Pobre León: rezamos por vos

:format(webp):quality(60)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/10/papa_leon_xiv.webp)
Más grieta y violencia en Argentina. Políticos inmorales y un país rico envuelto en hambre.
Pobre León
Recuerdo haber escrito unas líneas en esta tribuna, ni bien nos enteramos de la muerte de Francisco en las que, con angustia, le pedía perdón a la figura más trascendental de nuestra historia. Un perdón nacido del dolor y de la irremediable forma de ser de los argentinos. Pero prefiero no volver a esa nota. Lo hecho, hecho está. Aunque, a modo de prólogo, podés leerla acá Perdón, Francisco – Newstad
Vayamos a la actualidad. Hace unas semanas se confirmó la noticia y todavía dura la espuma. El papa León, tal vez saldando una deuda, pisará durante noviembre suelo argentino en visita apostólica. El sucesor de Pedro armará las valijas, pasará por el amable Uruguay y, antes de recorrer su historia en Perú, la tierra que lo cobijó durante años, seremos parte de su itinerario y caminará por esta bendita y castigada porción del sur del mapa.
Desde que la Santa Sede hizo oficial el anuncio, venimos asistiendo a un previsible espectáculo: despachos oficiales alborotados, reuniones de gabinete de apuro, comisiones episcopales improvisadas, cónclaves nerviosos en la oposición y frenesí en los canales de noticias que transmiten con placas de último momento. Pero, sobre todo, venimos imaginando la misma sonrisa socarrona y calculadora de nuestros dirigentes políticos, que llevarán días frotándose las manos ante la oportunidad dorada de conseguir una foto, de arañar una bendición pública o de recibir un rosario mientras el contrincante de turno chupa un clavo sentado sobre una calabaza.
Pobre León. Qué poco sabe (o tal vez cuánto sabe, y aun así viene, por pura misericordia) de la Argentina que va descubrir cuando aterrice. Se va a encontrar con el mismo país que sepultó viva la figura de Francisco antes de llegar a la eternidad. Ese mismo Francisco al que dejamos solo, al que encerramos en el chiquitaje casero, al que le medimos los milímetros de la boca en cada fotografía para ver si sonreía más hacia la derecha o hacia la izquierda. El mismo Francisco al que le juzgamos sus gestos para calcular si eran de simpatía para el gobierno de turno o de desprecio para la oposición. Se va a encontrar con una patria donde no aprendimos la lección, un país que sigue sin saber entender a sus profetas porque está demasiado ocupado escuchando a los corruptos de siempre.
Lamentablemente, el Papa León no se va a encontrar con una nación en marcha, ni con ese mito fundacional del granero del mundo que nos gusta desempolvar cuando nos emborrachamos de nostalgia. Se va a encontrar con las cifras de una tragedia estructural que, disfrazada de fuente petróleo, ni siquiera nos conmueve porque ya es parte de nuestra rutina.
Lo recibiremos con una vergonzosa cifra de pobreza (superior al 30 por ciento) que golpea el pecho de la población. Con más de un 7% de indigencia que significa, en criollo, que casi cuatro millones de hermanos no tienen garantizado el plato de comida diario en la tierra de la carne y el trigo. Se va a encontrar con un país donde la cantidad de chicos pobres es un grito de angustia. Y casi la mitad de los pibes menores de 14 años se van a la cama con el estómago haciendo ruido o alimentándose de fideos con gorgojos y mate cocido. Mientras en el Congreso se tiran con las bancas por las internas partidarias o por un cargo que les permita estar cerca de alguna caja del Estado.
León XIV se va a encontrar con un país devastado por la miseria económica, pero sobre todo por la quiebra moral. Una Argentina que en el año 2023 tocó una inflación galopante de más de 200% anual (superando a Venezuela en el podio trágico de la región) y que, si bien hoy celebra con papel picado la desaceleración del índice mensual a niveles del 2%, lo hace sobre la osamenta de jubilados que cobran haberes mínimos cercanos a los 500 mil pesos y que deben elegir entre pagar los remedios para la presión o comprar medio kilo de carne. Y sobre una clase media que se empobrece día a día, sacándole brillo a sus tarjetas de crédito para comprar en cuotas todo lo que entre en la heladera.
Esa es la escenografía. Pero el problema no son solo los números. Los números son las heridas; el problema real es la infección que llevamos dentro. León va a aterrizar en la cuna de la grieta. Esa grieta infame que viene labrándose desde que Unitarios y Federales se degollaban a la orilla de un arroyo.
El devenir político y económico de la Argentina reciente demuestra que los extremos y el dogmatismo han sido sumamente costosos. Por un lado, la gestión del kirchnerismo (que de tanto robar se robó también al Peronismo) dejó un legado nefasto signado por una inflación descontrolada, con un estado inmenso, bobo e ineficiente. Y con un deterioro institucional y un asistencialismo berreta que postergó y dejó en el olvido las reformas estructurales necesarias. Por otro lado, la administración de Javier Milei presenta un horizonte sumamente complejo, en el que la búsqueda del equilibrio fiscal a través de un dogmático y severo ajuste shockea los ingresos de la clase media, degrada el consumo interno y eleva la tensión social.
Además, este gobierno tiene en su contra una trágica paradoja que es también su mayor ironía. Llegaron al poder denunciando fraudes y deshonestidad y hoy vemos que los mismos que vinieron a barrer con la corrupción del kirchnerismo empiezan a reproducir las mismas sombras opacas que prometieron combatir. Y encima te insultan.
Ante esta triste escena de polarización, queda en evidencia la urgencia de una gestión transparente, honesta, decente, íntegra y de centro que combine la disciplina económica con la sensibilidad social y la institucionalidad necesarias para lograr un desarrollo sostenible. Y eso, como todos sabemos, no existe. Tal vez quede rezar.
Aquí todo es grieta porque es nuestra industria nacional más próspera y eficiente: no produce bienes, no genera empleo, no exporta, pero rinde dividendos electorales inmediatos para una junta de mediocres que vive de enfrentarnos. En la Argentina no hay ideas; hay bandos. No hay proyectos de país; hay odio barato y sin sentido.
Sin exagerar demasiado, me aventuro a postular que, si León llega a decir una sola palabra sobre la justicia social, los de un lado de la grieta saldrán eyectados a calificarlo de cuca, o de conspirador funcional a las corporaciones sindicales. Si, en cambio, habla de la cultura del trabajo, de la austeridad fiscal, del esfuerzo individual, del mérito o del valor de la familia, los del otro lado lo tildarán de facho, de neoliberal o de ser un títere de los grandes mercados financieros internacionales. Porque así somos. No escuchamos a los líderes de verdad, los escaneamos. Le buscamos el prontuario.
Lo hicimos con Francisco durante más de doce años de pontificado. Fuimos tan miserables que nos pareció más importante ahogarlo en la grieta que ponernos a pensar cómo carajo levantábamos a los caídos de nuestras propias calles. Juzgamos al hombre que arrodillado le besaba los pies a los líderes de Sudán del Sur en nombre de la paz mundial, pero no le perdonamos que no viniera a sacarse una foto con el intendente del pueblo.
A León le van a hacer exactamente lo mismo. Ya se nota en las operaciones de estas últimas semanas. Van a cronometrar el saludo con el Presidente de la Nación, van a analizar la inclinación de su cabeza frente a los jueces de la Corte Suprema y van a buscar si en la misa del Monumento a los Españoles habla con el Evangelio o con las intenciones de un político.
De todas formas, sería demasiado cómodo, demasiado cobarde, echarle toda la culpa a la clase política. Ellos son, al fin y al cabo, el destilado perfecto de lo que somos como pueblo. La clase política argentina no bajó en una nave espacial. Surgió de nuestras escuelas, de nuestras universidades, de nuestros clubes de barrio, de nuestras familias. Y de nuestros paneles de televisión.
La nuestra es la dirigencia más mezquina, mediocre e hipócrita que recuerde la historia reciente. Dirigentes de todos los colores partidarios (sin excepción) que han convertido la función pública en una pyme personal, en un botín donde el Estado no es la herramienta para transformar la realidad de los vulnerables, sino el mostrador donde se cobran los favores de campaña.
Tenemos una clase política que se indigna frente a las cámaras por la pobreza, pero que aprueba aumentos dietarios vergonzosos en las cámaras legislativas. Una oposición que festeja el fracaso del gobierno como si fuera un triunfo propio, sin reparar en que si el barco se hunde, nos ahogamos todos. Un gobierno que festeja equilibrios fiscales en las planillas de Excel mientras en las barriadas populares del Conurbano profundo, el narcotráfico se adueña de los pibes a cambio de un par de zapatillas y un puñado de fideos.
Pero la culpa, insisto, también es nuestra. Nos encanta creernos los mejores del mundo. Nos emborrachamos con los triunfos deportivos, nos inflamos el pecho cuando un argentino triunfa afuera y nos refugiamos en la soberbia de creer que tenemos el país más lindo, los mejores paisajes y el talento más brillante. Nos creemos Dios, pero actuamos como Caín.
Tenemos una matriz cultural enferma de viveza criolla. Nos molesta la corrupción, pero solo cuando la comete el del partido contrario. Nos indigna el acomodo, salvo cuando se nos exonera de una multa de tránsito. Nos llena de ira la injusticia social, pero esquivamos la mirada cuando el limpiavidrios nos pide una moneda en el semáforo de la esquina.
Somos una sociedad lastimada, sí. Pero también profundamente egoísta. Una sociedad que prefiere tener razón a construir soluciones; que prefiere ver al vecino destruido antes que admitir que ambos necesitamos la misma ayuda.
Cuando el papa León descienda por la escalinata del avión, ponga sus pies en esta tierra resignada y bese nuestro suelo, lo vamos a recibir con alfombras rojas, banderas y discursos llenos de frases hechas sobre la paz, la unidad nacional y el amor fraterno. Todos se van a disputar la foto. Todos van a querer figurar a su lado. Pero detrás de los aplausos protocolares y las sonrisas de compromiso, estará esperando el mismo país fraccionado, egoísta y enceguecido que no supo cuidar ni valorar al argentino más importante de toda su historia. Por eso, adelantándome al circo romano que se avecina, me atrevo a escribir desde este humilde espacio: Perdón, León.
Perdón por los dirigentes que intentarán usarte para sus campañas miserables. Perdón por quienes van a malinterpretar tus homilías para llevar agua hacia su propio molino. Perdón por quienes van a juzgar tus palabras y gestos según sus simpatías ideológicas y no según el Evangelio. Perdón por quienes, llenos de soberbia y ciegos de mezquindad, van a abrazarse a la fe y a la esperanza sólo para sacar provecho.
Ojalá que cuando pises este suelo, tu mirada sea lo suficientemente piadosa como para ver más allá de nuestras miserias. Ojalá que no te desanimes frente a nuestro barro. Y ojalá, por el bien de esta Patria doliente que no aprende más, seamos capaces de hacer germinar la semilla del amor que dejarás caer en este desierto moral que hemos sabido construir los argentinos.
Bienvenido, Santo Padre. Y, como venía diciendo, perdónanos. No sabemos lo que hacemos.
