Efemérides
El trágico 1861: la noche en que Mendoza se convirtió en ruinas

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Una catástrofe sin precedentes dejó miles de muertos y escenas que aún estremecen.
Hoy se conmemora un nuevo aniversario del devastador terremoto que, en 1861, redujo a escombros a la ciudad de Mendoza. Se calcula que murió aproximadamente el cuarenta por ciento de su población, y para un diario cordobés de la época, la provincia directamente había dejado de existir.
La escena que describen los testimonios es digna del infierno de Dante, una combinación de ruina material, desesperación humana y violencia desatada. Entre los relatos más estremecedores se encuentra el de un extranjero de apellido Clereaux, quien dejó las siguientes observaciones:
”Como chacales hambrientos invaden en el acto bandas de forajidos, el recinto espantoso de la muerte y de la devastación, estremeciéndose aún todavía la tierra, y emprenden un sistemático y extenso pillaje que dura cinco días (…) Tienden la mano estos caníbales a los desgraciados que les piden ayuda para levantarse, no para ayudarlos sino para despojar de sus anillos y pendientes a la virgen, de su reloj y dinero al rico propietario. Nada escapa a su rapiña”.
El desastre no solo dejó muertos y heridos: también abrió las puertas al saqueo y a la degradación social. La ciudad colapsó no solo en su estructura física, sino también en su tejido moral, donde la necesidad y la violencia convivieron en un mismo escenario.
Los entierros comenzaron poco después, aunque de manera caótica e incompleta. El cementerio municipal de la Ciudad se derrumbó, provocando una situación desesperante para la identificación de los cuerpos. Muchos restos se perdieron o quedaron mezclados entre los escombros. Así, por ejemplo, el cadáver del Fraile Aldao se extravió; según algunos autores, podría encontrarse cerca del mausoleo Lencinas.
El viajero inglés Ignacio Rikard, en su libro “Viaje a través de los Andes”, dejó otro testimonio brutal de lo que encontró:
“Vi tirados varios esqueletos humanos y partes de cuerpos asomando de debajo de las masas más pesadas de mampostería. La visión me obligó a apartarme rápido. En muchas partes de la ciudad vi la misma horrible exhibición: cráneos, brazos, piernas, algunos todavía no bien descompuestos”.
La muerte, en Mendoza, no tuvo descanso ni orden. Durante días, los restos humanos quedaron expuestos, atrapados bajo ruinas o a la vista de quienes sobrevivieron. El terremoto no solo destruyó casas: arrasó con la dignidad de los muertos y la estabilidad emocional de los vivos.
Pero 1861 no fue únicamente el año en que Mendoza cayó. También fue un momento decisivo para la historia política argentina.
Desde hacía años, el país se encontraba dividido entre la Confederación Argentina, liderada por Justo José de Urquiza, y el Estado de Buenos Aires, en manos de los sectores liberales. Esa tensión encontró su desenlace el 17 de septiembre en la batalla de Pavón, en Santa Fe.
Urquiza no deseaba combatir. Su actitud en el campo de batalla fue ambigua, casi contradictoria. Enfermo durante la jornada, el dolor físico lo afectó profundamente, hasta el punto de desear la muerte. Su permanencia en el campo fue breve y, finalmente, se retiró.
Ese gesto marcó el nacimiento de un nuevo orden nacional, pero también dejó una pregunta que todavía inquieta a los historiadores: ¿por qué se retiró sin luchar?
Siguiendo la línea trazada por Isidoro Ruiz Moreno, puede interpretarse que Urquiza se sintió traicionado. Los testimonios contemporáneos coinciden en señalar un clima de desconfianza y fractura interna. La retirada no fue solo militar: fue también política y simbólica.
Urquiza había sido el protagonista de una década de profundas transformaciones para el país, entre ellas la sanción de la Constitución Nacional. Sin embargo, a partir de Pavón, su figura comenzó a desdibujarse en el escenario nacional. Su tiempo como actor central de la historia argentina llegaba a su fin, mientras se consolidaba un nuevo proyecto de país bajo hegemonía porteña.
Así, 1861 quedó grabado como un año de quiebre doble: mientras Mendoza era destruida por la fuerza de la naturaleza, la Argentina redefinía su rumbo en los campos de batalla. Entre ruinas y decisiones políticas, ese año marcó el inicio de una nueva etapa, construida sobre los escombros —materiales y simbólicos— de lo que había sido.
