Efemérides
Los misterios detrás de la muerte de Julio Cortázar

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El final del gran escritor argentino quedó marcado por diagnósticos, silencios y una controversia.
“Música, melancólico alimento para los que vivimos de amor.” La frase asoma en Rayuela como un guiño íntimo, casi doméstico, y hoy funciona también como un umbral: cuando pensamos en Julio Cortázar, pensamos en el escritor que hizo del ritmo —del jazz, del fraseo, de la respiración de una escena— una forma de mirar el mundo. Cada 12 de febrero se vuelve a él, no sólo porque recuerda su muerte en París en 1984, a los 69 años, sino porque obliga a volver sobre una pregunta que la historia literaria todavía no ha cerrado del todo: de qué murió realmente Cortázar.
Durante décadas, la versión aceptada fue clara. Las crónicas periodísticas del momento hablaron de un proceso leucémico que se había agravado en los meses previos y que culminó en una internación breve antes del desenlace. Esa explicación médica, repetida en biografías y homenajes, fijó una imagen relativamente ordenada del final: la enfermedad, el hospital, la muerte en la ciudad que había elegido como patria espiritual. Sin embargo, como ocurre con tantas figuras mayores del siglo XX, la verdad clínica convivió con otra verdad más incierta, sostenida en recuerdos personales, silencios familiares y el clima sanitario de una época marcada por el miedo.
Con el paso de los años comenzó a circular una hipótesis distinta, íntima y perturbadora. Según el testimonio de personas cercanas, Cortázar habría contraído sida a comienzos de los años ochenta, posiblemente a partir de una transfusión de sangre recibida tras una hemorragia gástrica en 1981, cuando el virus todavía no estaba plenamente identificado por la medicina ni por la opinión pública. La idea no puede confirmarse de manera documental concluyente, pero tampoco puede descartarse sin más: se apoya en una cronología verosímil, en el deterioro progresivo de su salud y en un contexto histórico en el que Europa —y particularmente Francia— atravesaba escándalos sanitarios vinculados a sangre contaminada con VIH. La historia médica del período vuelve, así, posible lo que el parte oficial nunca mencionó.
Esa zona de ambigüedad dice tanto sobre Cortázar como sobre los años en que murió. El sida no fue sólo una enfermedad: fue estigma, silencio y miedo colectivo. Muchas muertes se narraron entonces con diagnósticos más aceptables socialmente, y la frontera entre discreción y ocultamiento resultó difusa. Pensar que el autor de Bestiario pudo haber sido una de esas víctimas silenciosas no modifica su obra, pero sí ilumina el clima moral de los ochenta, cuando la medicina todavía buscaba nombre para lo que devastaba cuerpos y biografías.
A ese trasfondo sanitario se sumaba un golpe íntimo imposible de medir en análisis clínicos. La muerte de Carol Dunlop en 1982, compañera de viaje, de escritura y de vida, dejó a Cortázar en una intemperie emocional que sus cartas apenas logran disimular. Quienes lo trataron en esos años hablan de una tristeza profunda, de un cansancio que parecía exceder lo físico. En la historia de los escritores, los duelos no figuran en los certificados de defunción, pero muchas veces explican la forma en que un cuerpo decide rendirse. Cortázar, que había explorado como pocos la fragilidad de lo real, parecía atravesar entonces su propio territorio de sombras.
Su entierro en el cementerio de Montparnasse cerró, en apariencia, la historia. Sin embargo, cada aniversario demuestra lo contrario. Las muertes de los grandes escritores nunca terminan de ocurrir, porque quedan suspendidas en la lectura, en la discusión, en la necesidad de volver a preguntar. ¿Murió Cortázar de leucemia, como dijeron los médicos de 1984? ¿Fue el sida, silencioso y todavía innombrable, el verdadero responsable? La historiadora no puede afirmar más de lo que las fuentes permiten, pero sí puede señalar el espesor de la duda, ese territorio donde la biografía se mezcla con la cultura de una época.
Tal vez allí resida el sentido profundo de esta fecha clave. Recordar el 12 de febrero de 1984 no es sólo evocar un final, sino mirar de frente los miedos, silencios y fragilidades del siglo que Cortázar habitó. Su muerte, como su literatura, permanece abierta. Y en esa apertura —hecha de preguntas sin cierre, de música posible en el último instante y de verdades que nunca son únicas— sigue respirando la intensidad de una obra que se resiste a desaparecer.
