Regresar después de irse
El precio oculto de volver a casa

Estudiante de Periodismo
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Volver a casa no siempre es un alivio: reencuentros y espacios despiertan recuerdos, conflictos y emociones inesperadas.
Cada vez más jóvenes adultos en Argentina vuelven a vivir con sus padres después de haber alcanzado cierta independencia. Según un informe de la Fundación Tejido Urbano, alrededor de 2,3 millones de personas de entre 25 y 35 años conviven actualmente con sus padres o abuelos, lo que representa cerca del 38 % de ese grupo etario. El fenómeno se vincula principalmente a factores económicos y laborales, pero también tiene efectos en la salud mental.
El regreso a casa implica reorganizar rutinas y dinámicas familiares. Espacios, horarios y hábitos que antes eran individuales pasan a negociarse nuevamente. Esta convivencia puede generar tensiones, sobre todo cuando existen expectativas distintas entre padres e hijos.
“La vuelta a la casa de los padres para un joven que ya había construido un espacio propio de autonomía puede implicar sentimientos de incertidumbre y fracaso”, explicó Marta Galliano, psicóloga clínica. Según la especialista, esta situación se vincula con la presión social asociada al éxito personal y la independencia económica. “La depresión y la ansiedad son los síntomas predominantes en estos casos”, señaló.
Datos sobre salud mental en Argentina indican que aproximadamente el 41% de los jóvenes de entre 18 y 34 años presenta niveles de angustia que afectan su funcionamiento cotidiano, con cuadros de ansiedad y estrés asociados a la incertidumbre laboral y económica. Este malestar puede intensificarse cuando el regreso a casa es percibido como un retroceso personal.
Galliano advirtió que la dinámica familiar influye directamente en el impacto emocional. “Una actitud punitiva por parte de los padres puede potenciar el sentimiento de culpabilidad ligado a la sensación de fracaso”, sostuvo. En cambio, remarcó que una postura comprensiva favorece el bienestar: “Una actitud inclusiva y receptiva impacta positivamente en la elaboración de esos sentimientos y ayuda a tramitar la presión social”.
El aumento del costo de los alquileres, la precarización laboral y la dificultad de acceso a la vivienda explican el crecimiento del fenómeno. Especialistas coinciden en que, en muchos casos, el regreso a casa funciona como una estrategia temporal para reorganizar la vida económica y personal.
La convivencia intergeneracional puede traer tensiones inesperadas, derivadas de la diferencia de edades y de los distintos ritmos de vida. Para los jóvenes, algunos hábitos cotidianos como los horarios, la limpieza o la forma de organizar los espacios del hogar pueden parecer detalles menores, pero al volver a vivir con los padres cobran importancia y pueden generar molestias diarias. Para ellos, la situación también implica ajustes: reorganizar rutinas, ceder espacios y adaptarse a la presencia constante de un hijo que ahora es adulto. Estas diferencias pueden traducirse en pequeños conflictos diarios, desde desacuerdos sobre tareas domésticas hasta discusiones por la privacidad o el uso de los espacios comunes.
Sin embargo, estos desacuerdos son parte natural del proceso de convivencia y reflejan la necesidad de renegociar roles, límites y dinámicas que habían quedado establecidos cuando los hijos vivían de manera independiente.
Aunque persiste el estereotipo de que vivir con los padres en la adultez implica un fracaso, los especialistas señalan que se trata de un cambio en la forma de transitar la independencia. Con acuerdos claros de convivencia y respeto por la autonomía, esta etapa puede convertirse en un período de reorganización personal y estabilidad emocional.
Más allá de las causas económicas, el fenómeno expone un impacto silencioso en la salud mental de los jóvenes adultos. La convivencia forzada, las expectativas familiares y la presión social por la independencia configuran un escenario que, según especialistas, requiere ser abordado también desde políticas de cuidado y prevención del malestar psicológico.
