La épica argentina de siempre: milagro y sufrimiento para seguir vivos

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Gargantas explotadas. Lagrimas y la necesidad de volver a vivir para ganar el Mundial.
Egipto golpeaba con la frialdad de las pirámides y el partido se nos iba de las manos, como tantas veces se nos fue el destino. Transcurrían los últimos minutos y la derrota nos dejaba afuera del Mundial. Era el abismo. La esperanza se diluía con el segundo gol de ellos hasta que de pronto, en solo 13 minutos, la vida cambió en un grito que estalló en nuestra garganta y desgarró la modorra de una tarde que se hizo inolvidable. Ganamos. Clasificamos. Contra toda lógica, y contra el libreto escrito en un partido esquivo, complejo y poco amable, estamos en cuartos.
Quienes habitualmente se acercan a estas líneas saben muy bien cuál es el territorio que nos resulta cómodo. Esta columna está pensada, casi por definición, para recordar el pasado, homenajear nuestras historias y disfrutar de la buena melancolía. Nos hamacamos con gracia en el ayer, buscando en los viejos cafés, en la memoria y en las glorias blanco y negro el refugio tibio que la realidad nos niega. Luchamos contra el olvido. Somos una especie de arqueólogos del recuerdo. Pero esta vez, el Mundial nos obliga a un volantazo imprevisto, a cambiar el discurso por completo. La urgencia de la pelota nos empuja a abandonar la comodidad del lamento, a sacudirnos el polvo de la nostalgia para empezar, por una vez, a disfrutar del presente y a esperar, con el pecho abierto y los ojos limpios, un guiño del futuro.
El martes pasado, mientras las bocinas empezaban a quebrar el aire denso de las avenidas, volví a pensar en la arquitectura invisible de nuestra identidad. Porque el triunfo ante los egipcios no fue un simple resultado deportivo. Fue, me parece, un hecho rigurosamente argentino. Una nueva puesta en escena de nuestro drama predilecto: la épica del milagro que brota, reluciente y prepotente, del barro del sufrimiento más oscuro.
A nosotros no nos sienta bien la prosperidad lineal. Nos aburre el progreso previsible de los manuales escandinavos. Somos, después de todo, los herederos de un suelo que lo tuvo todo y prefirió el abismo; el único país del mundo que conoció el desarrollo del primer orden y decidió, por una misteriosa pulsión colectiva, desandar el camino para habitar la incertidumbre. Nos forjamos entre los fogonazos de la opulencia de principios del siglo pasado y el derrumbe sistemático de cada ilusión.
Los argentinos no sabemos qué hacer con la calma; cuando la economía amaga con estabilizarse o la política amenaza con volverse previsible, el cuerpo nos pide una zancadilla, un volantazo hacia el caos, como si la normalidad fuese una llanura gris incompatible con nuestro ADN. Necesitamos el riesgo, la víspera de la catástrofe, para que el instinto de supervivencia nos devuelva la lucidez. Somos habitantes de la cornisa, equilibristas sin red que necesitan sentir el vértigo del vacío para recordar que estamos vivos. Llevamos décadas (o acaso siglos) ensayando el arte del naufragio. Construimos crisis con la misma facilidad con la que otros países levantan autopistas; devaluamos certezas, dilapidamos legados y nos hamacamos en un péndulo macabro de frustraciones y desencantos colectivos. Si miramos la historia con el frío lente de la economía o de la ciencia política, somos el territorio del desacierto crónico, el laboratorio perfecto para probar lo que nunca va a funcionar.
Sin embargo, aquí estamos. Somos sobrevivientes profesionales.
El misterio de esto que somos se trasladó ayer de manera matemática al césped. Cuando salimos a la cancha con el viento a favor y la lógica de nuestro lado, solemos encerrarnos en nuestra propia soberbia o diluirnos en la intrascendencia. Necesitamos la soga al cuello. Necesitamos que el rival nos someta, que la prensa nos condene, que el árbitro nos juegue en contra y que el destino parezca sellado bajo siete llaves. Recién ahí, cuando el hincha se agarra la cabeza y empieza a sentir la llegada de la angustia en lágrimas, se enciende la chispa sagrada. El gol agónico contra Egipto fue la enésima prueba de que el milagro es nuestra única política de Estado eficiente.
¿Por qué nos cuesta tanto lo sencillo? ¿Por qué el camino hacia la gloria debe estar pavimentado de espinas, taquicardias y promesas a la Virgen imposibles de cumplir? Quizás porque el dolor le otorga al triunfo una pátina de nobleza que la comodidad jamás podría comprar. Un triunfo holgado, un tres a cero pacífico y previsible contra una potencia de segundo orden, nos resulta insípido, casi una ofensa a nuestra tradición melodramática. Necesitamos el gol con la mano, el penal atajado con las uñas, el remate en el poste en el último segundo del tiempo suplementario. Necesitamos sentir que le ganamos a la muerte.
La épica argentina es, en el fondo, una declaración de rebeldía contra la realidad. Un país que ha visto fracasar a gobiernos de todos los signos, que ha soportado planes económicos delirantes, que ha enterrado sueños colectivos con una frecuencia alarmante, encuentra en estos noventa minutos de catarsis la justificación de su fe. No una fe racional, desde luego. Sino una fe mística, casi pagana, que se alimenta del desastre. El triunfo ante Egipto nos devuelve la ilusión de descubrir, otra vez, ese gen de talento oculto que nos rescata del último vagón del último tren.
El peligro, desde ya, será la romantización del sufrimiento. Nos hemos vuelto tan habitués a la épica del rescate milagroso que a veces olvidamos la importancia de la planificación, del orden, del trabajo silencioso que evita, precisamente, tener que apelar a la magia en el minuto final. Y no hablo de Scaloni ni de los jugadores. Hablo de nuestra vida diaria. Trasladamos la lógica del potrero a las instituciones, esperando que un golpe de suerte o un líder providencial solucione lo que no supimos construir en los años de calma. Vivimos esperando un pelotazo largo que nos salve del descenso cotidiano.
Hoy, con el eco de los festejos todavía flotando en las calles de la ciudad, resulta difícil ponerse el traje de analista riguroso. El fútbol tiene una suerte de permiso impune para suspender la incredulidad. Ver a esos once muchachos abrazados en el centro de la cancha, con los ojos húmedos y el pecho inflado, es reconciliarse con la parte más noble de nuestro ser nacional. Es entender que el sufrimiento no es en vano, que cada frustración acumulada es solo el combustible necesario para que el estallido final sea más hermoso, más ensordecedor, más eterno.
Egipto ya es historia. Un hito más en este mapa de la desmesura. Nos quedan por delante nuevos sufrimientos, nuevos abismos y, si la providencia nos sigue mirando de reojo, nuevos milagros. Porque somos un pueblo condenado a padecer, pero bendecido con la gracia de la épica inesperada. Un país que, cuando todos lo dan por muerto, se levanta de la lona, se limpia la sangre de la cara, mira al mundo a los ojos y, con una sonrisa canyengue, vuelve a ganar un partido imposible.
Hasta la próxima. Me voy al cardiólogo.
