Opinión
El agua, tan determinante como la energía

Médico sanitarista. CEO Cámara Argentina del Agua.
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El mundo enfrenta otro tipo de bancarrota: la hídrica. Argentina puede ser la solución.
Durante décadas, Argentina fue sinónimo de país rescatado. Rescates financieros, claro. Del Fondo Monetario Internacional, del Banco Mundial, del BID. Del megacanje de comienzos de siglo al swap con China. Más recientemente, del respaldo explícito de Estados Unidos y de organismos multilaterales para evitar defaults en cascada. La historia económica argentina está atravesada por salvatajes, renegociaciones y respiradores financieros externos.
Hoy, sin embargo, el mundo enfrenta otro tipo de bancarrota. No monetaria. Hídrica.
El reciente informe de Naciones Unidas —Global Water Bankruptcy— utiliza deliberadamente ese lenguaje: países, regiones y ciudades que han “gastado” más agua de la que pueden reponer, que hipotecaron sus ríos y acuíferos, y que ya no pueden sostener su desarrollo económico sin endeudarse ambientalmente. “El mundo está entrando en una era en la que la escasez de agua dejará de ser una amenaza futura para convertirse en una restricción estructural del crecimiento”, advierte Kaveh Madani, coordinador del informe.
Madani es explícito: “La crisis del agua ya no es un problema ambiental; es un problema macroeconómico, de seguridad y de estabilidad social”. Y agrega algo aún más inquietante: “Muchos países están operando en déficit hídrico crónico, como si el agua fuera infinita, cuando en realidad están acumulando una deuda que no podrán pagar”.
El informe menciona a Argentina en un lugar incómodo pero estratégico. No como país sin agua, sino como país con enormes asimetrías internas: regiones con abundancia relativa y otras con estrés creciente; zonas urbanas con consumo elevado y millones de personas aún sin acceso seguro a agua potable y saneamiento. Argentina no está exenta de riesgo, pero tampoco está en bancarrota hídrica.
Y ahí aparece la paradoja: un país acostumbrado a pedir auxilio financiero podría, en el nuevo tablero global, convertirse en parte de la solución.
Mientras países del norte de África, Medio Oriente o incluso del sur de Europa enfrentan límites físicos al desarrollo —simplemente no tienen agua suficiente—, Argentina cuenta con cuencas, acuíferos, climas y territorios donde el agua, bien gestionada, sigue siendo un activo estratégico. No infinito, no gratuito, pero sí disponible.
Madani lo plantea con crudeza: “El comercio global ya es, en gran medida, comercio de agua virtual. La pregunta no es si eso va a profundizarse, sino quién lo va a hacer de manera inteligente y sostenible”.
Pensar en “rescatar” a países sin agua no implica, necesariamente, exportar agua a granel. Acueductos transfronterizos o barcos cisterna existen, pero son costosos, complejos y políticamente sensibles. Hay otra vía, más silenciosa y probablemente más efectiva: exportar agua incorporada en bienes y procesos productivos.
Ofrecer territorio, infraestructura y reglas claras para que industrias intensivas en agua —alimentos, bebidas, biotecnología, farmacéutica, hidrógeno verde— se instalen donde el recurso existe. Producir en Argentina lo que otros países ya no pueden producir sin colapsar sus sistemas hídricos.
El informe de la ONU lo señala con claridad: relocalizar producción será una de las grandes tendencias de las próximas décadas. Y los países que logren hacerlo de manera sostenible no solo atraerán inversiones, sino también poder geopolítico.
Pero ningún “Plan Marshall hídrico” argentino tendría legitimidad si no resuelve primero sus propias deudas internas. Millones de argentinos aún viven sin agua potable segura o sin cloacas. El informe es contundente: la desigualdad en el acceso al agua es una bomba social de tiempo.
Aquí aparece una oportunidad virtuosa: extraer parte de las ganancias generadas por estas nuevas actividades para financiar la expansión del acceso al agua y saneamiento en las comunidades locales. No como gesto filantrópico, sino como condición estructural del modelo.
Los datos más recientes muestran que la preocupación global por el agua ya no es abstracta ni futurista, sino una realidad tangible de nuestro tiempo. Un análisis publicado recientemente revela que la mitad de las 100 ciudades más grandes del planeta están ubicadas en zonas de alto o extremadamente alto estrés hídrico, donde la demanda de agua se acerca —e incluso supera en algunos casos— a la disponibilidad natural de recursos, afectando metrópolis como Beijing, Delhi, Los Ángeles o Río de Janeiro.
Paralelamente, en el Foro Económico Mundial en Davos se lanzó la iniciativa Get Blue™, que une a grandes marcas globales como Gap, Amazon, Starbucks y Ecolab para acelerar el acceso a agua y saneamiento seguro a través de alianzas empresariales y modelos de financiación sostenibles. Estos dos hechos, ocurridos mientras el mundo debate el informe de la ONU, subrayan que la crisis hídrica ya no es un problema marginal, sino un tema urgente en la agenda pública, corporativa y geopolítica global.
Tal vez el mundo esté entrando en una etapa donde los países ya no se clasifiquen solo por su riesgo crediticio, sino por su riesgo hídrico. Donde el agua sea tan determinante como la energía o la estabilidad macroeconómica.
Argentina conoce bien lo que significa necesitar ayuda externa para seguir funcionando. Justamente por eso, quizá esté en mejores condiciones de entender lo que hoy enfrentan los países que se están quedando sin agua.
