Efemérides
¿Quién ordenó el asesinato de Facundo Quiroga?

:format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/02/facundo.jpeg)
El crimen de Barranca Yaco sigue envuelto en sombras: entre traiciones, disputas de poder y silencios incómodos.
La muerte se les presentó a algunos caudillos con el sino feroz de sus propias existencias, mientras otros fueron apagándose lentamente, con el desconsuelo de saberse próximos a la nada.
En 1833 Facundo Quiroga —que tenía cuarenta y cinco años— se hallaba muy avejentado. Su organismo, receptor de las exigencias de un carácter pasional e indomable, comenzó a resentirse. Se volvió sedentario y no acompañó a Rosas en la Campaña del Desierto, dirigiendo todo desde Mendoza o San Juan, según lo que dictaban sus achaques.
Viajó poco después a Buenos Aires junto a su familia, instalándose definitivamente en la zona. Allí Facundo envió a sus hijos a los mejores colegios. Comenzó a vestirse a la moda, a relacionarse con la alta sociedad porteña y a disfrutar de la opulencia conquistada. Dedicó sus días a las tertulias y pasó noches enteras apostando grandes sumas en los naipes, destacando por mal perdedor y tramposo.
Estaba en la cumbre de su vida, deambulando por las calles de la capital sin preocupaciones ni responsabilidades. “Su semblante —cuenta el general Iriarte en sus memorias— era feroz como su alma. En su rostro y ojos de tigre, estaban marcadas todas las violentas pasiones de sus instintos. Su vista era torva, ceñuda y penetrante. Su mirada una amenaza, un aviso permanente del desprecio a sus semejantes, una expresión hiriente de altivez y dominios absolutos. Los hombres para él eran sus esclavos, y lo decía así en su lenguaje sarcástico”.
La crisis que estalló en Salta y Tucumán vino a irrumpir su idilio con Buenos Aires. El gobernador Maza solicitó a Facundo que acudiera como mediador, y Rosas se sumó al pedido. Seguro de que podría lograr el entendimiento entre ambas provincias, el Tigre aceptó. Conocía como nadie el pensamiento de los hombres del norte. Pero cuando el caudillo llegó, el gobernador de Salta —Alejandro Heredia— había sido asesinado y no tuvo mucho que hacer.
De regreso Quiroga fue interceptado en la ciudad cordobesa de Barranca Yaco por Santos Pérez y sus hombres, todos servían a los cordobeses Reinafé. Al ver aparecer la galera del caudillo dispararon, hiriendo a cuatro de sus peones. Entonces Facundo se asomó para ordenar que no siguieran y Pérez —sobre un caballo, a su costado— lo ejecutó. La muerte fue instantánea. El asesino trepó en el acto por la carroza y atravesó al secretario de Quiroga, José Santos Ortiz, con su sable. Ortiz era cuñado de Vélez Sarsfield. Quiroga, ya muerto, recibe un golpe en la cabeza y un puntazo de cuchillo en la garganta. Su secretario es degollado y la sangre abundante de los dos se confunde. Todos los miembros de la comitiva terminaron siendo degollados brutalmente, entre ellos un niño de doce años que clamaba por su madre. El lugar se abandonó sin dar sepultura a los cadáveres y una lluvia torrencial lavó los cuerpos. Poco después aparecieron nueve cruces en la zona a modo de cenotafio, que todavía pueden verse en el lugar —aunque probablemente no sean las mismas— y recuerdan a los viajeros el horror vivido aquel 16 de febrero de 1835, una de las fechas claves de nuestra historia.
Para la historiadora Silvia Ratto aún hay muchas dudas sobre la autoría intelectual del crimen; las sospechas incluyen a Estanislao López —tutor político de los Reinafé—, a los unitarios y al mismo Rosas. Félix Luna negó la existencia de indicios serios para culpar a Rosas, más allá del provecho que este sacó de su muerte. Sin embargo, Luis Franco difiere y lo culpa, señalando que Manuel Vicente Maza —asesinado por la Mazorca— se llevó a la tumba secretos sobre la muerte de Facundo que perjudicaban al Restaurador.
Si colocamos la lupa sobre Estanislao López, tampoco hay pruebas concretas para incriminarlo, aunque con Quiroga se detestaban. El riojano jamás perdonó su abandono en La Tablada y posteriormente ambos pretendieron quedarse con Córdoba, que terminó bajo la influencia de López. En cuanto a los unitarios, no tenían fuerzas ni poder material para eliminar a Facundo.
Rosas capturó y sometió a juicio a los asesinos materiales. Terminaron siendo ejecutados en la Plaza Mayor de Buenos Aires. Un instante antes de morir, Pérez gritó al pueblo allí reunido: “¡Rosas es el asesino de Quiroga!”. Confirmó entonces las sospechas de muchos y desdobló una sombra sobre el Restaurador que llega hasta nuestros días.
