Lealtad absoluta
Feo: la historia de un héroe de cuatro patas

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Sirvió en los operativos más peligrosos del Grupo Halcón, fue herido en servicio y vivió 17 años.
Un mensaje publicado en redes sociales por la senadora provincial Florencia Arietto —reposteado por el presidente Javier Milei— volvió a instalar en la agenda el reclamo por el reconocimiento institucional a los animales que cumplen funciones en fuerzas de seguridad. La dirigente presentó el caso de “Feo”, un perro del Grupo Halcón de la Policía Bonaerense, al que definió como “verdadero comando” y emblema de la fuerza.
Lamentablemente el can falleció a las pocas horas, con lo que su historia se viralizó aún más. Feo fue parte fundacional de la sección K-9 del Grupo Halcón, creada en 2012. Al año siguiente tuvo su primer servicio operativo y, desde ese momento, quedó claro que no era un perro más. En uno de sus primeros despliegues, en San Francisco Solano, enfrentó a un hombre atrincherado, armado con un arma de fuego y un arma blanca. Ingresó al frente del equipo, logró inmovilizarlo y reducir su capacidad de ataque, aun cuando recibió un profundo corte en la cabeza. Gracias a esa intervención, el resto del grupo pudo controlar la situación.
Ese no fue un hecho aislado. En 2014 participó en un procedimiento para reducir a un hombre fuera de control, bajo los efectos de drogas, que había herido a su propia madre y estaba armado con un cuchillo. Feo volvió a ingresar primero. Mordió al agresor en las piernas, permitió neutralizarlo y evitar una tragedia mayor. Ese mismo año formó parte de la búsqueda de un prófugo por homicidio en Pilar. El hombre se encontraba escondido en una vivienda, armado con una escopeta. Feo ingresó por una ventana y logró reducirlo antes de que pudiera disparar.
La escena más extrema llegó en 2018, durante una toma de rehenes en Fiorito. Una vez más, Feo fue el primero en entrar. El delincuente, armado, alcanzó a disparar y el impacto dio de lleno en el chaleco antibalas del perro. Aun así, Feo consiguió morderlo y neutralizarlo. El enfrentamiento terminó con el abatimiento del agresor, pero el costo para el animal fue altísimo: costillas rotas, la pleura dañada, graves problemas respiratorios. Pasó cinco meses en recuperación veterinaria, luchando otra vez, esta vez por su propia vida.
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Feo no era solo un perro de trabajo. Como ocurre con los K-9 del Grupo Halcón, vivía con su guía. Compartía rutinas, silencios, madrugadas, entrenamientos y descanso. Era hijo de perros traídos desde Bélgica, y desarrolló una carrera operativa excepcional. Vivió 17 años, una edad extraordinaria para un pastor belga en fuerzas de seguridad, donde la expectativa de vida suele ser de 9 o 10 años debido al desgaste físico y emocional.
Cuando Feo murió, hace unos días, no hubo actos oficiales ni ceremonias públicas pero si reconocimiento en las redes. Su despedida fue íntima y profundamente simbólica. Está enterrado en el lugar donde vivió, bajo un árbol de mora, el mismo bajo el cual solía dormir durante las mañanas de verano.
Su historia volvió visible una pregunta que suele esquivarse: cómo reconoce una sociedad a quienes sirven sin voz ni voto. Feo no necesitó honores para ser lo que fue, pero sin duda alguna los merece. Contar su historia, nombrar su coraje y recordarlo como un héroe no es solo un acto de justicia con un animal extraordinario. Es, también, una forma de recordar que la nobleza existe, que a veces se juega la vida sin aplausos, y que muchas de las lecciones más profundas llegan en silencio, caminando sobre cuatro patas.
