedo en los recovecos oscuros del Tren Fantasma. La experiencia del viejo parque de diversiones no nos llegaba a través de un cristal de cuarzo. Era tan real que nos atravesaba todo el cuerpo. Salías del Italpark con las orejas retumbando, la cara sucia de hollín y una fatiga en las piernas que te hacía dormir en el asiento del colectivo de regreso, apoyado en el hombro de mamá.
El Italpark cerró sus puertas en noviembre de 1990, de manera trágica y repentina, cuando la fatalidad mecánica demostró que el peligro no era solo una fantasía decorativa. La ciudad cambió. El terreno se convirtió en parque público; los juegos se subastaron o se pudrieron en galpones olvidados. Se dice por ahí que varios de esos prodigios de la mecánica, que hoy le quitan la tristeza a los chicos de Luján, son del viejo Italpark. No lo sé. Pero si es así, ojalá mantengan aquel espíritu tan único y especial. Lo cierto es que un día, sin darnos cuenta, la infancia de varios millones de personas quedó sepultada bajo el césped impecable del Parque Thays.
El vacío dejado por el Italpark tardó siete años en llenarse. El Parque de la Costa, en Tigre, nació bajo una lógica empresarial totalmente distinta: privatizado desde el origen, ligado al desarrollo inmobiliario y turístico de la zona y concebido bajo estándares corporativos modernos. Desde ya, nunca tuvo la mística que caracterizaba a la esquina de Callao y Libertador.
Sin embargo, mientras llega el fin de este encuentro de hoy, descubro que en realidad no extrañamos los aparatos de chapa, ni la fila interminable donde podría nacer un beso furtivo. Extrañamos la época en que el mundo era analógico, inmenso y lleno de sorpresas por descubrir. Extrañamos esa capacidad de asombro que no necesitaba de placas de video de última generación, sino apenas un vagón de madera deslizándose a veinte kilómetros por hora sobre unas vías oxidadas.
No viajamos a Orlando hasta el uno a uno, ya más grandes. Pero desde Villa Luro, casi adolescentes, fuimos los dueños de Recoleta durante las tardes de domingo. Fuimos reyes, cortejados por nuestros hermanos y nuestros viejos, que cuidaban celosamente el tesoro que fuimos para ellos, antes de crecer sin que nos demos cuenta.
Nos vemos la próxima. Me esperan mis hermanos para abrazarnos fuerte en el recuerdo de mamá y papá.
