Efemérides
La enfermedad que vació las calles y llenó los cementerios porteños

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Ataúdes en las veredas, calles vacías y una huida masiva ante un enemigo que nadie comprendía.
La epidemia de fiebre amarilla que golpeó a Buenos Aires en 1871 no solo fue una tragedia sanitaria: fue una experiencia colectiva de miedo, ignorancia científica y colapso social que marcó para siempre a la ciudad. La recordamos porque comenzó un día como hoy, volviéndose una fecha clave.
En un contexto donde se desconocían por completo las causas reales de la enfermedad, la reacción fue tan desesperada como errática. Hoy sabemos que el virus se transmite por la picadura de mosquitos infectados, pero en aquel entonces se buscaban explicaciones en el aire, en los olores, en los objetos y hasta en la moral de los enfermos.
El 27 de enero de 1871 -hace exactamente 155 años- murió la primera persona víctima de la fiebre amarilla en la ciudad, un dato que suele pasar desapercibido pero que resulta clave para entender la velocidad con la que la tragedia se desató. Ese día marcó el inicio formal de una catástrofe sanitaria sin precedentes, aunque en ese momento nadie podía dimensionar lo que vendría después. Durante febrero, la enfermedad se llevó a unas 300 personas. En marzo, el número de muertos trepó de manera brutal hasta alcanzar las 5.000 víctimas. En apenas unos meses, la ciudad perdió cerca de 14.000 habitantes, una cifra que triplicó el promedio anual de mortalidad y dejó barrios enteros sumidos en el silencio.
Ante la falta de conocimientos científicos, las autoridades tomaron medidas “a ciegas”, guiadas por teorías hoy descartadas pero entonces dominantes. Se impuso el aislamiento absoluto de los enfermos y la quema o destrucción de sus pertenencias, bajo la idea de que los objetos podían “contagiar” el mal. A la población se le recomendaba beber infusiones de manzanilla, ingerir aceite de oliva y encender fogatas con aromas agradables, convencidos de que la enfermedad se originaba en el aire corrompido. La llamada teoría de los miasmas, que atribuía las epidemias a vapores pestilentes, dominaba el pensamiento médico y urbano.
Como explica el historiador Diego Galeano, estas ideas influyeron directamente en las políticas públicas, desde el alejamiento de mataderos y cementerios hasta la ubicación de hospitales e industrias. Recién hacia fines del siglo XIX, con la difusión de los principios pasteurianos, estas concepciones comenzaron a perder fuerza.
Mientras tanto, el sistema institucional colapsó por completo. Durante casi seis meses, el Congreso dejó de sesionar y las escuelas permanecieron cerradas. La ciudad se paralizó, y el miedo se convirtió en parte de la vida cotidiana. Los ataúdes se dejaban en la puerta de las casas y llegaban a apilarse unos sobre otros, a la espera de ser trasladados. El paisaje urbano se volvió estremecedor: calles vacías, olores persistentes y campanas que no dejaban de sonar.
La crisis funeraria obligó a tomar decisiones extremas. Como señala el historiador León Rebollo Paz, fue necesario habilitar un enterratorio de emergencia en lo que luego sería el Cementerio de la Chacarita, ya que Cementerio de la Recoleta y el antiguo Cementerio del Sur no tenían espacio para nuevas inhumaciones. Faltaban ataúdes, escaseaba la mano de obra para fabricarlos y los coches fúnebres no alcanzaban, por lo que se recurrió a carros y vehículos improvisados. Incluso el Ferrocarril Oeste debió tender de urgencia un ramal hasta la Chacarita y habilitar vagones especiales para el transporte de féretros.
Quienes pudieron, huyeron de Buenos Aires hacia el interior o zonas menos pobladas. Los que no tenían recursos deambulaban aterrados por calles apestadas, expuestos al contagio y al abandono. La epidemia no solo mató: desnudó las profundas desigualdades sociales y mostró con crudeza quiénes podían escapar y quiénes quedaban atrapados.
Finalmente, el 21 de junio de 1871 se declaró oficialmente el fin de la epidemia. Pero el daño ya estaba hecho. La fiebre amarilla dejó una ciudad traumatizada, impulsó transformaciones urbanas y sanitarias de largo alcance y quedó grabada en la memoria colectiva como una advertencia brutal: la ignorancia, combinada con el miedo, puede ser tan letal como la enfermedad misma.
