Efemérides
Hitler y la Luftwaffe: el vuelo que inquietó a Europa

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La creación de la aviación militar alemana alteró el equilibrio europeo pocos años antes de la guerra.
El 26 de febrero de 1935, en silencio y lejos de los micrófonos, Adolf Hitler firmó un decreto que cambiaría el destino de Europa. Con ese acto, nacía oficialmente la Luftwaffe, la fuerza aérea del Tercer Reich. No era un simple trámite administrativo: era la ruptura abierta con el Tratado de Versalles, el acuerdo que había desarmado a Alemania tras la Primera Guerra Mundial. Ese día, el régimen nazi dejó en claro que no aceptaría las cadenas impuestas en 1919 y que estaba dispuesto a rearmarse, aunque ello implicara desafiar al orden internacional.
El Tratado de Versalles había sido explícito: Alemania no podía poseer aviación militar. La derrota de 1918 había supuesto no sólo la pérdida de territorios y la imposición de reparaciones económicas, sino también la mutilación de su capacidad bélica. La prohibición de tener una fuerza aérea era simbólica y estratégica. La aviación había demostrado durante la Gran Guerra su potencial, aunque aún en una etapa embrionaria. Para las potencias vencedoras, impedir que Berlín desarrollara alas propias era garantizar que el Imperio alemán no volviera a amenazar los cielos europeos.
Sin embargo, la llegada del nazismo en 1933 alteró todos los equilibrios. Desde el comienzo, el nuevo régimen impulsó un vasto programa de rearme clandestino. La industria aeronáutica, que había sobrevivido bajo la apariencia de aviación civil y deportiva, fue rápidamente orientada hacia fines militares. Figuras como Hermann Göring —veterano piloto de la Primera Guerra Mundial— se convirtieron en piezas centrales de este proyecto. Cuando en 1935 se anunció oficialmente la existencia de la Luftwaffe, en realidad ya llevaba tiempo preparándose en las sombras.
La creación de la Luftwaffe no fue sólo un desafío diplomático: fue la piedra angular de la estrategia militar nazi. Hitler comprendía algo que muchos generales tradicionales no habían terminado de asimilar: el dominio del aire sería decisivo en las guerras del futuro. La aviación no era un complemento del ejército de tierra; era un instrumento capaz de desorganizar, aterrorizar y paralizar al enemigo antes incluso de que los tanques cruzaran la frontera.
En la concepción militar del Tercer Reich, los aviones desempeñaron un papel central en la llamada guerra relámpago, o Blitzkrieg. Los bombarderos en picada, como el célebre Stuka, atacaban posiciones defensivas, puentes y líneas ferroviarias, abriendo paso al avance rápido de las divisiones blindadas. El cielo se transformó en el preludio del desastre para Polonia en 1939, para los Países Bajos y Bélgica en 1940, y para Francia en pocas semanas. La combinación de velocidad, coordinación y poder aéreo generó una sensación de invencibilidad que alimentó el mito del régimen.
Pero la importancia de la Luftwaffe fue más allá del plano estrictamente militar. También fue un instrumento de propaganda. Los desfiles aéreos, las exhibiciones de escuadrones perfectamente alineados y la imagen de modernidad tecnológica reforzaban la narrativa nazi de renacimiento nacional. Tras años de humillación y crisis económica, los alemanes veían en sus nuevos aviones el símbolo tangible de que el país volvía a ser una potencia. La aviación se convirtió en metáfora de la “resurrección” alemana que el régimen prometía.
No obstante, el poder aéreo también tuvo un rostro oscuro. Los bombardeos masivos sobre ciudades marcaron un punto de inflexión en la historia de la guerra. Guernica, arrasada en 1937 durante la Guerra Civil Española por la Legión Cóndor alemana, anticipó lo que sería la devastación sistemática de centros urbanos en la Segunda Guerra Mundial. El ataque a civiles dejó de ser un efecto colateral para convertirse en una estrategia deliberada.
Paradójicamente, la fuerza aérea que había simbolizado el desafío nazi terminaría enfrentando sus propios límites. Durante la Batalla de Inglaterra en 1940, la Luftwaffe no logró quebrar la resistencia británica. El fracaso en dominar los cielos del Reino Unido frustró los planes de invasión y marcó el primer gran revés del régimen. Más adelante, en el frente oriental y frente al poder industrial de Estados Unidos, la superioridad aérea aliada acabaría por inclinar definitivamente la balanza.
Aun así, el decreto firmado en 1935 permanece como un hito decisivo. Con este accionar, Hitler anunció implícitamente que la paz impuesta en 1919 había terminado. Fue el preludio de un conflicto que, pocos años después, envolvería al mundo entero. La aviación, que había nacido como promesa de progreso y conquista del cielo, se transformó en herramienta de destrucción masiva.
Ese día de febrero de 1935, Alemania volvió a tener alas. Y con ellas, Europa comenzó a perder la paz.
