Efemérides
El prócer argentino que fue asesinado

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Una vida breve, intensa y marcada por el poder, la violencia política y una muerte que conmocionó a toda Sudamérica.
Bernardo José Monteagudo nació en Tucumán el 20 de agosto de 1789 y fue una de las figuras más intensas, polémicas y temidas del proceso revolucionario sudamericano. Abogado, periodista, ideólogo y hombre de acción, Monteagudo encarnó como pocos la radicalización política de los años de la independencia. Su compromiso con la emancipación fue absoluto, pero también lo fue su convicción de que el orden revolucionario debía imponerse sin concesiones, aun a costa de métodos violentos y decisiones extremas.
Tras los sucesos de Mayo, Monteagudo se incorporó de lleno a la causa revolucionaria y participó activamente en los proyectos políticos y militares que buscaban romper definitivamente con el dominio español. A lo largo de su corta vida acompañó procesos clave junto a figuras centrales como José de San Martín y Simón Bolívar, dejando una huella profunda en los espacios donde actuó. Fue redactor de proclamas, impulsor de reformas radicales y un actor decisivo en la construcción de los nuevos Estados, aunque siempre rodeado de enemigos y resistencias.
Monteagudo vivió intensamente y murió joven, como tantos protagonistas de la revolución. Su final fue tan violento como simbólico. El 28 de enero de 1825, con apenas treinta y cinco años, fue asesinado en la ciudad de Lima. El crimen sacudió a la sociedad peruana y al mundo político sudamericano. Su cadáver fue hallado boca abajo en una plaza, con las manos aún aferradas a una enorme daga que le atravesaba el corazón, una escena que rápidamente alimentó rumores, odios y teorías conspirativas.
Ese mismo día, Bolívar juró vengarlo. Se ordenó de inmediato una investigación para dar con los responsables, pero el proceso pronto reveló sus límites: sólo se logró identificar a los autores materiales del asesinato. La trama de fondo resultaba mucho más compleja. Monteagudo había acumulado un número considerable de adversarios a lo largo de su carrera, producto de los atropellos, persecuciones y decisiones autoritarias que había impulsado cuando el poder estuvo en sus manos. Para muchos contemporáneos, su muerte fue vista menos como un crimen político que como una consecuencia inevitable de su propio accionar.
El clima de odio quedó reflejado en el epitafio anónimo que circuló durante algunos días por Lima, difundido luego por el historiador chileno Antonio Iñiguez Vicuña. El texto, feroz y sarcástico, decía:
“Yace aquí para siempre, compatriotas, el honorable inquisidor del Estado, protector de serviles y de idiotas. Opresor de los buenos declarado. Él pretendió tratarnos como ilotas, y con no iluminarnos se ha vengado. Ideas liberales lo acabaron, ideas liberales lo enterraron”.
Sin embargo, ese “para siempre” no sería tal. El destino de los restos de Monteagudo cambiaría con el paso del tiempo, demostrando que incluso después de muerto seguía siendo una figura incómoda. En 1917, sus restos fueron retirados de un modesto nicho en uno de los principales cementerios de Lima. Cabe recordar que inicialmente había sido enterrado en el Convento de San Juan de Dios, pero la demolición de ese edificio obligó a trasladar su cuerpo.
Posteriormente, los restos fueron enviados a la Argentina y depositados en el Cementerio de la Recoleta, dentro del mausoleo del general Pablo Richieri. Una placa sobria señalaba: “Aquí yacen los restos del Dr. Bernardo de Monteagudo”, sin mayores explicaciones ni homenajes.
Pero la historia no terminó allí. En 2016, el Congreso Nacional aprobó una ley que dispuso el traslado de los restos del prócer a su provincia natal. El texto legal estableció con claridad:
Artículo 1º.- Dispóngase el traslado a la Provincia de Tucumán, de los restos mortales del prócer tucumano Dr. Bernardo de Monteagudo (1789-1825), cuyo féretro se halla actualmente en el interior del mausoleo del general Pablo Ricchieri, en la sección 7, en el Cementerio de la Recoleta, en Buenos Aires.
Artículo 2º.- El traslado dispuesto en esta Ley se hará efectivo con anterioridad al 9 de julio de 2016, fecha en la que se realizarán los festejos en conmemoración del Bicentenario de la Declaración de la Independencia (1816-2016).
El derrotero póstumo de Monteagudo confirma una constante histórica: los restos de los próceres se transforman en símbolos políticos. Trasladarlos, homenajearlos o incluso despreciarlos —como ocurrió en España con Franco— es una forma de disputar el sentido del pasado. En el caso de Monteagudo, ese movimiento ocurrió al menos dos veces, prolongando más allá de la muerte una vida marcada por la controversia, el poder y la violencia.
