Efemérides
¿Qué hacía Pavlov con sus perros? La historia real detrás del mito

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El hallazgo que unió biología y comportamiento en pleno siglo XX.
El 27 de febrero de 1936 murió Iván Petróvich Pavlov en Leningrado (hoy San Petersburgo). Su nombre quedó pegado a una imagen popular —un animal que saliva al oír un sonido—, pero la escena, como casi todo lo que se convierte en mito, simplifica una vida y un laboratorio muchísimo más complejos.
Pavlov no nació “psicólogo”. Fue, ante todo, fisiólogo, formado en una tradición que perseguía una pregunta concreta: cómo funciona el cuerpo cuando está vivo y en actividad, no cuando se lo observa al borde del colapso. Esa obsesión lo llevó a un logro que suele olvidarse: el Premio Nobel de Medicina de 1904, concedido por su trabajo sobre la digestión y la regulación de secreciones como la saliva, el jugo gástrico y el pancreático.
¿Qué hacía realmente con los perros?
El corazón de su método fue lo que después se llamó “método crónico”: preparar a los animales para realizar mediciones repetidas durante meses, y no para una única observación final. En una reseña histórica, el fisiólogo G. P. Smith subraya que una razón clave del impacto de Pavlov fue el uso de perros sin anestesia, preparados quirúrgicamente con fístulas crónicas o bolsas gástricas, lo que permitía repetir experimentos en el mismo animal durante largos períodos.
En su conferencia Nobel, Pavlov defendió esa idea con una frase que hoy sigue generando debate: afirmó que sus animales estaban “sanos y felices” y que trabajaban “con verdadero entusiasmo”. En el mismo texto sostuvo que los métodos quirúrgicos modernos permitían observar la digestión “sin un solo grito”.
¿Él criaba perros? ¿De dónde salían?
Esta es una de las preguntas más repetidas —y más difíciles de responder con precisión absoluta—. En un trabajo histórico, el investigador Matthew Adams explica que muchos animales llegaban desde el exterior y que, como vagabundos, pudieron haber vivido en la calle antes de ser trasladados al laboratorio. Pero agrega un dato importante: más tarde también se utilizaron perros criados en el propio establecimiento. Es decir, no existió un único sistema de provisión; hubo distintas etapas y combinaciones de procedencia.
En paralelo, la divulgación histórica también aporta un matiz interesante: Pavlov no buscaba una raza específica. Un artículo de la revista Smithsonian recuerda que no era exigente con el tipo de animal y que utilizó perros variados, muchos de ellos mestizos.
El hallazgo que cambió todo: de la saliva a la mente
Lo decisivo ocurrió cuando, al medir secreciones, el laboratorio notó algo inesperado: algunos animales salivaban antes de recibir el alimento, como si el cuerpo se anticipara a la comida. Esa anticipación —que Pavlov llegó a llamar secreción “psíquica”— lo condujo a una idea revolucionaria: el organismo aprende señales.
El procedimiento que se volvió clásico consistía en asociar un estímulo neutral —por ejemplo, un metrónomo o un zumbador— con la presentación de alimento. Tras varias repeticiones, el estímulo neutral terminaba provocando salivación por sí solo. Así nació el concepto de reflejo condicionado: una respuesta aprendida que se vincula a una señal del entorno.
Dicho en términos simples: Pavlov demostró que no solo reaccionamos; también aprendemos a reaccionar. Esa idea abrió enormes posibilidades: desde métodos más rigurosos para estudiar la conducta hasta herramientas terapéuticas y educativas. Y, por supuesto, también dejó la puerta abierta a usos menos nobles, como la propaganda y la manipulación, fenómenos que el siglo XX conocería con demasiada intensidad.
¿Qué descubrió Pavlov?
Si hubiera que nombrar un descubrimiento central, sería este: la posibilidad de estudiar el aprendizaje como un fenómeno observable y medible, con reglas, tiempos y variaciones. Pero su aporte fue doble. Por un lado, consolidó una fisiología experimental de largo plazo; por el otro, tendió un puente entre el cuerpo y la conducta, mostrando que la frontera entre lo biológico y lo psicológico era mucho más permeable de lo que se creía.
En este aniversario de su muerte, conviene recordarlo así: no como el creador de un simple “truco” de campana y saliva, sino como el científico que transformó un detalle aparentemente menor —un cuerpo que se adelanta a lo que vendrá— en una de las grandes preguntas del mundo moderno: ¿cómo aprende un ser vivo a esperar aquello que todavía no ha ocurrido?
