Efemérides
¿Qué prócer fue el amante de la esposa de Sarmiento?

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Amores clandestinos, traiciones de cruzadas y escándalos imposibles de ocultar.
Hubo un tiempo en que la vida privada de los próceres fue un campo de batalla tan feroz como la política. Cartas escondidas, rumores susurrados en salones porteños, celos, traiciones y un embarazo que jamás llegó a término. En el centro de ese drama íntimo aparece un nombre que incomodó profundamente a Domingo Faustino Sarmiento: el del hombre que, según él, había sido el amante de su esposa.
No se trataba de un desconocido ni de un personaje menor. Era un médico prestigioso, un intelectual respetado, un político influyente. Un prócer. Alguien cercano, demasiado cercano. Durante años, Sarmiento lo consideró responsable de su mayor humillación personal, el enemigo silencioso que había operado no solo en su matrimonio, sino también en su honra. Ese hombre era Guillermo Rawson, protagonista de esta flecha clave.
Rawson nació en San Juan en 1821, hijo de un médico norteamericano y de una mujer perteneciente a una familia tradicional cuyana. Desde muy joven se destacó por una inteligencia excepcional, una formación científica rigurosa y una vocación profunda por la medicina. Fue maestro, profesor, legislador, ministro del Interior, senador, estadístico, escritor y científico. Se lo recuerda como el “Padre de la Higiene Argentina”, impulsor de políticas sanitarias modernas, de tratados internacionales de salud pública y de una concepción del Estado como garante del bienestar colectivo. Su nombre está asociado a cloacas, cementerios, agua potable, urbanismo, hospitales, y a una mirada adelantada a su tiempo sobre la relación entre salud y sociedad.
En 1880, junto a Toribio Ayerza, fue uno de los fundadores de la Cruz Roja Argentina, institución que encarnó como pocas su ética humanitaria: auxilio sin distinciones, ciencia al servicio del dolor ajeno, neutralidad moral frente al sufrimiento humano. Rawson murió en París el 2 de febrero de 1890, enfermo y casi ciego, lejos de su tierra, luego de haber entregado su vida a la medicina y al Estado.
Pero la historia no se escribe solo con decretos, discursos y cátedras. También se teje en cartas privadas, en rumores, en pasillos y entre las sábanas. Y es allí donde Rawson, como señalamos, se cruza con Sarmiento.
Hacia 1862, Domingo Faustino Sarmiento vivía uno de los momentos más tormentosos de su vida. Su matrimonio con Benita Pastoriza estaba destruido. Él mantenía una relación amorosa con Aurelia Vélez Sarsfield, hija del autor del Código Civil, a quien escribía cartas secretas usando nombres falsos e intermediarios. El engaño salió a la luz cuando Dominguito, el hijo de Sarmiento, descubrió en el correo que su padre enviaba correspondencia a nombre de una anciana analfabeta pero que en realidad eran para Aurelia. El escándalo fue inevitable. Benita estalló de celos, Buenos Aires comentó la infidelidad y el matrimonio quedó expuesto.
Pero la herida de Sarmiento fue aún más profunda cuando confirmó una sospecha que lo obsesionaba desde hacía tiempo: Benita también lo engañaba. Estaba embarazada, y el padre no era él. En el centro de esas sospechas apareció el nombre de Rawson. Amigo, colega, comprovinciano, Rawson era además médico, consejero, confidente. Para Sarmiento, eso lo volvía doblemente peligroso.
La tragedia íntima se agravó cuando Benita perdió el embarazo. El golpe fue devastador. Sarmiento se sintió humillado, traicionado, degradado moralmente. Bartolomé Mitre se convirtió entonces en su paño de lágrimas. En cartas desgarradoras, Sarmiento le confesó su dolor, su rabia, su sensación de haber llevado “una víbora envenenada en el seno”, de haber sido mordido “en el corazón”.
Mitre, siempre prudente, intentó apagar el incendio. Habló con Benita y habló con Rawson. Y dejó constancia escrita de ese gesto en una carta fundamental, donde relata con crudeza y equilibrio el estado del conflicto. A Rawson le dijo, sin rodeos, que Sarmiento desconfiaba de él, pero que creía esa prevención injusta y que debía escribirle para aclarar la situación. Rawson aseguró tener medios para tranquilizarlo.
Sobre Benita, Mitre fue aún más descarnado: la describió como “una mujer bien desgraciada”, pero también como alguien capaz de dar pelea, dispuesta incluso a llevar el escándalo a los tribunales. “La encontré muy valiente y resuelta a dar el escándalo”, escribió Mitre, dejando claro que la amenaza pública pendía sobre todos.
Las cartas revelan un mundo donde la política y la vida privada se entrelazaban sin pudor, donde los grandes hombres eran también maridos infieles. Sarmiento llegó a escribir que había “quemado sus naves”, que necesitaba recuperar la autoestimación perdida, que exigía una sola cosa: no verla jamás. Y así fue por muchos años.
Desde entonces, la relación entre Rawson y Sarmiento quedó quebrada para siempre.
Recordar hoy a Guillermo Rawson es, entonces, mucho más que homenajear al médico brillante y al estadista ejemplar. Es aceptar que los próceres también amaron, traicionaron, sufrieron y fueron crueles. Que detrás de la higiene pública y de la filantropía internacional, hubo pasiones privadas capaces de destruir vínculos y reputaciones. En este nuevo aniversario de su muerte, Rawson vuelve no solo por lo que hizo por la Argentina, sino por lo que revela sobre la condición humana en el corazón del poder.
