Opinión
Milei puteador: antes te decían ‘Hitler’, ahora lloran por ‘mandril’

Ingeniero de Software y escritor
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La mirada de Franco Ceruti sobre los insultos y la batalla cultural. De las buenas formas de Macri al caos liberal.
Durante años, en Argentina se construyó una idea bastante curiosa: que la violencia tenía buenos modales. Que podía venir envuelta en consignas, en cánticos, en discursos épicos… y que por eso dejaba de ser violencia.
Hoy, en cambio, la violencia es grosera. Dice “culo”. Dice “mandril”. Y claro, eso sí escandaliza. Porque si algo parece insoportable en la Argentina actual no es la agresión en sí, sino la falta de elegancia con la que se la ejecuta.
El presidente Javier Milei insulta. Eso es innegable. “Lloren mandriles”, “zurdos de mierda”, “les duele el culo”. Frases que hacen que más de un panelista entre en crisis existencial en vivo, como si hubiera presenciado el colapso de la civilización occidental. Pero la pregunta incómoda es otra:
¿esto empezó ahora? Spoiler: no.
Durante aproximadamente 16 años —cuatro gobiernos si contamos desde Néstor Kirchner— la Argentina vivió bajo una forma de violencia mucho más sofisticada: la violencia con relato. No te gritaban “mandril”. Te decían “fascista”. No te insultaban.
Te deshumanizaban con elegancia.
Porque si no estabas de acuerdo con ciertas políticas, no eras alguien con una opinión distinta. Eras Hitler. Literalmente Hitler. O gorila. O enemigo del pueblo. O, en el mejor de los casos, un ignorante al que había que “educar”. Y mientras tanto, en el plano físico, pasaban cosas.
Cortes de calles, rutas, autopistas. Tres personas con una bandera podían decidir que miles no llegaran a trabajar. Porque su derecho —curiosamente siempre más importante— justificaba todo. La Constitución, ese detalle técnico menor, quedaba en pausa hasta nuevo aviso. ¿Eso no era violencia? Claro que lo era. Pero tenía buena prensa.
También era violencia que durante años se bloquearan fronteras internacionales, como ocurrió con el conflicto por las papeleras con Uruguay, con consecuencias económicas reales para miles de personas. Comercios fundidos, actividad paralizada… pero todo en nombre de una causa noble. Y cuando la causa es noble, parece que el daño colateral es decorativo.
Ni hablar de los métodos más creativos. Hubo campañas organizadas donde personas simulaban conversaciones en supermercados o transporte público para instalar la idea de que el país estaba en ruinas. Actuaciones pagas. Teatro militante. Una especie de Truman Show versión conurbano.
Eso tampoco era violencia. Era “militancia”. Y en el medio de todo eso apareció Mauricio Macri, con modales, con tono calmo, con esa lógica ingenua de que responder con altura era suficiente. ¿Resultado? Lo pasaron por arriba. Porque en un ring donde uno pega y el otro explica, el resultado suele ser bastante predecible. Y así llegamos al presente.
Donde la violencia no desapareció. Solo cambió de estética. Ahora es explícita. Burda. Sin filtro. Y por eso molesta más. Pero también hay un cambio cultural evidente: hoy ya no hay monopolio del insulto. La respuesta existe. La reacción existe. El ciudadano común ya no se queda callado frente a ciertas narrativas.
Tomemos un ejemplo reciente: el caso Adorni. Parte del periodismo decidió investigar… su baño. Su hipoteca. Sus tostadas. Un seguimiento digno de un documental de National Geographic, pero aplicado a la vida cotidiana de un funcionario. El intento era claro: construir sospecha.
Pero en ese intento se escapó un detalle devastador para el relato: si realmente estuviera robando, probablemente no estaría pidiendo una hipoteca. Es decir, la realidad arruinó la historia. Y eso genera frustración. Porque durante años, construir relatos sin demasiada resistencia era relativamente fácil. Hoy no tanto. Hoy hay respuesta. Y no siempre viene en tono diplomático.
¿Es agradable?
No.
¿Es elegante?
Tampoco.
¿Es sorprendente?
En absoluto.
Es, en muchos sentidos, la consecuencia lógica de haber normalizado durante años una forma de violencia más sutil pero igual de efectiva.
Porque también fue violencia decir que había que “temerle un poco” al poder.
Fue violencia financiar espectáculos políticos con dinero de todos.
Fue violencia imponer una única mirada como moralmente superior. Pero como no decía “culo”, no escandalizaba.
Hoy el lenguaje cambió. Se volvió más crudo. Más directo. Más incómodo. Y de repente, los que durante años ejercieron la agresión desde un pedestal moral descubren algo inesperado: que la violencia también puede volver. Y que no siempre viene con buenos modales. ¿Es esto deseable? Probablemente no. ¿Es comprensible? Bastante más de lo que muchos quieren admitir. Porque las sociedades no cambian de tono por casualidad. Cambian por acumulación.
Y lo que hoy algunos ven como un exceso, otros lo sienten como una devolución. Como un rebote. Como ese momento incómodo en el que alguien finalmente responde. Quizás con menos elegancia.
Pero con más volumen. Y en ese ruido —incómodo, desprolijo, exagerado— hay algo que no se puede ignorar: No es el inicio de algo. Es la consecuencia de mucho.
