Efemérides
George Washington y el mito de los dientes de madera

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En el aniversario de su nacimiento, la figura del primer presidente de los Estados Unidos vuelve a escena.
George Washington nació un día como hoy, en 1732, lo que nos ofrece una excusa perfecta para hablar de uno de los mitos más persistentes sobre su figura: el de su supuesta dentadura de madera.
El prócer norteamericano evoca imágenes de liderazgo, valentía y el crisol de la independencia estadounidense. Sin embargo, también carga con un puñado de leyendas que, con el paso de los años, se han entrelazado con la historia documentada. La más persistente de ellas —tan curiosa como errónea— es que Washington usó dientes de madera durante gran parte de su vida adulta. Esta anécdota, repetida en películas, libros escolares y anécdotas populares, es fácil de imaginar y difícil de olvidar, pero la evidencia histórica es contundente: es un mito.
Washington, a diferencia de lo que piensa buena parte del público, no tenía dientes de madera ni prótesis hechas de ese material. Los registros más serios, incluidos diarios personales, cartas y análisis de sus prótesis conservadas en museos, muestran que sus dentaduras postizas estaban compuestas por combinaciones de marfil tallado, metales como oro y plomo, y hasta dientes humanos o de animales como vacas o hipopótamos.
El origen del mito parece surgir de una simple ilusión visual: el marfil —uno de los principales materiales de sus prótesis— se oscurecía y agrietaba con el tiempo, adquiriendo una textura y color que podía confundirse con la madera para ojos no entrenados.
Una boca en guerra: la cruenta historia dental de Washington
Desde muy joven, Washington sufrió problemas dentales severos. A los veinticuatro años ya había perdido su primer diente, pagándole a un dentista por su extracción, y con el paso de las décadas, su boca se fue quedando sin piezas naturales hasta el punto de que para el día de su primera toma de posesión presidencial en 1789 sólo conservaba un diente real.
A partir de entonces, tuvo al menos cuatro juegos de prótesis creados por expertos de la época. Estos aparatos eran todo menos cómodos: hechos con estructuras metálicas rígidas y dientes que no siempre encajaban bien, causaban dolor y deformaban su rostro. Algunos historiadores incluso coinciden en que estas prótesis pudieron influir en su carácter público, volviéndolo más reservado en ocasiones y dando lugar a esa expresión grave que tantos han asociado a su liderazgo solemne.
Los registros también muestran que Washington no se resignó: mantenía correspondencia con su dentista, pedía ajustes, limpiadores y tratamientos, y se preocupaba profundamente por su apariencia oral, consciente de que la sonrisa —o la falta de ella— era parte de su imagen pública.
El hombre detrás del mito
Que Washington haya sido objeto de una leyenda tan difundida sobre sus dientes no es un accidente: las figuras históricas gigantescas suelen convertirse en recipientes de pequeños mitos que en apariencia humanizan, pero que a la vez distorsionan la realidad. El mismo Washington que presidió la convención que redactó la Constitución y comandó la victoria sobre el Imperio británico también fue un hombre con dolores cotidianos, frustraciones físicas y preocupaciones muy humanas.
Y es precisamente esa combinación de grandeza histórica y vulnerabilidad humana la que lo hace fascinante. Washington no solo fue un líder militar y estadista sin igual; también luchó toda su vida contra un cuerpo que, por enfermedad, tratamientos fallidos y mala dentadura, se parecía más al de un hombre común que al de un héroe idealizado.
