Día de los enamorados
San Valentín: el santo que tal vez nunca existió

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La historia oculta detrás del día más romántico del calendario occidental.
El 14 de febrero se repite cada año como una fecha cargada de símbolos, flores, promesas y gestos íntimos que parecen atravesar los siglos sin desgastarse. Sin embargo, detrás de esa celebración universal del amor se esconde una historia incierta, tejida con fragmentos de memoria cristiana, tradiciones paganas y leyendas que, con el tiempo, terminaron por construir la figura de un santo que quizá nunca existió tal como lo imaginamos.
En el siglo III de nuestra era, cuando el Imperio romano aún dominaba el Mediterráneo, gobernaba el emperador Marco Aurelio Claudio, quien, según la tradición, habría prohibido el matrimonio de los soldados. La razón atribuida a esta decisión era profundamente humana y política: un guerrero sin lazos familiares estaría más dispuesto a arriesgar la vida. En ese contexto aparece la figura de un sacerdote —o quizá de varios— llamado Valentín, que habría desobedecido el decreto imperial para seguir celebrando uniones en secreto, convencido de que el amor no podía someterse a la ley de la guerra.
Las narraciones sobre este personaje son múltiples y, muchas veces, contradictorias. Algunas lo describen como un médico convertido en sacerdote; otras lo muestran repartiendo rosas por las calles de Roma o entregando pequeños corazones de pergamino a los soldados para que recordaran a quienes amaban. También se cuenta que bendijo la unión entre un joven cristiano y su novia pagana, desafiando las normas sociales de su tiempo. Se considera a tres figuras diferentes, cuyas biografías estas cargadas de historias no pueden verificarse con certeza.
La propia Iglesia reconoció la dificultad de distinguir entre mito y realidad. En los registros hagiográficos existen al menos once santos llamados Valentín, y tres de ellos aparecen vinculados a historias de amor. Esta superposición de identidades demuestra que la figura del santo fue, en gran medida, una construcción colectiva, moldeada por la tradición oral y la devoción popular antes que por documentos precisos. No sorprende, entonces, que tras el Concilio Vaticano II, en la década de 1960, la Iglesia decidiera retirar su festividad del calendario litúrgico universal, conservándola solo en ámbitos donde la tradición seguía viva.
Aun así, algunos elementos parecen sostener un tenue hilo histórico. Es verosímil que un mártir cristiano llamado Valentín haya vivido en Roma y haya sido ejecutado hacia el año 270, cerca del puente Milvio, en un período en que los cristianos eran perseguidos por el poder imperial. El martirio, más que los relatos románticos posteriores, sería el núcleo histórico sobre el cual crecieron las leyendas. Pero incluso la elección del 14 de febrero como fecha conmemorativa podría ser posterior y responder a una estrategia religiosa antes que a un hecho biográfico.
Para comprenderlo, es necesario mirar aún más atrás, hacia las antiguas festividades romanas. Cada febrero, cuando el invierno comenzaba a ceder en el hemisferio norte, se celebraba la Lupercalia, un ritual de fertilidad ligado a la renovación de la vida y a la sexualidad sagrada. Era un tiempo de encuentros, de siembra y de invocación a los dioses para asegurar abundancia. Cuando el cristianismo se convirtió en religión oficial, la Iglesia emprendió un proceso sistemático de resignificación de las prácticas paganas, transformando templos, ritos y calendarios. De esta manera, muchos comenzaron a aceptar la nueva religión como una especie de continuidad.
En ese contexto, el papa Gelasio I, en el año 496, estableció la celebración de San Valentín el 14 de febrero. No fue una decisión casual: colocar un santo del amor en la misma fecha que un antiguo festival de fertilidad permitía cristianizar una costumbre profundamente arraigada. La estrategia no eliminaba el pasado, sino que lo absorbía y lo reinterpretaba bajo una nueva moral. Así, la memoria de un mártir difuso comenzó a fusionarse con la idea de los enamorados, dando origen a una tradición que con el tiempo se expandiría por todo Occidente.
Durante la Edad Media, la imaginación literaria terminó de modelar al personaje. Poetas y cronistas asociaron el 14 de febrero con el despertar de la primavera y el emparejamiento de las aves, reforzando la conexión simbólica entre naturaleza y sentimiento. De ese modo, San Valentín dejó de ser solo un mártir para convertirse en patrono del amor humano, una transformación que revela cómo la historia y la sensibilidad colectiva dialogan constantemente.
Hoy, cuando millones de personas intercambian mensajes, flores o silencios compartidos, pocos saben que la fiesta del amor nació de la superposición de creencias, disputas religiosas y relatos inciertos. Tal vez allí resida su verdadera fuerza. Porque más allá de la exactitud histórica, la persistencia de San Valentín demuestra que las sociedades necesitan símbolos para nombrar aquello que no puede legislarse ni prohibirse: el deseo de amar y ser amado.
En definitiva, este santo pertenece menos a los archivos que a la memoria emocional de la humanidad. Quizá nunca sepamos quién fue realmente Valentín, pero su leyenda continúa recordándonos que incluso en los tiempos más duros —imperios, persecuciones, guerras— el amor -ese verdadero milagro- ha buscado siempre una forma de sobrevivir. Y tal vez por eso, siglo tras siglo, seguimos pronunciando su nombre.
