Efemérides
Cuando la tierra ruge: el terremoto que marcó a Mendoza en 1985

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Una madrugada de verano, nueve segundos bastaron para cambiar la forma de habitar la provincia.
Mendoza aprendió a existir esperando lo peor. Desde aquella noche trágica del 20 de marzo de 1861, cuando un terremoto destruyó por completo la ciudad colonial y dejó miles de muertos, el riesgo sísmico quedó inscrito en la historia y en la identidad mendocina. Nada volvió a ser igual después de ese desastre fundacional. Se rediseñó la traza urbana, se modificaron las formas de construir y se incorporó, aunque de manera intermitente, una conciencia colectiva sobre la fragilidad del territorio. Sin embargo, el paso del tiempo suele adormecer la memoria. Y el territorio, una y otra vez, se encarga de despertarla.
La madrugada del sábado 26 de enero de 1985, a las 0.06, la tierra volvió a hablar. Un terremoto de magnitud 6,2 sacudió al Gran Mendoza durante nueve segundos que parecieron interminables. Era una noche de verano, calurosa, con buena parte de la población aún despierta. El epicentro se localizó en una zona crítica del piedemonte, asociado a fallas activas vinculadas al Cordón del Plata y a una profundidad estimada de apenas 5 kilómetros, lo que explica la violencia con la que se sintió el movimiento.
De acuerdo con la escala Mercalli Modificada, la intensidad alcanzó grado VIII (severo) en las zonas más afectadas. El balance fue doloroso: seis personas murieron, alrededor de 238 resultaron heridas y miles de viviendas quedaron destruidas o seriamente dañadas. Aunque algunas fuentes hablan de más de 12.000 casas afectadas, los registros más conservadores coinciden en que el 90 % de las viviendas colapsadas estaban construidas en adobe, un material profundamente arraigado en la tradición local, pero extremadamente vulnerable frente a los sismos.
El terremoto dejó una geografía del desastre claramente marcada. Godoy Cruz fue uno de los departamentos más golpeados, en particular la zona de Villa Hipódromo, que dio nombre popular al sismo. Allí se produjeron escenas de devastación que quedaron grabadas en las fotografías de la época. También Guaymallén y Las Heras sufrieron daños significativos. Uno de los episodios más dramáticos fue el derrumbe del viejo hospital El Carmen, un edificio de fines del siglo XIX -construido gracias a Antonio Tomba- que no resistió el sacudón. Más de 200 personas internadas allí debieron ser evacuadas de urgencia, algunas derivadas a otros centros de salud, otras directamente dadas de alta en medio de la emergencia.
Como había ocurrido tantas veces en la historia sísmica argentina, la respuesta social fue inmediata y espontánea. Las plazas, el Parque General San Martín y cualquier espacio abierto se poblaron de vecinos aterrados, especialmente aquellos que vivían en edificios del centro. En los barrios se organizaron fogatas, reuniones improvisadas y guardias comunitarias, mientras se esperaba el amanecer y se temía cada nueva vibración del suelo. En las horas siguientes se registraron unas 20 réplicas, suficientes para mantener vivo el pánico y la sensación de incertidumbre.
Desde lo legislativo el resultado fue la sanción de un nuevo marco normativo, el Decreto 4.235/1987, que dio origen al Código de Construcciones Sismorresistentes y marcó, de hecho, el principio del fin del adobe en la construcción urbana. Las nuevas exigencias la convirtieron en una de las provincias más caras para construir.
Se avanzó, además, en un terreno pionero: es la única provincia del país que cuenta con reglamentos específicos para estudios de suelo (Decreto 3.614/1987) y para la evaluación de edificios existentes destinados a ampliaciones, refacciones o rehabilitaciones.
A 41 años de aquel verano trágico, el terremoto sigue presente en la memoria mendocina de gran parte de la población. No fue el cataclismo de 1861, pero sí fue un recordatorio brutal de que en Mendoza ese peligro nunca desaparece, aunque aceche silencioso.
