Efemérides
Felicitas Guerrero: belleza, fortuna y un destino trágico

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Una joven de la elite porteña, marcada por mandatos, violencia y una muerte que conmocionó al país.
La noche caía sobre Barracas cuando los disparos quebraron el silencio de una casa señorial. Minutos después, la mujer más admirada de Buenos Aires yacía gravemente herida en el piso, mientras el nombre de Enrique Ocampo -tío abuelo de Victoria y Silvina Ocampo- comenzaba a circular con un murmullo de horror entre familiares y criados. Nadie lo sabía todavía, pero ese instante marcaría para siempre una historia que la sociedad argentina no olvidaría.
En la madrugada del 30 de enero de 1872, Felicitas Guerrero murió tras una larga agonía. Tenía apenas 25 años, una fortuna inmensa y un futuro que, por primera vez, parecía elegido por ella misma. La noticia del crimen se propagó con rapidez, atravesó salones, cafés y redacciones, y convirtió su vida privada en un drama público seguido con estupor.
Felicitas nació en 1846 en el seno de una familia acomodada, vinculada a los círculos más influyentes de Buenos Aires. Desde muy joven destacó por su educación, su sensibilidad artística y una belleza que la convirtió en protagonista de los salones más exclusivos. Sin embargo, esa vida privilegiada estaba atravesada por límites estrictos, especialmente para una mujer: no elegir marido, no administrar bienes, no decidir libremente su destino.
A los 18 años fue obligada a contraer matrimonio con Martín Gregorio de Álzaga, un terrateniente poderoso y varias décadas mayor que ella. La unión respondió a conveniencias económicas y sociales, una práctica habitual en la elite del período. Con el tiempo, Felicitas construyó un vínculo afectuoso con su esposo y fue madre, pero la felicidad fue breve. La epidemia de fiebre amarilla se llevó a su pequeño hijo y, poco después, la muerte alcanzó también a Álzaga. Con apenas 24 años, Felicitas quedó viuda y heredera de una de las mayores fortunas del país.
Esa situación excepcional la colocó en el centro de todas las miradas. Joven, rica y sola, se transformó en objeto de deseo y especulación. Aunque legalmente dueña de vastas extensiones de campo y propiedades urbanas.
Entre los hombres que buscaron su atención apareció Enrique Ocampo, miembro de una familia tradicional y habituado a moverse en los mismos círculos sociales. Ocampo se enamoró obsesivamente de Felicitas y no aceptó con facilidad sus evasivas ni su negativa a comprometerse con él. Durante meses insistió, escribió cartas y presionó, convencido de que la joven debía corresponderle.
La situación cambió cuando Felicitas conoció a Samuel Sáenz Valiente. El encuentro, casi novelesco, derivó en una relación afectiva que avanzó rápidamente hacia un compromiso formal. Por primera vez, Felicitas parecía decidir por sí misma, y esa decisión desató la furia de su antiguo enamorado.
El 29 de enero de 1872, mientras se preparaba una celebración en la casa familiar de Barracas, Ocampo se presentó armado y exigió hablar con Felicitas. Pese a las advertencias, ella aceptó recibirlo. La discusión fue breve y violenta. Ocampo le disparó, dejándola gravemente herida. Minutos después, el propio Ocampo murió en circunstancias que la justicia de la época dio por cerradas como suicidio, aunque desde entonces circularon versiones de que un familiar de la joven lo asesino al ver la escena.
Felicitas agonizó durante horas y falleció en la madrugada del 30 de enero. El crimen provocó una conmoción nacional, fue seguido de cerca por la prensa y reveló las tensiones entre honor, celos y poder masculino en la sociedad porteña del siglo XIX.
El cortejo fúnebre sumó un episodio aún más perturbador: el de Felicitas coincidió con el de su asesino al ingresar al Cementerio de la Recoleta. La tragedia parecía no dar tregua ni siquiera en la despedida final.
Años después, sus padres mandaron construir la iglesia de Santa Felicitas en el lugar donde ocurrió el crimen. El templo se convirtió en un espacio de memoria, devoción y leyenda. Aún hoy, quienes lo visitan recuerdan a esa joven cuya vida quedó atrapada entre la riqueza, los mandatos sociales y una violencia que la sociedad de su tiempo no supo —o no quiso— detener.
El tiempo siguió su curso, incluso para quienes quedaron marcados por aquella tragedia. Un año y medio después del crimen, Samuel Sáenz Valiente volvió a casarse. Su esposa fue Dolores de Urquiza, hija del general Justo José de Urquiza, y con ese matrimonio su vida regresó, al menos en apariencia, al cauce social esperado por la elite de la época. La herida, sin embargo, nunca terminó de cerrarse.
Felicitas Guerrero quedó detenida en la juventud, en la promesa interrumpida, en ese instante previo a anunciar un compromiso que nunca llegó a celebrarse. Samuel, en cambio, envejeció con el peso de la supervivencia, cargando una historia que lo acompañó durante décadas y que el tiempo no logró borrar.
Muchos años más tarde, cuando ya había atravesado casi todo un siglo de vida, Sáenz Valiente tomó una decisión final e irreversible. A los 91 años, eligió quitarse la vida, cerrando su propia historia con un gesto extremo que volvió a proyectar sombras sobre aquel pasado que jamás lo abandonó.
