Efemérides
Doré, Munch y Dalí: unidos por el arte y la muerte

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Los tres artistas murieron el mismo día, dejando una huella profunda en la cultura occidental.
Hay días que, sin proponérselo, concentran sentidos. Fechas que no se recuerdan por una batalla ni por una firma solemne, sino porque en ellas se apaga algo más difícil de nombrar. El 23 de enero es uno de esos días. No porque marque una pérdida aislada, sino porque en distintos siglos, en escenarios radicalmente distintos, coincidió el final de tres artistas que nunca buscaron agradar. Gustave Doré, Edvard Munch y Salvador Dalí entendieron el arte como una forma de incomodar, de forzar la mirada, de empujar al espectador hacia lugares muchas veces incómodos para los parámetros de sus épocas.
El primero fue Doré, en el siglo XIX, cuando Europa todavía confiaba en el orden, la moral y el progreso. Su vida se apagó en París, a los 51 años, de manera abrupta, mientras trabajaba con la intensidad de quien no concibe descanso. Estaba dedicado a una ambiciosa serie de ilustraciones para Shakespeare que quedaron inconclusas, interrumpidas por una enfermedad breve y fulminante.
Poco antes había publicado una edición de lujo de El cuervo de Edgar Allan Poe, obra que parecía escrita para que él la ilustrara. Gustave había pasado décadas dando forma a aquello que la literatura sugería. Dante, la Biblia, Cervantes, Milton: todos encontraron en sus grabados una materialidad inquietante. Multitudes condenadas, abismos imposibles, cuerpos arrojados al vacío. Doré no necesitó provocaciones públicas ni gestos estridentes. Su escándalo estaba en las imágenes.
Vivió con su madre, nunca se casó y volcó toda su energía en una producción descomunal. Su influencia fue inmensa. Con él, el infierno dejó de ser abstracto. Se volvió reconocible.
El 23 de enero volvió a cargar con otra despedida en 1944, cuando Europa ya había perdido cualquier ilusión de inocencia y el sueño de la Ilustración se desvanecía. Edvard Munch atravesaba sus últimos días en una Noruega ocupada por el nazismo. Sus obras habían sido retiradas de las galerías por ser consideradas arte degenerado, producto —según los alemanes— de una mente enferma. Munch detestaba esa ideología, pero no eligió el enfrentamiento directo. Eligió el repliegue.
Vivía en su casa de Ekeberg, a las afueras de Oslo, casi en soledad, acompañado principalmente por sus dos perros fieles. Mientras el mundo se deshacía, su obra comenzaba, paradójicamente, a alcanzar su dimensión global. Así fue como en 1942 expuso por primera vez en Nueva York. Aquellas pinturas cargadas de ansiedad, cuerpos frágiles y miradas aterradas dejaron de ser vistas como exageraciones: eran el retrato anticipado de la modernidad.
Munch había pensado largamente su propio final. Decía que no quería una partida súbita, que deseaba ser consciente de ese último tránsito, pasar también por esa experiencia. Sus autorretratos finales no fueron ejercicios estéticos, sino verdaderos ensayos de despedida. En Autorretrato entre el reloj y la cama se coloca entre el tiempo que avanza inexorable y el lugar donde se espera el final. No hay dramatismo forzado. Hay lucidez.
Sus últimos días estuvieron marcados por el frío, el aislamiento y un episodio casi banal: una explosión cercana, en diciembre de 1943, lo obligó a exponerse al aire invernal. Un resfriado persistente terminó debilitándolo. Se apagó mientras dormía, en calma, en compañía de sus perros. Dejó a la ciudad de Oslo un legado monumental que décadas más tarde daría origen al Museo Munch. Si Doré había dado forma al infierno, Munch había pintado algo más inquietante: el miedo cotidiano, sin demonios visibles.
El tercer fin llegó cuando el arte ya convivía con los medios, el mercado y la celebridad. Salvador Dalí pasó sus últimos años atrapado en una lenta decadencia física y emocional. Desde la muerte de Gala, su compañera y sostén vital, el entusiasmo se había retirado. Dejó de pintar, cayó en una profunda depresión y su cuerpo comenzó a fallar. El Parkinson, el aislamiento y un incendio en su habitación del Castillo de Púbol, en 1984, terminaron de marcar aquel deterioro.
Declaraba a la prensa que los “genios -de manera autorreferencial- no deberían morir”, pero el final lo encontró de todos modos. Se fue rodeado de sus obras y asistido por cuidadores, el hombre que había convertido la vida en una performance fue apagándose lentamente, dejando al arte en una orfandad que aún se siente.
Se dice que, en esos últimos momentos, sonaba su melodía preferida: Tristán e Isolda de Wagner. Una elección coherente para alguien que entendió la existencia como una obra completa.
Dalí fue acusado de impostor, de traidor al arte moderno, de haberse vendido. Y, sin embargo, comprendió algo esencial del siglo XX: el talento ya no alcanzaba sin espectáculo. No solo pintó sueños; se convirtió en uno.
Tres trayectorias. Dos siglos. Una misma pasión.
Doré hizo visible el infierno cuando todavía se creía en el orden moral.
Munch pintó la angustia antes de que el mundo aprendiera a nombrarla.
Dalí convirtió el arte en provocación cuando la realidad empezó a parecerse a un escenario.
Sus muertes coinciden un 23 de enero, convirtiéndolo en un día gris. No un gris neutro, sino uno compuesto por capas: el negro profundo de Doré, saturado de sombras y abismos; el gris verdoso y enfermizo de Munch, cargado de angustia y tiempo detenido; y el gris radiante y teatral que queda cuando el exceso de color de Dalí se apaga. Tres paletas distintas superpuestas en una misma fecha, como si el calendario hubiese mezclado sus tonos para recordarnos que, cuando el arte se va, el mundo pierde brillo.
