Efemérides
Mar del Plata cumple años: historia de la ciudad de todos

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Desde su fundación hasta hoy, un destino que forma parte de la vida de millones.
«Tengo por Mar del Plata una pasión física tremebunda. La parte animal de mi persona se entiende de mil maravillas con este clima, con esta tierra y con todo cuanto crece en ella. Adoro estas playas kilométricas que mis pies conocen íntimamente, pues hace años las recorro descalza. Me sé de memoria la forma de todas sus rocas…».
La confesión de Victoria Ocampo no es solo una declaración íntima: es, de algún modo, la síntesis emocional de lo que Mar del Plata ha significado para generaciones enteras de argentinos. Una ciudad que no se mira solamente con los ojos, sino que se siente con el cuerpo y con la memoria.
Hablar de su creación obliga a regresar a aquel 10 de febrero de 1874, cuando Patricio Peralta Ramos fundó oficialmente el poblado sobre las tierras del antiguo Puerto de la Laguna de los Padres. El decreto provincial que dio nacimiento a la villa no podía anticipar que, con el tiempo, ese punto del mapa se transformaría en el gran escenario del descanso argentino, en una geografía sentimental donde millones de historias personales encontrarían refugio. La fundación fue un acto político y económico, pero su destino terminó siendo profundamente emocional.
Antes de esa fecha hubo intentos, como el establecimiento promovido por Coelho de Meyrelles en 1857, y después llegaría el impulso decisivo de Pedro Luro desde 1877, quien imaginó un balneario de estilo europeo capaz de atraer a las élites del país. Entre saladeros, proyectos portuarios y sueños de modernidad, la ciudad comenzó a construirse mucho antes de convertirse en postal turística. Sin embargo, lo que la volvió única no fue solo su desarrollo material, sino la relación íntima que los argentinos establecieron con sus playas.
Porque Mar del Plata no es únicamente una ciudad: es una experiencia compartida. En mi propia historia —como en la de tantos— aparece ligada a la infancia. Siendo niña pasé allí muchas vacaciones, y todavía hoy siento que una parte de mí sigue corriendo sobre la arena húmeda, mirando el mar con asombro, creyendo que el verano podía ser eterno, al igual que la vida. Como para muchos de argentinos, mi infancia continúa jugando en Mar del Plata, suspendida en un tiempo luminoso donde todo parecía posible. Las ciudades que habitamos de niños nunca nos abandonan del todo; permanecen como una patria secreta en el sentido más borgiano.
Tal vez por eso Mar del Plata se convirtió en el gran territorio emocional del país. A diferencia de otros destinos, aquí el recuerdo personal se mezcla con la historia cultural, teatral y gastronómica. Es la ciudad donde el ocio se volvió derecho, donde las vacaciones dejaron de ser privilegio para transformarse en ritual colectivo. Hoteles, teatros, rambla, carpas y tardes interminables frente al mar fueron componiendo una identidad que pertenece tanto a la memoria privada como a la historia pública. Mardel está en Buenos Aires, pero es un poco de todos los argentinos.
Es también un lugar atravesado por la poesía y la tragedia. Fue en estas aguas donde Alfonsina Storni eligió dejar se “fue a dormir”, en un gesto que unió para siempre la belleza del paisaje con la intensidad del dolor humano.
Pocas ciudades lograron convertirse, con tanta fuerza, en parte de la biografía íntima de un país.
Quizás por eso las palabras de Victoria Ocampo siguen resultando tan verdaderas. Hay en Mar del Plata algo físico, casi animal, que nos llama. Una mezcla de viento, sal, horizonte, memoria que nos devuelve a quienes fuimos y a momentos de felicidad. Algunas ciudades no se visitan: se llevan para siempre dentro del corazón.
