Efemérides
Entre el campo y la crueldad: la infancia de Juan Manuel de Rosas

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Una historia que incomoda y rompe con la imagen revisionista del caudillo porteño.
Cada 30 de marzo se impone como una fecha clave para revisar la figura de Juan Manuel de Rosas, nacido en 1793 en Buenos Aires. Pero más allá del hombre que dominaría la política rioplatense, existe una historia previa, incómoda y muchas veces silenciada: la de un niño cuya conducta ya despertaba temor, rechazo y fascinación.
Desde muy temprano, Juan Manuel Ortiz de Rozas mostró un carácter indómito, difícil de encauzar incluso dentro de una familia acomodada. Su infancia, lejos de la imagen romántica que algunos intentaron construir, estuvo marcada por episodios que diversos contemporáneos describieron como perturbadores. Entre ellos, el testimonio del historiador y médico Francisco Ramos Mejía resulta especialmente impactante.
Según dejó escrito, “sus juegos en esta edad de la vida (...) consistían en quitarle la piel a un perro vivo y hacerlo morir lentamente, sumergir en un barril de alquitrán a un gato y prenderle fuego, o arrancar los ojos a las aves, riendo de satisfacción al verlas estrellarse contra los muros de su casa”. La cita, brutal en su crudeza, ha sido objeto de debate, pero permanece como una de las descripciones más difundidas sobre su niñez.
Entre la ciudad y el campo
Rosas nació en la actual calle Sarmiento, en pleno corazón de Buenos Aires. Sin embargo, su formación no fue exclusivamente urbana. Desde pequeño fue llevado con frecuencia al campo, donde adquirió habilidades propias de un joven estanciero. Allí aprendió a montar, a manejar ganado y a moverse en un entorno que, con el tiempo, sería clave para su construcción de poder.
A los nueve años ingresó en la escuela de don Francisco Javier de Argerich, una de las más importantes de la ciudad. Allí aprendió a leer y escribir, aunque su temperamento no se suavizó con la educación formal. Por el contrario, su rebeldía persistía como una constante difícil de contener.
Una adolescencia marcada por la violencia
Con el paso de los años, aquella agresividad infantil no desapareció. Según las mismas fuentes, durante su adolescencia Rosas trasladó su violencia hacia las personas de su entorno. Los peones de las estancias fueron, en muchos casos, blanco de sus excesos.
Ramos Mejía sostiene que provocaba incendios, golpeaba a sus subordinados y los sometía a situaciones humillantes, incluso obligándolos a enfrentarse con animales enfurecidos. También señala episodios escandalosos, como el hecho de arrojar excrementos sobre la comida de invitados, en una conducta que desafiaba todas las normas sociales de la época.
Su madre intentó corregirlo mediante castigos severos, como encerrarlo durante horas para forzarlo a reflexionar. Sin embargo, esos intentos tuvieron resultados limitados. La voluntad de Rosas parecía resistirse a cualquier forma de disciplina.
El mito del niño héroe
Frente a este retrato áspero, algunos relatos posteriores buscaron construir una imagen completamente distinta. Uno de los más difundidos fue el de su supuesta participación en las Invasiones Inglesas.
Según el historiador Adolfo Saldías, Rosas, con apenas trece años, habría reunido a un grupo de amigos para ponerse al servicio de Santiago de Liniers. Incluso se afirma que participó en la Reconquista de 1807 y que sus padres recibieron cartas de felicitación por su valentía, incluyendo una del propio Martín de Álzaga.
La historia, sin embargo, resulta más cercana a la leyenda que a la realidad.
La investigación que desmontó la leyenda
En julio de 1948, el investigador Ernesto H. Celesia publicó en La Prensa un artículo titulado “Rosas y las Invasiones inglesas”, donde desmontó este relato. Su trabajo reveló que el origen del mito se remonta a 1830 y que fue promovido por Pedro de Angelis, un intelectual al servicio del propio Rosas.
Celesia acudió a las actas del Cabildo, conservadas en el Archivo General de la Nación, donde se registraban con precisión los movimientos de cada unidad militar. Allí encontró que Rosas se había incorporado al escuadrón de Migueletes en enero de 1807, pero que en junio figuraba como ausente por enfermedad.
El dato clave aparece en una anotación marginal: “Juan Manuel de Rosas se apartó del servicio el 1 de julio…”. Esto significa que no participó en los combates decisivos del 6 y 7 de julio, desmontando así la versión heroica.
Entre la historia y la construcción del personaje
La infancia de Rosas aparece así atravesada por dos relatos en tensión. Por un lado, el de un niño cruel, indisciplinado y violento. Por otro, el de un joven patriota que desde temprano mostró valor en la defensa de su tierra.
Entre ambos extremos se juega no solo la biografía de un hombre, sino también la forma en que la historia argentina construye —y reconstruye— a sus protagonistas.
A más de dos siglos de su nacimiento, en este nuevo aniversario, la figura de Rosas sigue generando debate. Y quizás sea en esos primeros años, en esa infancia incómoda y contradictoria, donde comienzan a vislumbrarse las claves de uno de los personajes más intensos y discutidos del siglo XIX argentino.
