Historia y ciencia
Julio Argentino Roca y los primeros rayos X en el país

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Un descubrimiento científico que sacudió al mundo, transformando la medicina y la idea misma de progreso.
A fines del siglo XIX, cuando el mundo todavía intentaba comprender la magnitud de los cambios que la ciencia estaba desatando, un descubrimiento vino a sacudir no solo a los laboratorios europeos sino también a los gabinetes políticos y médicos en países como el nuestro. El 4 de enero de 1895, el científico alemán Wilhelm Conrad Röntgen anunció al mundo la existencia de los rayos X, una forma invisible de radiación capaz de atravesar la carne y revelar el interior del cuerpo humano. El impacto fue inmediato y profundo: la medicina nunca volvería a ser la misma. Tampoco la mirada de quienes, desde el poder, concebían el progreso como una política de Estado. Entre ellos, Julio Argentino Roca.
Röntgen obtuvo por ese hallazgo el primer Premio Nobel de Física de la historia, pero su descubrimiento trascendió el ámbito académico para convertirse rápidamente en una herramienta revolucionaria. En apenas unos años, los rayos X comenzaron a utilizarse en hospitales y laboratorios de todo el mundo. Por primera vez los seres humanos podían fotografiarse por dentro. En la Argentina, su llegada se produjo en 1899, y no fue casual que uno de los primeros ciudadanos del país en someterse a un estudio radiográfico fuera el presidente de la Nación.
Julio Argentino Roca, en pleno ejercicio de su segunda presidencia, no solo estaba al tanto de las novedades científicas, sino que las promovía activamente. Su interés por la salud pública había quedado demostrado en su impulso a las campañas de vacunación y en su apoyo a la modernización del sistema sanitario. La ciencia, para Roca, no era un lujo intelectual: era una herramienta concreta de civilización y progreso. Toda una característica de la brillante Generación del 80’.
Así fue como en noviembre de 1899, el presidente visitó el llamado “laboratorio de electricidad”, ubicado en la avenida Corrientes, entre Florida y Maipú, en pleno centro porteño. Allí lo esperaba el doctor Miguel Ferreyra, un joven médico catamarqueño que encarnaba como pocos el espíritu científico de la época. Sin respaldo del Estado ni de capitales privados, valiéndose exclusivamente de sus ahorros, Ferreyra había adquirido los primeros aparatos de rayos X que llegaron a la Argentina. Antes de eso, ya había introducido en el país el suero antidiftérico de Roux, una innovación clave en la lucha contra una de las enfermedades más mortales del momento.
El encuentro entre ambos fue, en muchos sentidos, simbólico: el poder político y la ciencia experimental dialogando en un país que aún era visto por muchos como periférico. Sin embargo, allí, en ese laboratorio, la Argentina se colocaba a la vanguardia.
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Roca decidió someterse personalmente a los novedosos estudios. La escena fue registrada con asombro y un dejo de ironía por la prensa de la época. La revista Caras y Caretas dejó un testimonio inolvidable:
“El General Roca, que nunca había experimentado los rayos Röntgen, quiso ver su mano a través de ellos y lo logró. Como el doctor Ferreyra notara que en el dedo pulgar de la derecha había una desviación en el carpo, el General la atribuyó al manejo de la espada, obligatorio en su profesión; pero nosotros pensamos que tal vez sea originada por el truco, al cual el señor Presidente ha sido y es tan aficionado”.
La radiografía de la mano presidencial no solo reveló huesos y articulaciones, sino también una escena profundamente humana: un hombre poderoso, curioso, dispuesto a exponerse a lo desconocido con la misma naturalidad con la que gobernaba. No hubo temor ni desconfianza. Hubo interés genuino.
Luego vino el estudio del tórax, otro momento cargado de simbolismo:
“Tras tomar una radiografía de la mano, el doctor Ferreyra obtuvo la del tórax del Presidente, en la que –continúa Caras y Caretas– se pone de manifiesto que el general tiene corazón”.
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El laboratorio de Ferreyra era, como señalaron algunos cronistas, un verdadero oasis científico en un país todavía marcado por grandes desigualdades. Entre aparatos eléctricos y dispositivos médicos, se experimentaba con tratamientos que parecían sacados de una novela futurista. Incluso contaba con una máquina de invención propia destinada al público femenino, capaz de eliminar el “vello inoportuno” mediante sondaje eléctrico, prometiendo resultados definitivos “sin el menor inconveniente o la más mínima molestia”. Una forma primitiva -y bastante audaz- de depilación definitiva a fines del siglo XIX.
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Que el presidente de la Nación eligiera ese espacio para someterse a un estudio médico no fue un gesto menor. Fue una declaración de principios. Roca entendía que el progreso no se declamaba: se practicaba. Y que la ciencia debía ocupar un lugar central en la construcción del país moderno.
A más de un siglo de distancia, aquella radiografía presidencial sigue hablándonos. No solo de rayos X y descubrimientos, sino de una Argentina que miraba hacia adelante, que se animaba a incorporar lo nuevo y que entendía que el futuro también se construye con curiosidad, audacia y confianza en la ciencia.
