Vivencias en los tres mundiales conquistados por Argentina
TRES ESTRELLAS

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Recuerdos y momentos vividos durante las tres copas ganadas por la Selección mientras una nueva ilusión está en marcha.
La casa de la calle Cortina tenía una de esas terrazas que miraban al frente y que le dan a tu vista una perspectiva diferente. Mis ocho años sentían que desde allí era posible dominar al mundo. Podía rozar el cielo con la yema de los dedos, o sentir cómo las nubes podían oler a ropa limpia recién colgada. O comprobar que el horizonte de antenas de televisión era el paraíso que el desarrollo nos regalaba. Aquellas tardes de invierno, más allá de los jubilados viendo pasar desde el umbral lo que les quedaba de vida o de los chicos pateando sin sentido la pelota contra el muro del garaje, me regaló el primer recuerdo de una pasión. Un recuerdo que contiene a la terraza como protagonista, pero que en realidad es como un anticipo, un boceto, de la persona que soy.
En los últimos años de los 70, la vida transcurría en la vereda. Y, como todos sabemos, el barrio es diferente a todo justamente por eso: la vereda y nuestra infancia, que se quedó al borde del cordón como esperando cruzar con nosotros, mirando con sorpresa cómo nos alejamos de ella sin tomarla de la mano. La calle en nuestra infancia era mucho más que un retazo de cemento frente a la casa; era el escenario principal de nuestra libertad, un universo inmenso, pero en miniatura. Representaba ese territorio intermedio entre la protección del hogar y la aventura del mundo exterior. Allí se aprendía a jugar, a compartir y a convivir con la victoria y el fracaso. Era el punto de encuentro espontáneo en el que solo bastaba salir a la puerta para que aparecieran los amigos, las bicicletas, las Plastibol o los autitos de carrera con masilla en su interior. En la vereda se estiraban las tardes hasta que escuchábamos el grito de mamá que nos llamaba para tomar la leche. Fue nuestra primera estación inolvidable, el lugar donde guardamos el recuerdo de una infancia sencilla, analógica y llena de amigos que quién sabe por dónde caminarán hoy.
Pero volvamos a subir a la azotea. Recuerdo muy bien, pero como si fuera en Super 8, aquel fin de semana de mayo de 1978, cuando colgamos dos banderas, una argentina y otra española, que servían para afirmar, al mismo tiempo, lo que éramos y de dónde veníamos. Eran banderas hechas en papel crepé, comprado en la librería de Lucente y unido por el hilo de mamá. Los vecinos del fondo de casa, también de raíces españolas, subieron a nuestra terraza como si se tratara de un acto oficial. Una vez que las banderas derramaron su color y su orgullo, apoyándose en la pared del frente hacia la calle, sostenidas desde el umbral por ladrillos y derramando sus colores vibrantes sobre las ventanas, sentí por primera vez que España éramos también nosotros. Y que éramos uno. Argentinos y españoles, unidos por la pasión de una pelota, mostrando al mismo tiempo cómo nuestros padres y abuelos habían dejado su huella de hispanidad en nuestros corazones. Hoy, más tarde y con canas, entiendo que España es solo mi viejo y su recuerdo. Y no su selección o ese país que intenta parecerse a Europa, pero que se parece a nosotros. Pero ese es otro tema.
Recuerdo el momento de la terraza como algo mucho más importante que un simple rito inicial de un chico que de a poco se iba a transformar en un apasionado por el fútbol. Fue un instante suspendido en el tiempo, cargado de una mezcla incomprensible y única de orgullo, nerviosismo y magia. Hubo inclusive (o tal vez me engaña el deseo de que haya sido así) hasta un silencio respetuoso.
Ver las banderas agitarse sobre la pared, recortando sus siluetas delante de casa, despertó un sentimiento de pertenencia que apenas logré comprender. No importaba el frío del invierno. Importaba sentir que éramos parte de algo mucho más grande que nosotros mismos.
En la terraza de la calle Cortina residía ese patriotismo inútil que antecede a los Mundiales. Ese patriotismo que confunde, pero que, al final, une. Se venía el Mundial. Y con ocho años, iba a tener espacio para guardar su recuerdo. Eso, comparado con las sombras de memoria que tengo del 74, lo convirtió en mi primer Mundial de verdad. Y las banderas estaban listas para confundir patria con pasión.
Los argentinos medimos el tiempo en mundiales. Siempre sostuve que pensar la vida de esa forma es la única manera que encontramos para que la historia no se nos rompa en desengaños. Si miramos la decadencia que nos rodea, si recordamos las crisis o leemos los diarios de ayer, nos dan ganas de llorar. Pero si miramos las tres estrellas, entendemos que hay un hilo invisible, una costura hecha a mano que une aquel gélido junio de 1978 con el mediodía ardiente de México en 1986. Y que esos momentos de cielo concluyen en el recuerdo fresquito pospandemia, todavía con gusto a emoción y lágrimas, que nos dejó la tercera copa de nuestra vida.
Hay un detalle que los puristas de la estadística, que solo miran el mundo a través del cristal de los números, deberán reconocer: la historia oficial y las enciclopedias dicen que la tercera estrella se forjó durante diciembre de 2022 en un lejano desierto. Pero para los que caminamos el asfalto, para los que vimos arrancar esta bendita locura en el barro de las Eliminatorias o de la Copa América con las tribunas vacías y el barbijo colgando de la oreja, el verdadero viaje empezó en el 2020. Ese año fue bisagra. El mundo se detuvo, nos encerramos a extrañar el abrazo y, encima, paradoja del destino, fue en ese mismo año que Diego nos dejó solos para subir a delinear el milagro desde el cielo.
Aquella gesta que hizo justicia con Messi nació en el corazón de la zozobra de la pandemia. El fútbol era una forma de escapar y la vida, una moneda al aire. Por eso, la tercera tiene el sello de ese tiempo donde aprendimos, a la fuerza, a valorar lo que verdaderamente importa.
Retrocedo en el camino de nuestras tres estrellas y vuelvo al Villa Luro del 78. Tenía la edad justa para creer que el mundo terminaba en la avenida Juan B. Justo. El aire de la Argentina pesaba como una losa de hormigón. Había un silencio espeso, de persianas cerradas antes de tiempo. La política había dejado de ser ideología para convertirse en un plomo invisible que aplastaba la ligereza de los días y se llevaba la tranquilidad de toda una generación. La dictadura militar, que pretendía usar el Mundial como una pantalla para tapar los gritos que surgían desde el sótano de la historia, hizo con el tiempo que miremos al fútbol de reojo.
Yo no tenía ni siquiera una década de vida. Y eso me daba la envidiable ventaja de no comprender lo que realmente sucedía. Sin embargo, el Mundial 78 se vivió con el miedo andando suelto en Falcon verde y la desesperada necesidad de aferrarnos a una alegría que modificara, aunque sea un poco, la realidad de todos los días. Cuando los papelitos fueron como una nevada de inocencia sobre la tribuna de un país herido, cuando Kempes pisó el área de los holandeses arrastrando sus medias roñosas, pocos pensaban en Videla. Y muchos pensábamos en el abrazo con nuestros hermanos.
Ganamos la primera estrella, sí. Pero cuando se apagaron las luces del Monumental, la realidad nos esperó en la esquina con el mismo frío de siempre. Fue el campeonato de la contradicción: la pelota fue nuestra tabla de salvación en medio del naufragio, un instante donde el amor por los colores nos defendió de la intemperie y generó una noche oscura que culminó en Malvinas y en un Mundial 82 que pasó como un suspiro, dejando el tremendo recuerdo del llanto de las madres de los soldados.
En 1986 el país era otro y, a la vez, el mismo de siempre. Ese año nos encontró con la democracia recién estrenada, con las manos todavía temblorosas por la alegría de votar, con los bolsillos flacos por la crisis (otra más) y con una inflación que ya jugaba a las escondidas con el pobre salario en Australes de la gente. Raúl Alfonsín intentaba timonear un barco rodeado de tiburones y aquella sombra de la guerra, tan dolorosa, todavía flotaba en cada esquina. Encima, nos dijeron que con la democracia se comía, se educaba y se vivía. No fue así.
Pero llegó junio. Y entonces, Diego.
Lo de Maradona contra los ingleses en el 86 no fue solo fútbol; fue una reparación histórica nacida en las zanjas de Fiorito. La política económica del Plan Austral podía crujir, los milicos retirados podían amenazar desde las sombras, pero ese petiso de pecho inflado, altanero y soberbio le robó la billetera al imperio con la picardía del que sube al colectivo sin pagar el boleto. El gol con la mano fue algo así como el triunfo de la viveza criolla sobre la prolija frialdad del invasor. Y el segundo, el del barrilete cósmico, fue la demostración de que cuando un argentino lleva el potrero en el alma, es capaz de gambetear al olvido y convertirlo en eternidad.
Volvimos a salir a la calle, pero esta vez el aire era más liviano. Se podía gritar sin mirar atrás. En casa ya no estaban las banderas colgando de la terraza porque nos habíamos mudado a Villa del Parque. Y como todos saben, las banderas ondean distinto en esas calles.
Y así llegamos a la tercera. Como decía líneas más arriba, la foto del festejo final tiene la riqueza de la luz de Qatar, pero la fragua de ese equipo se armó en el barro espiritual de la pandemia. Que nos encerró, nos llenó de miedo la alacena y nos dejó contando muertos, con la mirada fija en el pavimento vacío a través de la ventana. En el barrio, aquella costumbre de apoyar los codos en el umbral de la vereda era casi un delito de lesa humanidad. Y la coyuntura política fue atravesada por una grieta tan profunda que ya no dividía solo las opiniones, sino a las mesas familiares.
En medio de ese vacío afectivo tamizado con videollamadas solitarias, donde los abrazos cotizaban en bolsa y el futuro tenía el tamaño de un barbijo, empezamos a ver nacer algo distinto. Una selección que no le pedía permiso a la historia grande y que nos regaló a un Messi inspirado en las gambetas de Diego. Depositamos nuestra fe ciega en ese rosarino catalán que ya no tenía que demostrarle nada a nadie, pero que seguía corriendo detrás de la pelota con la misma desesperación del nene que juega para que su mamá lo mire desde el borde de la cancha.
Cuando llegó el momento de la verdad en el desierto, la Argentina jugaba por algo más que por una estrella. Jugaba para ganarle al escepticismo. Para demostrar que la suma de las voluntades de un grupo de pibes que creció escuchando que este país no tiene arreglo, podía darnos la posibilidad de llorar de alegría legítima. La final contra los franceses fue el reflejo exacto de nuestra existencia: derrochar talento y después sufrir hasta el borde del infarto para terminar descubriendo que el paraíso está a la vuelta de la esquina.
Al final del día, cuando uno mira hacia atrás, se da cuenta de que los tres mundiales son las tres estaciones de un mismo tren. El primero fue el de la inocencia bajo sospecha. El de México fue el de la madurez gozosa, el de la libertad que salía a bailar un lento con la más linda de todas. Y la tercera estrella, parida desde el dolor del encierro, fue la copa de la justicia poética. La que le debíamos a nuestros hijos, la que nos devolvió la certeza de que el amor de la infancia es una bandera que se cuelga para siempre.
Me voy con una de las pocas certezas que me quedan: pase lo que pase en este Mundial, nadie nos va a quitar el derecho de volver a ser chicos cada cuatro años. Porque mientras haya un buzo arrollado en el piso para hacer de arco en la plaza de la vuelta, mientras una madre ruegue a los gritos "¡ponete algo que está fresco!" y mientras entendamos que una pelota de fútbol encierra el misterio del universo, la Argentina seguirá siendo ese lugar sagrado donde el amor apasionado y la victoria sobre el olvido, igual que las banderas que quedaron en la terraza de mi infancia, son sentimientos que duran para siempre. Gracias a Dios.
