Efemérides
Día del Perro Salchicha: de las trincheras a María Elena Walsh

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Fue perro de guerra, símbolo estigmatizado y luego ícono cultural: por qué el 1 de febrero se celebra su día.
Cada 1 de febrero, el calendario argentino nos regala una efeméride tan entrañable como curiosa: el Día Nacional del Perro Salchicha. No es una fecha impuesta por asociaciones caninas internacionales ni por modas importadas, sino un homenaje profundamente nuestro, atravesado por la cultura, la memoria y el humor. Se celebra en honor al nacimiento de María Elena Walsh, creadora inmortal del “perro salchicha gordo bachicha”, una canción que se volvió emblema para los dueños de estas pequeñas mascotas y que habita el imaginario de generaciones enteras de argentinos.
Tener un perro salchicha es una experiencia maravillosa, y lo digo no sólo como historiadora, sino también desde un lugar íntimo: convivo con dos. Y quien haya compartido la vida con un dachshund sabe de lo que hablo. Son perros inteligentes, obstinados, afectuosos y con una personalidad atrapante. Caminan como si el mundo les perteneciera, miran con una mezcla de picardía y desafío, y establecen con sus humanos un vínculo de lealtad profunda, casi exclusiva. No acompañan: se comprometen.
Su historia, además, es tan fascinante como ellos mismos. Los antepasados del perro salchicha fueron criados para el rastreo de tejones y conejos, de allí su nombre original en alemán: dachshund, literalmente “perro tejón”. Su cuerpo alargado no es un capricho estético, sino una herramienta funcional: les permitía ingresar en madrigueras, moverse con rapidez bajo tierra y enfrentar presas más grandes que ellos. En 1888 se fundó en Alemania el primer club oficial de la raza y se redactó el primer estándar, aunque ya antes habían aparecido en exposiciones caninas del Reino Unido.
La popularidad del dachshund creció de la mano de las monarquías europeas. La reina Victoria de Inglaterra -que contaba con una gran popularidad e imponía modas en todo el mundo- fue una de sus grandes admiradoras, y su entusiasmo contribuyó a que la raza se difundiera por toda Europa.
Pero la historia de estos perros no se limita a salones aristocráticos y canciones infantiles. Los perros salchicha también conocieron la guerra, y no de manera marginal. Ya en la Primera Guerra Mundial aparecen registros de dachshunds utilizados en tareas de apoyo. Sin embargo, su asociación con Alemania los colocó, muchas veces, del “lado equivocado” a los ojos de la opinión pública. El amor del káiser Guillermo II por la raza provocó, por ejemplo, una fuerte caída de su popularidad en Estados Unidos.
La situación se agravó durante la Segunda Guerra Mundial. Ser dueño de un perro salchicha llegó a convertirse en un tabú. Hubo personas discriminadas, expulsadas de sus comunidades y, en los casos más extremos, perros apedreados hasta la muerte simplemente por representar algo “alemán”.
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Incluso la cultura popular se vio afectada. El Mago de Oz, filmado en 1938, iba a tener originalmente un perro salchicha llamado Otto. Las presiones del clima antialemán obligaron a cambiar la raza por un Cairn Terrier y el nombre por Toto. Así de lejos llegó el estigma.
Y, sin embargo, mientras eran rechazados en algunos lugares, en el frente de batalla demostraban un coraje silencioso. Al final de la Segunda Guerra Mundial, dos perros salchicha llamados Berta y Herman von Hildensheim sirvieron como detectores de minas. Se les atribuye el hallazgo de más de seiscientas minas terrestres en Europa, especialmente en Italia. Formaban parte del programa Perros para la Defensa, administrado por la Oficina de Servicios Estratégicos, antecedente directo de la CIA.
Eran ideales para el combate: pequeños, rápidos, de bajo consumo de alimento, capaces de moverse bajo alambres de púas y profundamente leales. Los Archivos Militares Hulton señalan que eran “buenos para la moral de las tropas” y que muchos soldados los llevaban como mascotas temporales. Tanto el Reino Unido como el Ejército de Estados Unidos los incorporaron en distintos roles.
Una de las escenas más conmovedoras de esta historia aparece en el diario del hijo del mariscal Erwin Rommel, en 1944. En la despedida forzada de su padre, obligado a suicidarse, el niño describe cómo el pequeño perro salchicha salta de alegría al verlo. En medio de la tragedia, el perro aparece como último gesto de vida, de afecto, de normalidad.
Hoy, lejos de trincheras y estigmas, el perro salchicha ocupa el lugar que siempre mereció: el del compañero fiel, entrañable y profundamente humano. Celebrarlo cada 1 de febrero no es sólo recordar una canción de María Elena Walsh, sino también reconocer una historia atravesada por la cultura, la guerra, la ternura y la resistencia.
Y para quienes convivimos con ellos, la celebración es cotidiana. Porque un perro nunca pasa desapercibido: deja huella, se mete en la historia personal y la cambia para siempre.
