Yatasto
Dos derrotas, un prócer maleducado y la furia de San Martín

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Disciplina, poder y desprecio se cruzaron en un episodio que rara vez se cuenta completo.
El encuentro de Yatasto ocupa un lugar singular en la historia argentina y es, sin dudas, una Fecha Clave del proceso independentista. El traspaso del mando del Ejército del Norte entre Manuel Belgrano y José de San Martín ocurrió en enero de 1814 y, aunque tradicionalmente se lo recuerda el 29 de enero, diversas fuentes sostienen que pudo haberse producido el 20 de enero, o incluso en jornadas intermedias entre ambas fechas. Más allá de la discusión cronológica, el episodio condensa tensiones políticas, decisiones estratégicas y, también, miserias humanas que pocas veces se cuentan.
El contexto en el que se produjo el relevo era crítico. Belgrano llegaba exhausto, física y anímicamente, tras una campaña durísima en el Alto Perú. Luego de las resonantes victorias de Tucumán y Salta, que habían salvado a la revolución en 1812 y 1813, llegaron las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma. El Segundo Triunvirato decidió entonces relevarlo del mando del Ejército del Norte y ordenarle regresar a Buenos Aires para cumplir una misión diplomática en Europa. No se trató solo de una decisión militar: había críticas, reproches y desconfianzas políticas hacia Belgrano.
San Martín, por su parte, fue enviado al norte con una mirada completamente distinta de la guerra. Comprendía que insistir en el Alto Perú era un desgaste inútil y que la clave estaba en golpear al poder realista desde Chile y Perú. El encuentro con Belgrano, lejos de ser una simple formalidad, fue el choque respetuoso de dos grandes figuras que compartían un objetivo superior: la independencia.
El escenario del encuentro fue la Posta de Yatasto, en la actual provincia de Salta, aunque investigaciones posteriores sugieren que el traspaso pudo haberse concretado también en zonas cercanas, como la posta de Los Algarrobos. Lo cierto es que allí se produjo uno de los gestos más nobles de la historia política argentina: Belgrano aceptó el relevo sin rencores y San Martín reconoció públicamente el valor de su antecesor.
Sin embargo, el clima dentro del Ejército del Norte estaba lejos de ser armónico. La figura de Belgrano era cuestionada por algunos oficiales, entre ellos Manuel Dorrego, quien no ocultaba su desprecio por lo que consideraba errores militares imperdonables. Esa tensión estalló en un episodio que revela el carácter de San Martín y la humillación que sufrió Belgrano incluso después de haber entregado el mando.
Cuenta Gregorio de La Madrid que, durante una reunión de jefes, Dorrego intentó burlarse de Belgrano por haber repetido una orden dada por San Martín. La reacción del futuro Libertador fue inmediata y contundente:
“A consecuencia de haber repetido aquél la voz de mando que dio el general San Martín; pero éste así que notó la risa del comandante Dorrego, empuñó uno de los candeleros que había en la mesa, y dando en ella con él, dijo a Dorrego, en alta voz: ‘Señor comandante, hemos venido aquí a uniformar las voces de mando y no a reír’; con lo que impuso silencio”.
El episodio no terminó allí. San Martín expulsó a Dorrego del ejército de manera fulminante, otorgándole apenas dos horas para abandonar el campamento rumbo a Santiago del Estero. La autoridad del nuevo jefe quedaba así claramente establecida, pero la humillación hacia Belgrano continuó. Poco después, cuando Belgrano pasó por la zona, Dorrego intentó una nueva afrenta simbólica: “mandó Dorrego a felicitarlo con un loco vestido de brigadier”, relata La Madrid con crudeza.
Este gesto resume una de las caras más ingratas de la revolución: el desprecio hacia quienes habían sostenido la causa en los momentos más difíciles. Belgrano, fundador de la bandera, estratega y político honesto, aceptó el desplazamiento con dignidad, sin revanchas ni reclamos personales. San Martín, en cambio, dejó en claro que no toleraría burlas ni indisciplinas, y defendió el respeto debido a quien había sido su antecesor.
A partir de ese traspaso, el Ejército del Norte cambió su orientación. Yatasto no fue solo un cambio de mando: fue un punto de inflexión, una escena donde se cruzaron grandezas, miserias y decisiones que marcaron el rumbo de la independencia. Merece ser recordado no solo como un acto de patriotismo, sino también como un espejo incómodo de la política y de los hombres que hicieron —y padecieron— la revolución.
