Efemérides
El invento argentino que cambió al mundo

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Una idea nacida en el país transformó la justicia, la identidad y la forma de reconocer a cada persona a nivel global.
El 25 de enero de 1925 falleció Juan Vucetich, el austríaco nacionalizado argentino que transformó para siempre la manera en que el mundo prueba la identidad. A más de un siglo de su gran aporte, la huella dactilar sigue siendo la base de la identificación moderna, desde la criminología hasta los sistemas civiles y biométricos.
A fines de 1912, tras retirarse de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, Vucetich emprendió un viaje mundial para difundir su sistema dactiloscópico de identificación. Su recorrido incluyó visitas a ciudades europeas, americanas y a lugares como Bombay, Delhi, Singapur y Hong Kong, destacando su llegada a China en abril de 1913, donde se implementó su método.
Dentro de aquella verdadera gira planetaria, visitó Estados Unidos, donde fue protagonista de un extenso artículo del New York Times, una consagración internacional que selló su lugar en la historia.
Para entonces, Vucetich no era un teórico de escritorio, sino un científico en movimiento. Según relataba el diario estadounidense el 6 de junio de 1913, el creador del sistema dactiloscópico acababa de llegar de San Francisco y se alojaba en el lujoso Waldorf Astoria de Nueva York. Su objetivo era claro: impulsar la implementación a nivel mundial de su invento.
Desde esa tribuna privilegiada, planteó una idea revolucionaria que ya se estaba llevando a cabo en Argentina: “Toda gran ciudad debería contar con un gran departamento central de identificación, no solo para delincuentes, sino para cada uno de sus habitantes”. En Buenos Aires —explicaba— cada ciudadano estaba identificado, y solo en los archivos del Ministerio de Guerra y del Interior existían dos millones de fichas, usadas no solo con fines penales, sino militares, políticos y civiles. Para él, identificarse no era una marca de criminalidad -como muchos pensaban por entonces-, sino un avance.
En la entrevista, el argentino repasaba el origen de su descubrimiento. Recordaba cómo en 1891, siendo jefe de la Oficina de Identificación en La Plata, llegó a sus manos un artículo de la Revue Scientifique francesa sobre las líneas papilares, basado en estudios de Francis Galton. Vucetich fue más allá: decidió aplicar el análisis a todos los dedos de la mano, usar tinta de imprenta y experimentar de manera sistemática. Con orgullo, mostraba a los periodistas la primera ficha dactiloscópica del mundo, fechada el 1 de septiembre de 1891, correspondiente a un preso llamado Francisco Carchulo.
Pero el pasaje más impactante del artículo era el relato, en primera persona, del célebre caso de 1892, el primer homicidio resuelto mediante huellas digitales. Vucetich narraba cómo un hombre inocente estuvo a punto de ser condenado por matar a sus hijos, hasta que una tabla de ventana con huellas ensangrentadas llegó a su escritorio. La comparación fue concluyente: las huellas pertenecían a la madre, Francisca Rojas, quien terminó confesando. Ese momento marcó el nacimiento de la criminología científica moderna.
El prestigio de Vucetich quedó aún más claro cuando recordó su intercambio con Cesare Lombroso, el célebre criminólogo italiano, quien citó su sistema en varios escritos. Argentina había sido el primer país en adoptarlo oficialmente, seguida rápidamente por el resto de Sudamérica, Rusia, Egipto y gran parte de Europa. Inglaterra —decía— utilizaba una clasificación distinta, pero inspirada en la suya.
Lejos de cualquier afán personal, Vucetich hacía una afirmación que el New York Times destacó con énfasis: “He entregado mi invento a la humanidad”. Nunca cobró patentes, nunca aceptó condecoraciones, y consideraba que los asuntos penales eran secundarios frente a los beneficios civiles del sistema: identificación de muertos en accidentes, prevención de arrestos injustos, suplantaciones de identidad y desapariciones sin resolver.
En ese mismo viaje, anunciaba que su sistema ya había sido adoptado en Cuba, destino al que partiría tras el Congreso Internacional de Jefes de Policía en Washington. Y adelantaba un proyecto aún más ambicioso: crear una red intercontinental de identificación, con centros en Nueva York, Londres o París y Buenos Aires, capaces de intercambiar registros para identificar personas en cualquier puerto del mundo.
Doce años después, el 25 de enero de 1925, Juan Vucetich moría en Argentina. Pero su legado ya era irreversible. Su invento y el apoyo inmediato del Estado argentino cambiaron para siempre la relación entre identidad, justicia y orden. Hoy, cada huella registrada en el mundo sigue contando esa historia.
