Opinión
Memoria: el nefasto populismo energético

Exsecretario de Energía. Exdirector de YPF.
:format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/06/cristina_kirchner.jpeg)
La falta de inversión en los años kirchneristas puede estimarse entre USD 20.000 y 25.000 millones.
El populismo energético consistió en dejar contenta a la gente a través del no pago de las tarifas de electricidad. Eso produjo un efecto doble y muy nocivo: exacerbó la demanda y deterioró la oferta.
Por un lado, la gente no cuidaba el consumo ni se preocupaba por comprar artefactos o máquinas de alto rendimiento, que son más caras, pero más eficientes. Dado que la energía que iban a usar estaba prácticamente regalada, se optaba por equipamientos de bajo rendimiento. Además, no existía ningún uso racional de la energía.
En los países más avanzados —o incluso en aquellos no tan desarrollados pero donde la energía se paga a su costo— existen sistemas de construcción de viviendas, oficinas y edificios en general que prevén instalaciones orientadas al ahorro energético: mejoras en aberturas, doble orientación, aislación térmica y otras medidas para reducir el consumo, tanto lumínico como de calefacción y refrigeración.
En los cuatro gobiernos kirchneristas, con señales de precios artificialmente bajas, la demanda se exacerbó. Pero, por otro lado, lo que no pagaba la demanda —que abonaba apenas el 15% o 20%— tampoco lo pagaba el Estado en forma consistente. Si la propuesta hubiera sido seria, el Gobierno habría cubierto ese 80% restante a través de endeudamiento, recursos del Tesoro, inflación o emisión. Pero no lo hizo.
Como consecuencia, se produjo una fuerte desinversión en el sistema. Las empresas distribuidoras no tenían tarifas que permitieran invertir en redes, y las generadoras y los inversores en alta tensión no tenían incentivos, ya que no existía garantía de que esa situación se revirtiera. Un generador dependía del humor del funcionario de turno que debía otorgarle un subsidio, porque lo que no pagaba la demanda tenía que ser cubierto por el Estado para que CAMMESA pudiera pagarle al generador. Era un sistema totalmente incierto.
De este modo, por un lado se exacerbó la demanda y, por otro, cayó la oferta. Esto generó una situación muy grave que derivó en cortes salvajes de electricidad, especialmente en 2013 y 2014. En 2015 la situación mejoró levemente con la actualización tarifaria que realizó el gobierno de entonces.
Otro efecto colateral, no menos importante, fue el impacto en la balanza comercial energética, que llegó a registrar saldos negativos superiores a los 10.000 millones de dólares. Básicamente, la falta de incentivos y el fuerte intervencionismo en precios, en un contexto de alta inflación, provocaron una caída muy marcada de la exploración y, sobre todo, de la explotación de hidrocarburos, en particular en Vaca Muerta y en la producción de gas.
Además, la infraestructura no alcanzaba para cubrir los picos de consumo invernal. Más del 30% de la demanda de invierno se cubrió con importaciones de gas natural licuado, que se regasificaba en dos plantas flotantes instaladas en 2008. Aunque originalmente se preveía su uso por un año, una de ellas todavía sigue operando en Escobar, ya que la de Bahía Blanca fue retirada. Esto implicó un drenaje de divisas muy significativo.
La falta de inversión, principalmente como consecuencia de los cuatro gobiernos kirchneristas en lo que va del siglo, puede estimarse entre 20.000 y 25.000 millones de dólares, distribuidos en los tres segmentos del sistema eléctrico: transporte, generación y distribución.
Para recuperar la calidad de servicio que existía en 2003 —antes del congelamiento tarifario, las intervenciones del Estado y la creación de mecanismos como el NACE— sería necesario realizar ese nivel de inversión. En aquel momento, la tarifa era plena, los usuarios pagaban lo que correspondía y el sistema venía de casi diez años de fortalecimiento sostenido del sector eléctrico y energético en general.
Por todo esto, es fundamental no repetir esta experiencia nefasta de intervencionismo y populismo en el sector energético, y dejar de utilizarlo como variable de ajuste político en lugar de económico. Incluso el gobierno actual debería avanzar en una mayor liberalización del sector energético para permitir su desarrollo sostenible.
