Milei y el insulto como política de estado: Patricia teje y el PRO espera

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Milei no busca mayorías, confía en el núcleo dogmático mientras el resto del tablero político se rearma
Javier Milei nació pescando votos en todas las lagunas donde hubiera descontento y agotamiento de un ecosistema de partidos roto. Gritó, rompió maquetas en vivo, lo echaron de programas de televisión, creó un estilo que ni Eliseo Verón vio venir. Santiago Caputo creó la guerrilla digital y la historia es conocida: fue todo éxito. Dos veces exitoso. El ingeniero del caos global más próspero de su tiempo, ahora busca revalidar título, pero con una base votante que se achica y endurece para avivar sus insultos como política de Estado. No insulta opositores, sino cualquiera que no coincida en un 100% con su doctrina.
En 2025, la estridencia violeta sedujo más que los eufemismos del PRO, por eso logró Javier Milei incorporar a Patricia Bullrich a su tropa junto con Luis Petri. Las diferencias entre ambos líderes son nítidas: Bullrich encarna la política clásica de calidad institucional, respeto por la división de poderes y una grieta lógica en un país culturalmente binario, mientras que Milei sólo conoce y busca ser el que violenta el sistema y sus actores para lograr su objetivo o irse por la puerta que encuentre, sin importarle el tamaño. Una convivencia democrática entre dos pesos pesados, pero que empezó a dividir aguas: a más violencia presidencial, mayor autonomía de Bullrich como estandarte de la política del respeto al disenso y la tolerancia. Su equipo de trabajo entero tiene la directriz de discutir con vehemencia pero sin cruzar la línea del respeto.
Patricia Bullrich trabaja para ser Presidente y desprecia la vulgaridad, la falta de cultura en la clase dirigente y cree que la grieta sólo aplica para con el populismo. En su think thank ICONA se diseñan semana a semana los planes de políticas públicas que requiere Argentina para ser próspera y libre de populismo. Es interesante pensar que ese manual de políticas le sirve a Milei, o a quien elija la sociedad por el no populismo el año que viene.
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Un banquero, un petrolero y un textil representaron en IDEA días atrás el pensamiento de muchos: “lo importante de 2027 es que no vuelva el populismo, pero no tiene por qué ser Milei”. Es la consecuencia lógica que trae por inercia el desprecio en mayúsculas de un jefe de estado que inspira violencia pensando que puede generar algo positivo. Un caso de estudio. Así es que las acciones de la oposición crecieron en todas las encuestas, pero no las de Axel Kicillof, aún hoy ligado a Cristina Kirchner. Sergio Massa analiza ser gobernador de Gerardo Zamora como candidato a Presidente. El líder de Santiago del Estero encarna banderas mileistas de baja de impuestos, disciplina fiscal, pro vida y prohibir nuevos empleados públicos, pero sin insultar ni perseguir la prensa.
La violencia de un líder sólo genera violencia en las calles, por eso Gonzalo Andueza, ese profesor de boxeo fusilado de un tiro en el abdomen en Colegiales, murió a manos de un demente para dirimir una discusión estéril que en otros tiempos no pasaba de un debate de chicanas. La inoculación sistemática de odio al que piensa distinto es una pieza de domino con el peso de la palabra presidencial, cataliza más rápido y más fuerte que cualquier grito, y las consecuencias son una sociedad más violenta e irascible, como su jefe de estado.
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Jorge Brito también sueña junto a Jaime Durán Barba, el PRO también y crece la idea de romper con el Gobierno, Dante Gebel también y se prepara para su gran show de fin de año, y todos buscan nutrirse del color violeta. Daniel Hadad logró el efecto deseado: no será candidato, pero será un empresario más grande el año que viene. Todos quieren ser, pero por ahora el Gobierno tiene sólo a Patricia Bullrich como plan B, la oposición empieza a perfilar con jugadores diversos.
El tiempo cambió, Javier Milei cimentó una base electoral transversal, de ricos y pobres, rurales y citadinos, radicales, peronistas y macristas, todos se encontraron rechazando la vieja política para apoyar un cambio y lograr el 56% histórico. Eso ya no existe, es hoy un núcleo de convencidos que no dudan y legitiman la violencia presidencial como método de aislamiento. Raro, creen que insultando se construyen mayorías, algo inédito en política. Santiago Caputo insiste en privado con que agrediendo y consolidando los propios se va a lograr un triunfo contundente el año que viene.
Patricia Bullrich no lo quiere ni cerca, sabe que Caputo no será de la partida el año que viene y prefiere reforzar su perfil republicano. Contundencia no es lo mismo que violencia, y con su estilo, Patricia pesca en una laguna amarilla, cosa que Milei perdió en términos masivos. Caputo cree que el antipopulismo es más fuerte que el rechazo a los piropos que diariamente libera Milei.
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El mayor socio de Javier Milei hoy es Jorge Macri, que se consolida como aportante de votos en la Capital, ahí donde Manuel Adorni iba a ganar caminando y donde Pilar Ramirez camina en nombre de Karina Milei. Jorge Brito sería una amenaza real en la Ciudad, pero por ahora con Jaime Durán Barba (con quien se reunió ayer) analiza la hazaña nacional. Algun mal pensado de su equipo cree que todo este movimiento es para sondear humor social y prepararse para gobernar el país en 2031. Jorge Macri ya es más violeta que Milei y con su primo no habla ni le interesa hablar, ahora resta calcular el tamaño del vuelto.
Este fenómeno no es neutro. Milei achicó y endureció, Jorge Macri parece que se agranda, pero habrá que ver si coinciden sus estrategias políticas con las ganas de votar a Milei en la Ciudad el año que viene. El porteño votó durante 16 años dirigentes que hicieron del respeto una política pública, lo fueron Mauricio Macri, Maria Eugenia Vidal, Horacio Rodríguez Larreta y Diego Santilli. El insulto nunca fue bien visto por el PRO, y menos que menos lo escatológico y desde el lumpenismo que rodea a Javier Milei.
Para pensar en Milei reeligiendo, hay que repasar la batería de sectores insultados sin piedad: el periodismo tildado de "basura"; el empresariado, señalado como "prebendario"; el sindicalismo, calificado de "mafioso"; la Iglesia Católica, cuya doctrina fue tildada de "aberración" y el Papa Francisco como el representante del maligno en la tierra; el peronismo, estigmatizado en bloque; el radicalismo, acusado de "traidor"; la comunidad científica, desacreditada; el sector cultural, tildado de "vividor"; los gobernadores, sometidos al ninguneo; y la dirigencia política, englobada en "la casta". Alguien que le avise quién es Daniel Scioli.
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El ejercicio del poder exige articular y persuadir a los no convencidos. Al convertir el insulto en el lenguaje cotidiano, el Gobierno dinamita puentes con la clase media independiente y los sectores productivos que reclaman previsibilidad. Si la agresión es la única constante, el proyecto libertario enfrenta un interrogante crucial: ¿alcanza con el fervor de los militantes digitales para lograr la reelección, o la violencia verbal sistemática terminó poniendo en riesgo la continuidad del propio proyecto político?
