Historia Argentina
La esposa del tirano: Encarnación Ezcurra, poder, violencia y odio

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Persiguió opositores con fanatismo. El intento de convertirla en heroína dice más del presente que del pasado.
La historia íntima del poder rosista no puede comprenderse sin Encarnación Ezcurra. No como figura decorativa ni como esposa relegada, sino como una mujer que apoyó de manera incondicional a Juan Manuel de Rosas, compartiendo su lógica política, su desprecio por el adversario y su concepción autoritaria del orden. En tiempos recientes, una relectura interesada —alentada desde el kirchnerismo y reivindicada por Cristina Kirchner— intentó elevarla al rango de figura admirable, algo que lejos estamos de afirmar.
El vínculo entre el Restaurador y Encarnación comenzó formalmente en 1813, cuando decidieron casarse. Ella era apenas dos años menor, pero poseía un carácter fuerte, decidido y combativo que calzaba a la perfección con el temperamento del futuro gobernador. No se trató sólo de una unión romántica: fue una alianza de voluntades, una sociedad política cimentada en la ambición y el control. Tanto, que bien podría decirse que ella fue una especie de Rosas con polleras.
Pero no todo fue fácil. Doña Agustina López Osorio, madre de Juan Manuel, rechazaba a la joven Ezcurra. Frente a esa resistencia, Rosas ideó una maniobra tan eficaz como reveladora del clima moral de la época: dejó deliberadamente a la vista de su madre una carta en la que Encarnación afirmaba estar embarazada. El efecto fue inmediato. Tres semanas después, la boda se celebró. La historia familiar arrastra desde entonces una ironía cruel: el embarazo duró catorce meses, y el niño nació mucho después de lo esperable. El matrimonio tuvo tres hijos; solo sobrevivieron Juan Bautista y Manuela.
Sin duda alguna, la fusión entre ambos fue absoluta. Así lo dejó escrito Lucio V. Mansilla, sobrino de Rosas, en una biografía dedicada a su tío:
“(…) la encarnación de aquellas dos almas fue completa. A nadie quizá amó tanto Rosas como a su mujer, ni nadie creyó tanto en él como ella; de modo que llegó a ser su brazo derecho, con esa impunidad, habilidad, perspicacia y doble vista que es peculiar a la organización femenil. Sin ella quizá no vuelve al poder. No era ella la que en ciertos momentos mandaba; pero inducía, sugestionaba y una inteligencia perfecta reinaba en aquel hogar, desde el tálamo hasta más allá.”
Estas palabras son clave. Encarnación fue fundamental para el engranaje rosista. En 1833, mientras su marido se encontraba en campaña contra los pueblos originarios del desierto, ella asumió un rol político activo en Buenos Aires. Sus cartas lo confirman con claridad inquietante: devoción absoluta por su esposo y una abierta satisfacción por dañar a los opositores.
Llamativamente, en una de esas misivas, Encarnación Ezcurra deja al descubierto una de las contradicciones más obscenas del rosismo. Mientras Juan Manuel de Rosas se presentaba en el espacio público como continuador de Manuel Dorrego —llegando incluso a utilizar su cadáver como símbolo y herramienta política—, en la intimidad del poder su entorno desnudaba un desprecio brutal hacia la familia del caudillo fusilado. Así lo demuestra el lenguaje con el que Ezcurra se refiere a Ángela Baudrix, viuda de Dorrego, sin que medie pudor alguno:
“No sé si te he dicho que don Luis Dorrego y su familia son cismáticos perros [los rosistas llamaban cismáticos a la facción federal contraria], pero me ha oído este ingrato y si alguna vez recuerda mis expresiones estoy segura tendrá un mal rato; la viuda de don Manuel Dorrego también lo es, aunque en esta prostituida no es extraño” (Carta de Ezcurra a Juan Manuel de Rosas, del 4 de diciembre de 1833).
¿Es esta la “figura grandiosa” que pretende rescatar el kirchnerismo? Encarnación Ezcurra fue coherente, sí, pero coherente con la tiranía. Militó el miedo, celebró la persecución y naturalizó la violencia verbal y política como herramientas legítimas del poder. Y todo eso no fue denunciado por sus contemporáneos.
El 20 de octubre de 1838 el rosismo perdió a su mejor soldado y, con su muerte, se desató un clima de rumores incomprobables que recorrió Buenos Aires con la misma intensidad que el miedo que había caracterizado al régimen. Se dijo —y la versión persistió durante décadas— que Juan Manuel de Rosas se encerró a solas con el cadáver, que lloró de manera descontrolada junto a ella y que, en un estado de perturbación, descargó su furia contra dos sirvientes con discapacidades mentales.
Los funerales fueron fastuosos como jamás se habían visto en Argentina, y el régimen impuso un luto obligatorio de dos años. El duelo dejó de ser un sentimiento íntimo para convertirse en una orden política. Nadie podía sustraerse al llanto, nadie podía mantenerse al margen. La muerte, como había ocurrido con la vida de Encarnación, fue transformada en un acto de poder.
Intentar dar a su figura el estatus de heroína es una operación ideológica, no un ejercicio de historia. Un relato más con el que el kirchnerismo busca resignificar el pasado para legitimar una tradición política autoritaria, blanquear la violencia como compromiso militante y transformar a los cómplices del poder en supuestos símbolos de coraje y emancipación.
