Guerra de la Triple Alianza
No fue un héroe: el verdadero final de Francisco Solano López

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El aniversario de su muerte reabre el debate sobre su figura y su estado mental en los últimos meses.
El 1° de mayo de 1870 cayó abatido el mariscal Francisco Solano López en Cerro Corá. Con su muerte concluyó la Guerra de la Triple Alianza, el conflicto más sangriento del siglo XIX sudamericano, que enfrentó al Paraguay contra el Imperio del Brasil, la Argentina y el Uruguay entre 1864 y 1870. Pero más allá del cierre militar, aquel episodio dejó abierta una disputa histórica: ¿murió como un héroe romántico o como un líder derrotado, aislado y profundamente desequilibrado?
La guerra ya había devastado al Paraguay. Tras años de enfrentamientos, derrotas, enfermedades y asedios, el país se encontraba exhausto. Sin recursos, sin ejército regular y con la población diezmada, la conducción de López se volvió cada vez más errática y paranoica. En lugar de negociar o rendirse, optó por prolongar la resistencia a cualquier costo humano.
Durante la última etapa del enfrentamiento, la conducta del mariscal evidenció un claro desquicio. Su facción fue abatida progresivamente y cualquiera que estuviese bajo sospecha era pasado por armas. Los mismos familiares del presidente paraguayo sufrieron vejámenes. Hizo por ejemplo fusilar a una prima. Para este tipo de acciones montó una estructura judicial particular, llamada popularmente “tribunales de sangre”.
El historiador Francisco Doratioto sostiene que en los meses finales “el gobierno de López se transformó en un régimen de terror interno”, donde la sospecha equivalía a condena. Thomas L. Whigham, por su parte, describe ese período como un tiempo de “obsesión persecutoria”, en el que el mariscal veía traidores en cada consejo de prudencia.
Ante el avance aliado, López escapó. Llevó consigo a miles, aun contrariando voluntades. Lejos de cualquier gesta heroica, fue un éxodo forzado, marcado por el hambre, el miedo y la violencia. En el trayecto sus hermanas sufrieron agresiones, hizo lancear a muchas mujeres de sociedad, entre ellas a un antiguo amor no correspondido. Su hermano mayor fue fusilado por la espalda, e incluso, sintiéndose traicionado por su madre, mandó azotar a la anciana. Aquellos que le aconsejaron no hacerlo recibieron insultos y amenazas.
Entre los testigos de esa retirada estaba el general Francisco Resquín, quien escribió:
“Como toda la región era desierta, fue la marcha muy penosa. Murió de hambre mucha gente, y los soldados y oficiales huían en grupos de 8 o 10. Aquellos a los que se daba alcance eran lanceados sin más forma de proceso. Quedó el camino sembrado de cadáveres; unos muertos de hambre otros pasados a cuchillo. El desierto, las marchas forzadas, el hambre y las miserias de toda especie había devorado los últimos 5.000 hombres, restos de los 150.000 o más que López había puesto en armas. De los 5.000 y pico de hombres que partieron de Panadero, apenas llegaron 300 a Cerro Corá, contando los jefes oficiales. La población civil que acompañaba al ejército padeció casi toda”.
Ese testimonio desmonta cualquier intento de romantizar la retirada final. No fue una marcha épica sino un colapso humano. El hambre, las deserciones y las ejecuciones sumarias marcaron el trayecto.
Finalmente, acorralado en Cerro Corá, López intentó escapar del campamento mientras las tropas aliadas avanzaban. Allí cayó el anciano vicepresidente Domingo Sánchez junto al hijo adolescente de López, Panchito. Mientras el mariscal huyó hacia la espesura.
Su muerte tampoco tuvo la épica que más tarde se difundió. Silvestre Aveiro —quien lo acompañaba— cuenta que al cruzarse con su madre y hermanas, “diciendo la primera: ‘¡Socorro, Pancho!’. A la que éste contestó lacónicamente: ‘Fíese, señora, de su sexo’, y pasamos”. Poco después resbaló y quedó sumergido en un arroyo; allí recibió un tiro por la espalda que le dio muerte inmediata".
No hay en los registros inmediatos ninguna frase heroica, ningún “muero con mi patria” pronunciado espada en mano. Como afirma Ruiz Moreno, ese final glorioso no figura en ninguna fuente cercana al hecho. La construcción del mártir fue posterior, moldeada por necesidades políticas y por el dolor colectivo de una nación devastada.
El 1° de mayo no sólo recuerda la muerte de un hombre. Marca el final de una guerra que dejó al Paraguay materialmente destruido y demográficamente arrasado, y expone el derrumbe psicológico de quien la condujo hasta el abismo. Lejos del bronce, el cierre fue el de un líder aislado, perseguido por sus propias decisiones y abatido sin ceremonia en un arroyo selvático.
La historia, cuando se la despoja de mitos, muestra algo más inquietante que la leyenda: muestra el costo humano de la obstinación y el precio que paga un pueblo cuando su conductor pierde el equilibrio.
