Efemérides
“Gloria y loor”: la infancia del niño que cambiaría la Argentina

:format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/02/sarmiento.jpeg)
Doña Paula, la higuera y los libros forjaron al Sarmiento que soñó una nación llena de escuelas.
“No un hombre, sino una legión de hombres, fue aquél sanjuanino que nació en 1811 y murió en 1888”. La frase de Guillermo Furlong no es una exageración: en Domingo Faustino Sarmiento convivieron el escritor ardiente, el periodista combativo, el político visionario y, sobre todo, el maestro que creyó en la educación como destino de una nación.
Nació en el Carrascal, en San Juan, en febrero de 1811, dentro de una casa humilde de adobe, techos de paja y patios abiertos al cielo seco de Cuyo. Aquella vivienda no era solo un refugio: era la obra silenciosa de su madre, doña Paula Albarracín, que comenzó a levantarla en soledad años antes y la fue agrandando con la paciencia de quien edifica no solo paredes, sino futuro. El acta de bautismo del prócer, fechada el 15 de febrero, señala que el niño era “de un día”, fórmula parroquial que durante décadas sembró dudas sobre su verdadero nacimiento. Algunos creyeron ver allí el día 14; sin embargo, Ricardo Rojas defendió con firmeza que esa expresión indicaba el primer día de vida. El propio Sarmiento y su madre siempre celebraron el 15. Incluso el nombre con el que fue inscripto —Faustino Valentín— dialoga con el santoral: el 14 es San Valentín y el 15 es San Faustino.
En esa casa de barro donde la pobreza era tangible pero la dignidad también, se alzaba la higuera que Sarmiento evocaría con emoción en Recuerdos de provincia. Bajo su sombra trabajaba doña Paula en el telar, y el sonido rítmico de husos y lanzaderas despertaba a los niños antes del amanecer, anunciando que el día comenzaba con esfuerzo. Allí, entre fibras, polvo y silencio, el pequeño aprendió a leer a los cuatro años. La precocidad lo volvió una curiosidad del barrio: lo llevaban de casa en casa para escucharlo leer en voz alta, como si en esa voz infantil ya asomara el orador del porvenir. Desde que llegó al mundo generó admiración.
Ingresó a la Escuela de la Patria a los cinco años. No era un niño dado al juego fácil: prefería los libros, el dibujo y trabajar en barro pequeñas creaciones que luego mostraba con orgullo a sus hermanas. Vivía en la estrechez material, pero rodeado de afecto y de una certeza temprana: él era diferente.
Desde los ocho años fue monaguillo. Aquella experiencia le permitió ensayar gestos de orador, subir a los púlpitos vacíos y predicar ante otros niños, como si la palabra —que luego sería su arma más poderosa— comenzara allí su aprendizaje. Asistió a la escuela durante nueve años sin faltar, según su propio recuerdo. Pero la adolescencia trajo rebeldía: el tedio de repetir lecciones ya sabidas, las travesuras, las peleas, la sensación de desborde que su madre no lograba contener. Solo la disciplina de una tía consiguió encauzarlo nuevamente.
A los quince años regresó al estudio y al trabajo. Un ingeniero francés advirtió su talento para el dibujo y lo introdujo en la geometría y los planos, saberes que ampliaron su mirada práctica sobre el mundo. Poco después, con apenas dieciséis años, ensilló su caballo y partió hacia San Luis para encontrarse con su tío José de Oro. Allí, en San Francisco del Monte, fundaron una pequeña escuela: fue la primera vez que Sarmiento enseñó. Ese gesto inicial —dar letras en un rincón perdido— contenía ya la semilla de todo su destino y el de Argentina cuando estuvo en sus manos.
El paisaje puntano pronto le resultó estrecho y volvió a San Juan. Con sus modestos ahorros construyó una huerta para su madre, cumpliendo un sueño doméstico que revela otra dimensión de su carácter: la del hijo que, aun destinado a las batallas públicas, nunca dejó de mirar hacia el patio de la infancia.
Con el tiempo, aquel niño lector se transformaría en una de las figuras más decisivas del siglo XIX argentino: impulsor de la educación popular, fundador de escuelas, presidente, polemista incansable, hombre de luces y sombras. Pero detrás de la estatua y del bronce persiste siempre la imagen primera: la casa de adobe, el telar sonando al amanecer, la higuera quieta sobre la tierra seca y un niño que descubre, en el acto de leer, la promesa de cambiar el mundo.
