Efemérides
Molière y el color de la mala suerte

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Un episodio dramático del escenario dio forma a una superstición que el tiempo volvió incuestionable.
Hay historias que se instalan como telón de fondo de una época: no importa cuántas veces se las desmienta, siguen ahí, repitiéndose de boca en boca, como un estribillo. Una de las más populares asegura que el amarillo es color de mala suerte en el teatro porque Molière murió vestido de amarillo sobre el escenario. Suena redondo, cinematográfico, perfecto para explicarlo todo en una frase. Y, sin embargo, no es cierto.
Empecemos por el hecho histórico: Jean-Baptiste Poquelin Molière no murió “en escena”. El 17 de febrero de 1673, durante la cuarta representación de Le Malade imaginaire (El enfermo imaginario), se sintió mal, pero la reconstrucción más sólida a partir de testimonios de época indica que falleció horas después, en su casa de la rue de Richelieu, tras una crisis que sus contemporáneos describieron como una afección de pecho y un acceso violento de tos.
Lo siguiente es igual de importante: la imagen del actor desplomándose ante el público pertenece, en gran medida, a una construcción posterior alimentada por relatos cada vez más novelados. Ya en el siglo XVII tardío y luego con fuerza en los siglos siguientes, la muerte de Molière se volvió materia de moralejas y anécdotas que competían en dramatismo.
Entonces, ¿de dónde sale lo del amarillo?
En Francia, la superstición teatral más difundida no es tanto el amarillo como el verde. Y, aun así, también se lo ha querido vincular con Molière: se repite que habría llevado verde la última noche. Pero las investigaciones documentales que citan los propios repertorios de supersticiones teatrales —basadas en un dato muy concreto— lo desmienten: existe una memoria del sastre que suministró el vestuario del Malade imaginaire y permite describir la prenda con precisión. Molière habría llevado una bata de cámara de terciopelo “amarante” (rojo violáceo), forrada con “ratine grise” (gris) y ribeteada con piel “petit-gris”. No amarillo. No verde.
Este punto es clave porque le quita a la superstición su “prueba” favorita: no hay base material para afirmar que el color del traje —amarillo— haya sido el presagio.
¿Por qué, entonces, el amarillo aparece en el imaginario teatral?
Porque las supersticiones viajan, se mezclan y cambian de pasaporte. En el mismo mapa europeo, los tabúes cromáticos no coinciden: Italia arrastra el rechazo al violeta por su asociación con tiempos de prohibición litúrgica; y en España, el amarillo aparece como color de mal agüero, con explicaciones que remiten a la tauromaquia (la capa del torero puede mostrar su reverso amarillo en el instante fatal).
En otras palabras: el amarillo “de mala suerte” es una superstición muy citada, pero no nace necesariamente del escenario parisino de 1673, y menos aún del vestuario real de Molière. Lo que sí hace el mito —y por eso funciona— es ofrecer una escena simple y poderosa: un genio del teatro, un color-símbolo, una muerte “a la vista de todos”.
La muerte de Molière, lo verdaderamente trágico
Lo más dramático de ese final no es un tono de tela, sino el choque entre el teatro y la moral religiosa del momento. La documentación sobre sus exequias muestra las dificultades que enfrentó su viuda para obtenerle sepultura cristiana, precisamente por la condición de comediante (un oficio todavía rechazado socialmente).
Y también conviene derribar otro lugar común: el de un Molière consumido durante años, como si El enfermo imaginario fuera una confesión autobiográfica. La propia Biblioteca Nacional de Francia subraya que el episodio final fue el que más alimentó la imaginación de biógrafos, pero que la idea de una larga decadencia previa no se sostiene tal como suele contarse.
