Efemérides
Martín de Güemes: demagogo para Paz, delincuente para Belgrano

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Lejos del bronce escolar, las voces de la revolución dejaron un retrato lleno de sombras sobre el caudillo.
Hoy se cumple un nuevo aniversario del nacimiento de Martín Miguel de Güemes lo que obliga a volver sobre una figura. No la del héroe pulido por la tradición escolar ni la del caudillo romántico convertido en estatua, sino la de un hombre real, atravesado por tensiones sociales, ambiciones personales y miradas profundamente contradictorias de sus contemporáneos. Recordarlo en esta fecha clave no significa una adhesión automática a su figura, sino la posibilidad —y la necesidad— de discutirla con honestidad histórica.
Comenzamos por su origen cuasi noble, muy diferente a lo que popularmente se considera. Martín Miguel de Güemes fue hijo del funcionario español Gabriel de Güemes Montero, Tesorero Oficial Real de Cajas en Salta, por lo que su infancia transcurrió en la opulencia de cualquier familia pudiente. No nació entre los márgenes ni en la pobreza rural que luego diría representar, sino en el corazón mismo de la elite colonial. Esa posición económica le permitió acceder a una educación privilegiada en una época en la que saber leer ya implicaba pertenecer a un mundo social restringido, porque no existían escuelas públicas y aprender era costoso.
Desde pequeño se desenvolvió en los círculos patricios de su provincia y fue considerado parte natural de ese universo. El quiebre no vino de una marginación previa, sino de una decisión política posterior: la de construir poder apoyándose en los gauchos. Allí comenzó una transformación que sería tan eficaz como problemática. Su liderazgo no surgió de compartir origen con los sectores populares, sino de saber utilizarlos como base de autoridad.
Sabemos que luchó por la libertad americana, pero mientras esto sucedía también generó desconfianza entre sus propios compañeros de causa. La revolución no lo miró de manera unánime ni mucho menos. José María Paz lo conoció hacia 1815 y dejó un retrato feroz, incómodo para la memoria oficial. Observó su capacidad para arrastrar a las masas mostrándose como uno de ellos sin serlo realmente. Para construir esa cercanía, la ropa del caudillo imitaba la del gaucho en la forma, aunque con materiales lujosos: cordones de oro o plata y una colección abundante de trajes. A través de un mensaje antioligárquico seducía, aunque provenía de alguien que pertenecía exactamente a esa oligarquía.
El propio General Paz escribió esta actitud del caudillo en sus memorias:
“Cuando se proclamaba, solía hacer retirar a toda persona de educación y aun a sus ayudantes, porque sin duda se avergonzaba de que presenciaran la imprudencia con que excitaba a aquellas pobres gentes a la rebelión contra la otra clase de la sociedad”.
Y agregó una descripción todavía más dura, referida a su forma de hablar y a la potencia de su influencia:
“Este demagogo, este tribuno, este orador, carecía hasta cierto punto del órgano material de la voz, pues era tan gangoso, por faltarle la campanilla, que quien no estaba acostumbrado a su trato, sufría una sensación penosa al verlo esforzarse para hacerse entender. Sin embargo (… ) tenía para los gauchos tal unción en sus palabras y una elocuencia tan persuasiva que hubieran ido en derechura a hacerse matar para probarle su convencimiento y su adhesión”.
La palabra clave allí es “demagogo”, y no proviene de un enemigo realista sino de un general patriota. Esa acusación revela que el problema de Güemes ejercía un liderazgo basado en la movilización de los de abajo contra los de arriba, incluso dentro del propio campo revolucionario.
Las tensiones no terminaron en las memorias de Paz. Manuel Belgrano, jefe del Ejército del Norte y figura central de la independencia, también desconfió profundamente de él. En una carta de 1813, Belgrano aludió al modo indecoroso en que Güemes se habría comportado con una dama de la zona, pero sus críticas fueron más lejos:
“Las virtudes y servicios militares de este individuo (… ) no son tantas ni de tanto valor como se ponderan vulgarmente. Virtudes, ciertamente, no se le han conocido jamás, y sus servicios han sido manchados con ciertos excesos, o mejor diré delitos de los que tengo fundamentos muy graves para creerlos, aunque no documentos. Por lo que lo mismo considero que no podrá ser útil en este ejército que trato de depurarlo de toda corrupción a toda costa”.
No habla un adversario político menor, sino Belgrano. Y lo que pone en duda no es un detalle, sino la integridad misma del personaje. La revolución también fue esto: desconfianza, acusaciones morales, luchas de poder internas.
Sin embargo, la historia rara vez es lineal. La figura de Güemes terminó asociada a la defensa del norte y a la participación armada de los sectores populares, elementos que la memoria posterior transformó en épica. Pero esa épica convive con las sombras que dejaron sus contemporáneos.
Por eso, recordar hoy su nacimiento como fecha clave no debería significar repetir una hagiografía, sino revisar las interpretaciones de su accionar y su verdadero lugar en la historia.
