Guerra y precios internacionales
Irán, Ormuz y el petróleo, cotizando al ritmo de la guerra

Geocientista. Especializado en energía, minería y renovables
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El precio del petróleo Brent volvió a confirmar que, cuando Medio Oriente entra en combustión, el mercado energético global reacciona antes que cualquier cancillería.
El conflicto en el Golfo Pérsico reactivó el temor sobre el Estrecho de Ormuz, el paso marítimo por el que circula cerca del 20% del comercio mundial de crudo y GNL, y esa sola amenaza alcanzó para disparar una semana de extrema volatilidad. El Brent había cerrado el 5 de marzo en US$85; luego trepó a US$93 el 6 de marzo y el 9 de marzo llegó a cerrar en US$99, tras haber tocado picos mucho más altos durante la rueda. El 13 de marzo volvió a escalar y terminó en US$103 por barril, su nivel más alto desde 2022, en una señal de que el mercado sigue interpretando un riesgo severo de interrupción del suministro.
La lógica detrás de ese salto no fue sólo militar, sino también psicológica. En X, el analista militar argentino Guillermo Lafferriere planteó que el verdadero dilema de Ormuz no pasa tanto por un cierre físico total del estrecho como por la capacidad iraní de “ensuciar” el tránsito marítimo, elevar el riesgo percibido y paralizar la operatoria a través del miedo. En su análisis, sostuvo que bloquear completamente los canales de navegación requeriría una operación mucho más compleja y costosa, difícil de sostener con la marina norteamericana desplegada en la zona, pero que un minado selectivo o ataques puntuales bastan para disparar seguros, frenar buques y encarecer el barril. Esa lectura coincide con lo que efectivamente reflejó el mercado: más que una certeza de cierre total y duradero, el Brent reaccionó a la incertidumbre sobre cuánto tiempo puede mantenerse degradada la circulación por Ormuz.
Ese punto es central para entender la película completa. El mercado no necesitó ver una interrupción perfecta del flujo para entrar en pánico. Bastó con la caída del tráfico de petroleros, la amenaza de minas, los ataques a embarcaciones y la reducción de exportaciones desde el Golfo para que los operadores empezaran a preciar un shock de oferta de escala histórica. En este sentido, Reuters reportó que la Agencia Internacional de Energía ya calificó esta guerra como la mayor disrupción de suministro de la historia del mercado petrolero, con pérdidas de oferta que rondan los 8 a 10 millones de barriles diarios en marzo. Por eso, aunque en algunos momentos aparecieron señales políticas de alivio y comentarios de Donald Trump sugiriendo una eventual resolución del conflicto, cada rebote diplomático fue rápidamente neutralizado por nuevos episodios de tensión militar.
En ese contexto, la mirada de Lafferriere ayuda a ordenar el caos: Irán probablemente no esté en condiciones de sostener un bloqueo naval absoluto frente al poder de fuego estadounidense, pero sí puede generar el tipo de incertidumbre suficiente para alterar por completo la operatoria comercial. Es, en esencia, una incursión psicológica más que táctica: no necesita sellar Ormuz como si fuera un muro, le alcanza con convencer al mercado que el estrecho es un corredor demasiado peligroso para navegar con normalidad. Y eso, para el comercio petrolero, alcanza y sobra. Cuando un solo incidente puede hundir la confianza de aseguradoras, navieras y traders, el impacto económico se multiplica mucho más allá del daño físico inmediato.
La secuencia de la última semana mostró justamente esa dinámica. Primero vino la suba inicial por la expansión de la guerra y el deterioro del tránsito marítimo; después, un intento de corrección cuando el mercado especuló con una desescalada; y finalmente un nuevo salto cuando Irán reforzó su postura y continuaron los incidentes sobre infraestructura y transporte energético. Mientras tanto, la respuesta occidental se concentró en amortiguar el golpe: la AIE aprobó, en un intento por contener una crisis de desabastecimiento, la liberación de 400 millones de barriles de reservas estratégicas y Estados Unidos anunció que aportará 172 millones.
Aun con esas medidas, el mensaje del mercado sigue siendo el mismo: no hay normalidad. El Brent ya no está operando sólo contra datos de oferta y demanda, sino contra escenarios bélicos. Cada insinuación de amenaza sobre Ormuz, cada intento de ataque a buques o infraestructura se traduce en un aumento de la prima de riesgo que pega de lleno en energía, inflación, logística y actividad global. En otras palabras, el petróleo volvió a ser un botiín de guerra, y mientras el Estrecho de Ormuz siga bajo amenaza, la volatilidad no será una anomalía sino que será la regla.
