La pelota nos salva del naufragio

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Raúl Vázquez nuevamente con su hábil pluma nos describe la difícil vida cotidiana mientras se juega un Mundial.
En estos días, caminás por la calle con el ceño fruncido y esa pesadez en las piernas que ya no es cansancio físico, sino el sedimento denso de la realidad argentina. Cruzás una esquina cualquiera de Buenos Aires (digamos, avenida Rivadavia a la altura que prefieras, donde el ruido de los colectivos astilla los tímpanos) y, de repente, lo ves. No es un monumento, no es un cartel luminoso, no es un prócer de bronce. Es un pibe descalzo, o un tipo de traje que espera el bondi, o un jubilado que arrastra la bolsa de los mandados. Y ahí, flotando en el aire invisible de la vereda, una latita de gaseosa aplastada o un bollo de papel que el viento hamaca contra el cordón.
Y ya sabés lo que va a pasar. El tipo del traje también lo sabe. Hay una milésima de segundo donde el universo entero se detiene. El pie derecho se acomoda, el cuerpo se inclina levemente hacia atrás y la punta del zapato conecta con el objeto. Un pase corto, un amago sutil al fantasma de un defensor imaginario o un remate suave que termina debajo de un auto. El tipo sigue caminando como si nada, acomodándose la corbata. El jubilado sonríe de costado. Y vos, que venías masticando la bronca del último aumento de tarifas, respirás profundo y sentís que, por un instante, el pecho se te desinfla.
Nosotros no caminamos. Los argentinos transportamos una pelota invisible entre los pies. Vivimos en un estado de posesión esférica permanente. Nuestra cabeza es un estadio techado donde siempre, pero siempre, se está jugando un partido de fondo.
Y además, cada cuatro años, llega el estruendoso estallido del Mundial.
A primera vista, la escena roza la patología social. Los sociólogos de feria, o los intelectuales de café que miran la realidad con ese binocular de la superioridad moral, no tardan en afilar los colmillos. Ya los escucho, con sus voces engoladas y sus adjetivos de manual, dictando sentencia desde alguna tribuna académica o algún panel televisivo de medianoche: "El fútbol es el opio de los pueblos", dicen. "Nos están distrayendo con veintidós millonarios corriendo detrás de una pelota mientras el país se cae a pedazos", repiten, como si hubieran descubierto la pólvora.
Sostienen que el Mundial es una puesta en escena del canibalismo comercial, un anestésico social diseñado para que nos olvidemos del dólar, de la inflación, de las jubilaciones de miseria y de esa burocracia que nos devora los días en los pasillos de cualquier juzgado o dependencia estatal. Para ellos, gritar un gol mientras el tejido social se deshilacha es una muestra de inmadurez cívica y una claudicación intelectual.
Es cierto que tienen argumentos. Si uno se pone frío, si uno apaga el corazón y enciende el sentido común, es fácil darles la razón. Es indignante ver cómo se paraliza un país, cómo se cierran las escuelas para ver un partido de primera fase, cómo se decreta feriado cuando le ganás a una potencia, cómo nos cambia el humor de la semana el trayecto de un balón que roza el palo y sale. Visto desde la pura lógica, el fútbol es una soberana pelotudez. Una pérdida de tiempo, de energía y hasta de recursos.
Pero qué poco entienden de la vida aquellos que solo entienden de lógica. Qué ciegos son aquellos que creen que la existencia humana se reduce a un balance contable, a una planilla de Excel, al índice de riesgo país o a un libro de historia. Qué inútiles parecen aquellos que no se dan cuenta de que, entre las cosas menos importante de la vida, el fútbol es la más importante de todas.
Vamos a decir las cosas como son. Sin anestesia. Con el pulso tembloroso de quien escribe con la certeza de meter un dedo en la llaga, digo y afirmo que en este rincón del mapa, desde hace décadas, vivir se ha vuelto una tarea casi imposible. No nos hagamos los distraídos. La Argentina ya no es un país en el que esté bueno vivir. Esta tierra es más bien un laberinto de incertidumbres donde el futuro es una moneda que siempre cae del otro lado.
En este suelo, sobrevivir es un deporte de alto riesgo. El ciudadano de a pie se levanta a la mañana con el alma cansada, cruzando los dedos para que el tren no se quede, para que el sueldo llegue a fin de mes y para que la delincuencia no le arrebate lo poco que tiene. Llevamos los hombros caídos de tanto cargar con las promesas rotas de una dirigencia que parece jugar a otra cosa, en el mejor de los casos. Porque en realidad juegan para ellos. Nos han saqueado los ahorros, nos han devaluado la confianza, nos han robado el horizonte y nos han colonizado los sueños. Tal vez por eso, en un país donde el presente es una trinchera y el mañana es un enigma insondable, la apatía resulta ser una tentación comprensible.
Te preguntarás qué nos queda cuando nos quitan casi todo. ¿Qué queda cuando el hastío y la angustia dominan nuestros movimientos? La capacidad de conmovernos. Eso. Nos queda el sagrado territorio de la pasión. Por eso, cuando los detractores del fútbol se rasgan las vestiduras denunciando el pan y el circo del Mundial, cometen un grosero error de diagnóstico: confunden el refugio con la fuga. El Mundial no nos hace olvidar la realidad; nos da la fuerza necesaria para seguir soportándola. No es una anestesia que duerme el dolor; es un desfibrilador que le devuelve el ritmo a un corazón que estaba a punto de entregarse a la resignación.
Para entender cómo nos atraviesa este juego, hay que entender que para el argentino la pelota es casi una categoría del pensamiento, un prisma a través del cual decodificamos el universo. Piénselo un segundo. ¿Cómo explicamos el amor, la traición, la lealtad o el fracaso? Con el léxico de la redonda. Si un amigo nos defrauda, "nos cambió de frente sin avisar". Si la vida nos pone en una situación límite, estamos "jugando tiempo de descuento y con el arquero yendo a cabecear". Cuando alguien tiene una lucidez inesperada, decimos que "vio el hueco donde nadie más lo vio". Cuando nadie comparte tu opinión, algunos dicen que “quedaste más sólo que Chilavert en el día del amigo”.
Esa obsesión es el tejido invisible que nos une. Podés subirte a un taxi en Flores, bajarte en Villa Luro, tomar un café en San Telmo o caminar por las diagonales de La Plata; no importa la clase social, la edad, el signo político ni la religión. Si tirás sobre la mesa el nombre de un jugador, la jugada polémica del último domingo o el recuerdo de aquel gol que nos hizo llorar a todos, la distancia se evapora. Nos convertimos en hermanos de una cofradía laica cuyo único dogma es el rebote caprichoso de una esfera de cuero.
Durante el mes y pico del Mundial, esa obsesión cotidiana se eleva a la categoría de épica colectiva. Las calles, usualmente tensas y cargadas de esa hostilidad sorda de las grandes urbes, experimentan una transmutación casi mística. Hay un silencio de panteón que precede a cada partido, una respiración contenida que unifica a cuarenta y pico de millones de almas en un solo pulmón. Y cuando llega el gol, ese grito que nace en las entrañas del living, que viaja por los patios, que salta los tapiales de los fondos y baja por las ventanas de los monoblocks, es un eco sagrado. Es el sonido de un pueblo que se reconoce vivo, que se abraza con el desconocido en la parada del colectivo y que rompe por noventa minutos las barreras del aislamiento social.
Hay que ponerse de pie y defender esa locura con uñas y dientes. Reivindiquemos el derecho al delirio, a la lágrima fácil, al grito de garganta roja y al abrazo de gol con el vecino que no sabemos cómo se llama pero que hoy, por obra y gracia uno delantero millonario, es nuestro hermano de sangre para siempre.
Porque en esa pasión, señores, está la vida. La verdadera, la única que vale la pena ser vivida. No esa pantomima de existencia gris, regulada por los horarios de oficina, los vencimientos de las tarjetas y las noticias trágicas del noticiero de las ocho. La vida es intensidad, es asombro, es la capacidad de sufrir por algo que no tiene ninguna utilidad práctica y de ser feliz por el simple hecho de ver una camiseta que nos identifica.
Te parece una exageración. Por supuesto que lo es. El fútbol es la más hermosa de las exageraciones. ¿Qué sentido tiene, si no, pasar de la euforia más absoluta a la depresión más negra en noventa minutos? Ninguno. Pero es ahí donde radica su belleza inmortal. En un mundo hiperracional, donde todo tiene que tener un porqué, un beneficio económico, un retorno de inversión o una justificación utilitaria, el Mundial se erige como el último bastión de lo puramente emocional.
Miren a los viejos de los clubes de barrio. Templos con olor a tuco y a vestuario donde los trofeos oxidados brillan en las vitrinas como si fuesen de oro. Miren los ojos de esos hombres que ya lo han visto todo, que han pasado por dictaduras, por crisis hiperinflacionarias, por planes de convertibilidad, por corralitos, por bolsos en el convento, por cascadas en la pileta y por miles de promesas incumplidas. Esos viejos que ya caminan despacio, con las manos temblorosas metidas en los bolsillos de la campera. Ponganles un partido del Mundial adelante y miren cómo se transforman. Miren cómo se les ilumina la vista con la misma chispa rebelde que tenían a los veinte. El Mundial les devuelve la infancia. Les devuelve aquel tiempo en que el mundo era un lugar ancho y lleno de posibilidades.
El Mundial nos dice, nos grita en la cara, que estamos vivos. Y nos lo dice precisamente aquí, donde tantas estructuras parecen diseñadas para convencernos de lo contrario. Para un pueblo que viene golpeado, que acumula frustraciones en el lomo como quien junta cicatrices en una guerra no declarada, el fútbol no es una diversión menor. Es una revancha simbólica.
Es la oportunidad de los postergados, de los que nunca salen en las tapas de las revistas de negocios, de los que reman en dulce de leche de lunes a viernes. En la cancha no importan los pergaminos, los apellidos patricios ni las cuentas bancarias en el exterior. En la cancha somos la astucia del potrero contra la pulcra disciplina de los europeos. Somos la gambeta que desafía a la física y al orden establecido, el desparpajo del que no tiene nada que perder y se anima a tirarle un caño a su destino.
Por eso nos duele tanto cuando perdemos y por eso tocamos el cielo con las manos cuando ganamos. Porque no estamos discutiendo la supremacía en un deporte; estamos validando nuestra propia existencia, nuestra capacidad de resistencia y hasta nuestra identidad cultural.
Dejen que vengan los profetas del desencanto con sus discursos solemnes. Dejen que sigan escribiendo sus columnas sobre la decadencia del espectáculo y la manipulación de las masas y del VAR. Nosotros seguiremos acá, con los ojos clavados en la pantalla y con el corazón en la garganta. Sufriendo por un lateral mal hecho, rezándole a santos paganos que corren de pantalones cortos sobre el pasto. Seguiremos llevando esa pelota invisible en la cabeza, buscando la latita en el piso para tirar una pared con el recuerdo de los que ya no están, evocando los mundiales de nuestra infancia como si fuesen las páginas de un libro sagrado.
Y cuando el árbitro haga sonar el silbato inicial, este país herido, este suelo tan difícil y tan amado, volverá a encenderse con el fuego sagrado de la pasión. Y luego de un instante, justo cuando los dioses hagan que la red se mueva y el grito sagrado truene en todo el país, sabremos con certeza que ninguna crisis podrá arrebatarnos la incomparable alegría de descubrir que todavía estamos vivos. Y que, mientras haya una pelota rodando en alguna esquina del barrio, siempre habrá una razón para volver a empezar.
Los dejo. En un rato juega Paraguay.
