El gran negocio del futuro
No es Skynet, es Excel caro: la verdad incómoda de la inteligencia artificial

Ingeniero de Software y escritor
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Primero te acostumbran. Después te cobran. Cómo las empresas subsidian hoy la IA para crear dependencia.
Hay una nueva religión global, una especie de culto moderno donde los gurúes ya no usan túnicas sino hoodies negros y presentan productos en lugar de milagros. Se llama "inteligencia artificial" y promete exactamente lo mismo que todas las religiones exitosas de la historia: salvación, abundancia… y, en este caso, desempleo masivo. Según esta narrativa —repetida con entusiasmo por tecnólogos, empresarios y algún que otro exconductor devenido en futurólogo— en cuestión de meses vamos a ver robots caminando por la calle, haciendo las compras, trabajando en oficinas y, probablemente, escribiendo esta nota mejor que yo. Spoiler: no. O, mejor dicho: no todavía. Y probablemente no en el plazo en el que te lo están vendiendo. Porque lo primero que hay que entender es que la inteligencia artificial, en su estado actual, tiene un pequeño problema: funciona increíblemente bien… dentro de límites muy específicos. Fuera de eso, es como ese compañero que parece brillante hasta que le pedís que piense por sí mismo.
La IA no tiene ideas. No tiene iniciativa. No sabe cuándo terminó su trabajo. No "piensa" en el sentido humano. Lo que hace —y lo hace muy bien— es reorganizar información existente.
Es como tener un bibliotecario hiperactivo con acceso a todo internet, pero sin capacidad de crear un libro nuevo. Y sin embargo, el discurso dominante insiste en que estamos a meses de ser reemplazados por máquinas. Que los trabajos de oficina van a desaparecer. Que los robots van a dominar todo. Claro. Y Papá Noel también está tercerizando con drones. Ahora bien, incluso si ignoramos esa limitación fundamental, hay otro detalle bastante incómodo que rara vez aparece en los discursos motivacionales de LinkedIn: la energía.
La inteligencia artificial consume cantidades obscenas de electricidad. No "mucho". No "bastante". Obscenas.
Modelos avanzados requieren centros de datos gigantescos que consumen lo mismo que ciudades enteras. Y no, no es una metáfora. Es literal. Cada vez que le preguntás a una IA quién ganó el Mundial del 86, estás utilizando una infraestructura energética digna de una película de ciencia ficción… para obtener un dato que podrías haber googleado en tres segundos. Ahora imaginemos —solo por diversión— el escenario que nos venden: reemplazar millones de trabajos humanos por sistemas de inteligencia artificial funcionando 24/7. ¿De dónde sale esa energía? No sale. No existe. No está. No hay forma física de sostenerlo hoy sin reventar la red eléctrica global o, en el mejor de los casos, convertir el planeta en una parrilla a carbón tamaño Tierra. Pero claro, este pequeño detalle técnico no aparece en las presentaciones. Porque no vende. Lo que sí vende es el miedo. Y el marketing.
Porque lo que estamos viendo no es solo una revolución tecnológica. Es una campaña de adopción masiva financiada por algunas de las empresas más grandes del planeta.
Hoy, usar inteligencia artificial es relativamente barato. Sospechosamente barato. ¿Por qué? Porque está subsidiada. Cada consulta que hacés cuesta más de lo que pagás. Bastante más. Es como si cada vez que comprás un café, alguien pusiera plata de su bolsillo para que te salga más barato. No es magia. Es estrategia.
Primero te acostumbran. Después te cobran.
Mientras tanto, nos cuentan historias fascinantes. Que una IA "intentó escapar". Que "se volvió peligrosa". Que "hubo que limitarla porque era demasiado poderosa". Curiosamente, esas historias siempre vienen de las mismas personas que venden el producto. Es como preguntarle al dueño de una fábrica de alfajores cuál es la mejor merienda. Y después sorprenderse cuando dice "alfajores". El nivel de objetividad es, digamos, discutible. Pero volvamos a la realidad. Hoy, la inteligencia artificial no está reemplazando a los trabajadores de alta calidad. Al contrario: los está potenciando. Programadores, diseñadores, analistas… todos rinden más usando IA. No desaparecen. Se vuelven más productivos. ¿Y los trabajos repetitivos? Bueno, esos sí podrían verse afectados. Pero nuevamente: no por capacidad tecnológica absoluta, sino por límites físicos y económicos. No alcanza la energía. No cierran los números. Y acá es donde la historia se vuelve aún más interesante. Porque el único escenario realmente viable a gran escala que se está discutiendo es… sacar la inteligencia artificial del planeta. Sí, literal. Proyectos que proponen montar infraestructura en satélites con paneles solares gigantes para alimentar estos sistemas desde el espacio. Porque acá abajo, simplemente, no alcanza.
Es decir: para que la inteligencia artificial haga todo lo que prometen… hay que mandarla al espacio.
Tranquilos, seguro eso está a seis meses también. Mientras tanto, seguimos en la Tierra, donde la realidad es bastante menos cinematográfica. La inteligencia artificial sirve. Mucho. Es una herramienta espectacular.
Pero no es Skynet. No es Terminator. No es el fin del trabajo humano.Es Excel con esteroides.
Y como toda tecnología sobrevendida, conviene mirar un ejemplo paralelo: el auto eléctrico. Durante años nos dijeron que era el futuro. Limpio, eficiente, perfecto. Y en ciertos contextos, lo es. Pero tiene un pequeño detalle: funciona bien… si no lo usa todo el mundo. Porque si todos tus vecinos cargan el auto eléctrico al mismo tiempo, la red colapsa. Si hace frío, la batería rinde menos. Si viajás, podés terminar esperando horas para cargar. Es decir: funciona perfecto… en el escenario ideal. Exactamente como la inteligencia artificial. La diferencia es que una cosa es una herramienta útil y otra muy distinta es una revolución que va a reemplazar a toda la humanidad en seis meses. Así que la próxima vez que escuches que los robots vienen por tu trabajo, relajate. Primero tienen que conseguir energía suficiente. Después aprender a pensar.
Y recién ahí… hablamos.
