Médico, radical y presidente
Efemérides: a 125 años del nacimiento de Arturo Illia

/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/08/illia.jpeg)
Fue derrocado por un golpe, atacado por la prensa y ninguneado, pero su legado perdura como símbolo de honestidad.
En la historia argentina, pocas figuras encarnan con tanta integridad y nobleza los valores de la política como Arturo Umberto Illia. Médico de pueblo, radical de alma, presidente derrocado por un poder ciego y soberbio, Illia representa una de las cumbres morales de nuestra vida democrática. Hoy, más que nunca, su figura se agiganta entre las sombras del pasado y las turbulencias del presente.
Nacido en Pergamino el 4 de agosto de 1900, Illia abrazó desde muy joven la medicina y la política, con la misma vocación de servicio. Graduado en la Universidad de Buenos Aires en 1927, se radicó en la pequeña localidad cordobesa de Cruz del Eje, donde ejerció como médico rural durante más de tres décadas. Lo llamaban "el Apóstol de los pobres", porque jamás negó una consulta ni un medicamento, aunque tuviera que caminar kilómetros a pie o a caballo para asistir a sus pacientes. Allí, en la sencillez de su vida, empezó a construirse el hombre que un día llegaría a la Presidencia de la Nación.
Illia asumió el mando el 12 de octubre de 1963, en un contexto político adverso: el peronismo y el comunismo estaban proscritos, y su elección se produjo con solo el 25% de los votos, producto de la fragmentación partidaria y las restricciones impuestas por los militares. Sin embargo, desde el primer día, honró la democracia como pocos. Levantó prohibiciones políticas, habilitó elecciones legislativas con el retorno parcial del peronismo, e intentó gobernar con sentido republicano y diálogo, en una Argentina asediada por la intolerancia, la violencia y los poderes fácticos.
Su gobierno fue, sobre todo, ético. No robó, no negoció privilegios, no usó la política para enriquecerse ni para beneficiar amigos. Donó los fondos reservados de la Presidencia al montaje del Laboratorio de Hemoderivados de Córdoba, y llegó a vender su auto para no usar dinero del Estado en sus tratamientos médicos. Al dejar el poder, no se llevó más que lo que había traído: su decencia. Rechazó la jubilación presidencial y volvió a su consultorio en Cruz del Eje, donde murió atendiendo a los humildes.
Pero su legado no se agota en lo personal. En lo político y económico, Arturo Illia impulsó transformaciones de fondo. Destinó el 23% del presupuesto nacional a la educación, cifra récord en la historia argentina. Promovió la Ley de Salario Mínimo, Vital y Móvil; la Ley Oñativia de Medicamentos para garantizar precios justos y transparencia en la industria farmacéutica; el Plan Nacional de Alfabetización; y la creación del Servicio Nacional de Agua Potable. Todo esto, sin caer en el endeudamiento irresponsable: durante su gobierno, la deuda externa bajó de 3.400 a 2.600 millones de dólares.
En política exterior, logró que la ONU aprobara la Resolución 2065, que reconocía la disputa de soberanía con el Reino Unido por las islas Malvinas. Un hito diplomático que cimentó el reclamo argentino con argumentos jurídicos ante el mundo.
La anulación de los contratos petroleros firmados por el gobierno anterior –por considerarlos ilegales y perjudiciales para los intereses nacionales– le valió el enfrentamiento con poderosos grupos económicos y con la embajada de Estados Unidos. Fue un acto de soberanía que aún hoy divide a los historiadores, pero que no puede comprenderse sino desde la coherencia de un hombre que jamás cedió al chantaje ni se arrodilló ante las corporaciones.
Illia no fue un político hábil para la rosca, ni para los golpes de efecto. No gritaba, no sobreactuaba. Su estilo calmo y reflexivo fue caricaturizado por sus enemigos como lentitud. Pero su firmeza moral lo sostuvo incluso cuando los medios lo convirtieron en blanco de burlas crueles. Lo llamaban “tortuga”, y él respondía con trabajo y convicción, sin agraviar a nadie.
El golpe de Estado del 28 de junio de 1966 lo desalojó de la Casa Rosada por la fuerza. Las fotos de Illia bajando con dignidad la escalinata presidencial, rodeado por una multitud que lo vitoreaba, son una de las imágenes más tristes y conmovedoras de nuestra historia. Esa noche, volvió a su casa en Martínez en el auto de un amigo. No aceptó el coche oficial. Había sido presidente, pero nunca dejó de ser ciudadano.
/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/08/illia_golpe.jpeg)
Murió el 18 de enero de 1983, apenas unos meses antes del retorno de la democracia. Sus restos descansan en el Panteón Radical de la Recoleta, junto a Yrigoyen y Alem, aunque su voluntad fue que lo enterraran en Cruz del Eje. Como tantos grandes argentinos, fue más valorado después de su muerte que durante su vida.
En una encuesta de 2013, los argentinos lo ubicaron como la tercera persona más honesta del mundo, después del Papa Francisco y Manuel Belgrano. Superó a Gandhi, a Mandela y a Teresa de Calcuta. Ese dato dice mucho más que cualquier discurso.
Hoy, el ejemplo de Arturo Illia resplandece con fuerza. Nos recuerda que es posible gobernar con honestidad, con ideas, con respeto. Que no todo está perdido. Que la decencia también es una forma de hacer historia.