Efemérides
La maldición de Tutankamón: ¿alcanzó también al descubridor de la tumba?

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A 87 años de su muerte, la figura de Howard Carter vuelve a quedar bajo la sombra del mito más famoso del siglo XX.
Cada 2 de marzo se cumple un nuevo aniversario de la muerte de Howard Carter, el arqueólogo británico que en 1922 abrió la puerta más famosa del Valle de los Reyes: la de la tumba de Tutancamón. Carter murió en Londres el 2 de marzo de 1939, con 64 años, tras un deterioro de salud ligado a la enfermedad de Hodgkin (un tipo de linfoma).
Pero para el gran público, su fallecimiento nunca fue “solo” un dato biográfico. Desde 1923, el descubrimiento había quedado atrapado en una narrativa irresistible: la supuesta Maldición de Tutancamón, una idea que mezcló periodismo sensacionalista, espiritualismo de época, miedo a profanar tumbas y, sobre todo, una secuencia de muertes reales —algunas cercanas a la excavación, otras apenas tangenciales— que fueron convertidas en “pruebas”.
Cómo nació la “maldición”
Lo primero que conviene decir es que no se halló una maldición escrita en la tumba de Tutancamón. Aun así, el mito prendió rápido cuando, tras la apertura, la prensa amplificó advertencias y presagios.
Un papel clave en esa construcción lo desempeñó una figura que no era egiptóloga ni arqueóloga, sino escritora: Marie Corelli, novelista británica, autora de enorme éxito en la Inglaterra victoriana y eduardiana.
En 1923, poco después de que se conociera la muerte de Lord Carnarvon —el aristócrata que financiaba las excavaciones—, Corelli envió una carta al periódico New York World advirtiendo sobre antiguos textos que hablaban de terribles castigos para quienes perturbaran tumbas egipcias selladas. Su intervención no creó la maldición, pero la legitimó ante el gran público, porque provenía de una autora famosa vinculada al mundo espiritualista.
La combinación era perfecta: arqueología, oro faraónico, muerte repentina y una escritora célebre hablando de castigos ancestrales.
Quiénes “fueron muriendo” y por qué se hablaba de maldición
La lista de “víctimas” varía según la fuente, pero hay un núcleo duro que se repite porque enlaza muerte y proximidad al hallazgo:
- Lord Carnarvon (George Herbert, 5° conde de Carnarvon): murió en El Cairo el 5 de abril de 1923, tras una infección que se asoció a una picadura de mosquito agravada y complicaciones que derivaron en neumonía. En su momento, la coincidencia temporal con la apertura fue dinamita narrativa. Fuentes médicas e históricas detallan el cuadro infeccioso y diagnósticos de la época, que apuntan a causas naturales, no “místicas”.
- George Jay Gould (visitante del sitio): fue presentado como víctima tras enfermar y morir en 1923, reforzando la idea de que “hasta mirar” la tumba podía ser peligroso.
- Sir Archibald Douglas-Reid (radiología asociada al caso): su muerte en 1924 fue absorbida por el relato como si el simple contacto técnico con la momia implicara un precio.
- Arthur C. Mace (equipo de excavación): falleció en 1928.
- Richard Bethell (secretario de Carter) y la tragedia familiar posterior: su muerte en 1929 (en circunstancias sospechosas, según el folklore del caso) y luego el suicidio de su padre fueron incorporados al mito como “maldición que persigue”.
- Mervyn Herbert (medio hermano de Carnarvon): murió en 1929 y fue sumado al rosario de fatalidades alrededor del patrocinador.
Entonces, ¿Carter “cierra” la lista?
Carter, que despreciaba la idea de la maldición (la consideraba “tommy rot”, una tontería), murió dieciséis años después de la muerte de Carnarvon. Esa distancia temporal fue usada por muchos para refutar el mito… y por otros para sostenerlo: “la maldición tarda, pero llega”.
Las fuentes especializadas sobre su vida final insisten en lo contrario: Carter se fue apagando por enfermedad, con un deterioro progresivo. En sus últimos años el malestar lo dejó postrado, compatible con un cuadro tipo Hodgkin.
La “maldición” frente a la evidencia
Un modo sobrio de mirar el asunto lo ofreció incluso la medicina: un estudio histórico de cohorte publicado por BMJ revisó la supervivencia de personas “expuestas” a la supuesta maldición y la comparó con controles, buscando si había realmente un patrón de mortalidad anómalo. Su sola existencia dice mucho: la maldición es un fenómeno cultural tan potente que terminó siendo medido con métodos científicos.
Al final, el caso Carter funciona como espejo de la arqueología convertida en mito. Su muerte, en este nuevo aniversario, vuelve a recordarnos que Tutancamón no solo dejó oro: dejó una historia perfecta para el siglo XX, donde la excavación se mezcló con el espectáculo, el miedo y la necesidad de creer que abrir una tumba sellada durante milenios debía tener consecuencias. Y sin embargo, cuando uno sigue el rastro documental, lo que aparece no es una sentencia sobrenatural, sino una cadena de diagnósticos, infecciones, casualidades y titulares que hicieron el resto.
