Efemérides
Ser médica en el siglo XIX: la hazaña de Cecilia Grierson

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Vocación, lucha y coraje en la vida de la pionera que desafió prejuicios y cambió la historia de la medicina nacional.
El 11 de febrero se conmemora el Día Internacional de la Mujer Médica, una fecha que recuerda la lucha de tantas profesionales que debieron abrirse paso en ámbitos dominados por varones y que rinde homenaje, en particular, al nacimiento de Elizabeth Blackwell, la primera mujer en recibir un título de médica en el mundo occidental. En ese marco, mirar hacia la historia argentina conduce inevitablemente a un nombre fundacional: Cecilia Grierson, la primera médica argentina y de toda América Latina, cuya vida encarna esfuerzo, vocación y una silenciosa revolución cultural.
Cecilia Grierson nació en Buenos Aires el 22 de noviembre de 1859, hija mayor de los inmigrantes escoceses Jane Duffy y John Parish Robertson Grierson. Su infancia transcurrió entre Entre Ríos y Uruguay, en un entorno atravesado por el trabajo y la temprana adversidad. La muerte de su padre la obligó a asumir responsabilidades siendo apenas una niña: a los trece años ya trabajaba como maestra rural, y poco después también perdería a su madre. Aquella doble orfandad no la detuvo; por el contrario, forjó un carácter decidido que marcaría toda su existencia.
Con dieciocho años se trasladó a Buenos Aires para continuar su formación docente. En 1878 obtuvo su título con calificaciones sobresalientes, lo que llevó al propio Domingo Faustino Sarmiento a ubicarla en una escuela de varones, algo inusual para la época. Sin embargo, el destino de Grierson no estaba únicamente en la enseñanza. La enfermedad y posterior muerte de su amiga Amelia Kenig despertaron en ella una vocación profunda por la medicina. Quiso ayudarla, comprender la enfermedad, salvar su vida. Ese dolor personal se transformó en decisión histórica.
Ingresar a la Facultad de Medicina siendo mujer en el siglo XIX implicaba enfrentar prejuicios, restricciones formales y un ambiente hostil. Grierson debió presentar una solicitud especial para ser aceptada. Cuando finalmente lo logró, comenzó una de las gestas más significativas de la historia profesional femenina en Argentina. Mientras cursaba sus estudios, fundó en su propia casa la primera escuela de enfermeras del país, demostrando que su mirada sobre la salud excedía lo individual y apuntaba a la organización del sistema sanitario.
En 1889 se recibió de médica y trabajó junto al destacado sanitarista Emilio Coni, quien consiguió un espacio institucional para la Escuela de Enfermería que ella había creado. Su labor clínica se desarrolló en el Hospital San Roque como ginecóloga y obstetra, aunque incluso con título de cirujana se le prohibió ejercer esa especialidad por el solo hecho de ser mujer. Aquella barrera —una de las pocas que no logró derribar— revela con crudeza el clima de época y la magnitud de su lucha.
Lejos de replegarse, Grierson amplió su acción pública. En 1892 fundó la Sociedad Argentina de Primeros Auxilios y en 1900 impulsó el Consejo Nacional de Mujeres, espacios clave para la organización social y la defensa de derechos. Su vocación pedagógica nunca se detuvo: dictó anatomía en la Escuela Nacional de Bellas Artes y también en la universidad, además de colaborar activamente con la Cruz Roja.
En 1899 viajó a Europa por encargo del gobierno argentino para estudiar instituciones dedicadas a la educación de niños con discapacidad y conocer los avances científicos del continente. En Francia realizó cursos de perfeccionamiento y, al regresar, presentó el trabajo “Educación técnica de la mujer” en el Primer Congreso Femenino Internacional de Buenos Aires, que ella misma presidió en 1910. Allí compartió espacio con figuras como Julieta Lanteri y Alicia Moreau, e incluso fueron invitadas personalidades de alcance mundial como Marie Curie y María Montessori. Aquella red de mujeres pensadoras y reformistas muestra que Grierson no actuaba sola: formaba parte de una corriente transformadora que buscaba igualdad civil, educativa y política.
Su compromiso con los derechos femeninos se expresó también en investigaciones jurídicas. Demostró que, según la legislación vigente, las mujeres adultas poseían menos derechos que un niño, argumento que contribuyó a las reformas legales de 1926. Así, su influencia trascendió la medicina para ingresar en el terreno de la ciudadanía.
En los últimos años de su vida exploró el arte como escultora y pintora, mientras subsistía con una jubilación modesta. Murió en 1934, sin descendencia, donando sus pertenencias al Consejo Nacional de Educación y dejando algo mucho más perdurable: un legado moral e intelectual para generaciones futuras.
